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Diseñando a ciegas: el reto del creativo en la apatía distópica

Foto: Mónica Torres / EL PAÍS
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Daniella Wehdeking Pérez

Universidad del Norte

Escribir sin distracciones cerca que te alejen de la tarea inicial impuesta por tu propia mente resulta un trabajo sumamente difícil de cumplir para muchas personas hablando en términos generales pero, si eres una cabeza particularmente caótica y creativa cada estímulo percibido en el área puede representar un arma de doble filo: Inspiración en temáticas de añadidura para tu creación y el inevitable bailoteo sensorial que te transporta a cualquier lugar lejano a tu escritorio.


Explicar este fenómeno a alguien alejado del área creativa- un médico, abogado o contador- podría representar un reto mayor si hablamos de comprensión vía vivencias compartidas, es entendible que cómo humanos lleguemos a diferir en maneras de operar, pensar y sentir; el muro gigante desafortunadamente se alza en la actualidad con otros creativos por igual, frases cómo “¿y por qué no lo pasas a Chat Gpt y ya?” o “que complicado eres” retumban en las facultades que no deberían ser solo adornos en el currículum de una institución universitaria la cual, presume pensamiento crítico claro y conciso, pero se abruma con el surgimiento de la verdadera innovación: Una que incomoda, destruye y vuelve a construirse. Entonces, ¿por qué en las escuelas de diseño y urbanismo nos estamos limitando a actuar como pasajeros sumisos en vez de tomar la vida por las riendas?


En la era digital la apatía es la que mueve las masas haciéndonos rondar en círculos, se trata de un laberinto construido en mármol blanco, limpio y pulido hasta en sus grietas, lo más frustrante es ver cómo la única colaboración social que es visible y palpable, es aquella que se realiza para mantenernos dentro de las paredes porque el ver la luz destellante del cambio espanta. Para muchos estudiantes de áreas creativas, en especial aquellos que cuentan con el privilegio de estudiar en institución privada cómo es mi caso, aquella idea de asumir la tremenda responsabilidad cultural, social y económica que conlleva crear les asusta. No se trata de solo asistir a clase para luego levantarse e irse, realizar las asignaciones con precisión mecánica y ganar una nota que, según un querido docente puede representar “tan solo un accidente”. La creación es un acto que estremece el suelo en el que se siembra, es la voz de aquel que fue silenciado por quienes se treparon a la cima de un poder convertido en meta y trampa, es el acto visceral que sale de una necesidad de nombrar el espacio vacío y se debe asumir como una expresión netamente política.


Estos procesos de génesis y reinvención apuntan hacia una sociedad más humana, una que valora la comunidad por encima del consumo fugaz. Pero retrocedemos cada vez más. Derek Thompson en su artículo “ El siglo antisocial” escrito para “The Atlantic”, describe la creciente ola de soledad en Estados Unidos y cómo ésta impacta rasgos políticos, culturales y de personalidad. Un bar antes rebosante de alegría, risas y calidez de contacto se volvió un espacio desolado habitado por sombras. La comunicación entre clientes y staff era tortuosa, torpe y dolorosa, convirtiéndose en un cementerio de lo que alguna vez fuimos.


Cómo diseñadores y arquitectos en formación académica nos encontramos observando este deterioro en primera fila. Nuestro trabajo existe para responder a necesidades reales, aliviar cargas culturales y reconocer la complejidad de las comunidades. Entonces ¿Qué está pasando con los valores que deberían guiar la creación para el otro? ¿Estamos diseñando a ciegas?


En este punto es pertinente recordar el sistema de jerarquización de valores propuesto por Alfredo Stern: Los valores vitales, lógicos, estéticos y éticos los cuales guían nuestras decisiones y la forma en la que navegamos el mundo. Para nosotros, los que decidimos crear, esto nos debe servir cómo brújula, pero hoy la orientación se encuentra invertida. Lo lógico–las métricas, la nota, la eficiencia, la funcionalidad gris y las entregas meticulosas—ha desplazado lo vital y estético, poniendo a la porción ética de la ecuación cómo elemento ornamental. Cuando perdemos el norte en la escala de valores, el acto de diseñar se vuelve un proceso frío, rígido, mecánico y lo más preocupante, distante de la realidad que busca mejorar. Diseñamos, claro que sí, pero lo hacemos sin ver.


El diseño no se vuelve político: Es político. Con lo que hacemos podemos intervenir y hacer parte de la cotidianidad de las personas, dejamos pedazos de nosotros en cada producto que luego, cuentan historias en cada uso, ya esto es un acto político por defecto.


La postura que tenemos cómo diseñadores depende de cómo nos situemos en cada contexto, teniendo en cuenta no solo factores teóricos, sino las consecuencias de nuestras propias creaciones tanto a corto cómo largo plazo. Aprender de donde proviene cada material no solo en términos químicos sino de cómo muchos se extraen, los métodos que se emplean para dichas actividades y las vidas que se pierden para que, tengamos algo que lanzar al mercado es sumamente importante. El diseñar de manera cien por ciento ética bajo los fundamentos del capitalismo resulta utópico, pretender hacerle ojos ciegos a nuestro impacto en el sistema es, de últimas, volverse parte del problema.


Hablar de innovación actualmente es cada vez más complejo, los profesionales e investigadores se están preocupando por lo que va mucho más allá de la generación de artefactos o de soluciones concretas; los objetos, los elementos gráficos y de comunicación visual son solo bases para atender situaciones en donde la complejidad de las relaciones humanas actuales son protagonistas. Cómo estudiantes no podemos quedarnos atrás, salir de la universidad con título en mano sin tener idea de cómo pensar críticamente representaría el retroceso más nefasto en la tarea que nosotros mismos decidimos asumir al entrar por las puertas de la institución. Destrozar la esencia cargada y colorida de nuestro contexto cultural para hacerle paso a líneas estéticas grises, impuestas desde lo que otros arriba consideran es la única manera de ser tomados en serio, también es traicionar las raíces de lo que hace que nuestros diseños sean genuinos y logren comunicar algo mucho más que solo una supuesta superioridad intelectual, económica y cultural.


Recuperar la auténtica jerarquía de valores no es un ejercicio moralista, sino una condición básica para crear con un sentido. Diseñar no se trata de llenar vacíos, es cuando asumimos la responsabilidad de darle nombre, transformar y amplificar voces sistemáticamente calladas. Si queremos que esta disciplina y su enseñanza recuperen su potencia humana, debemos mirar fijamente a todo aquello que nos incomoda actualmente: La comunidad, la diferencia, la vulnerabilidad. Cuando creamos de manera consciente y sentida no estamos escapando del mundo; nos estamos involucrando en él.

ISSN: 3028-385X

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