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Reformar el Estado es una incomodidad

Foto: Ministerio de Economía de Paraguay
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Valentina Patiño Valencia

Escuela Superior de Administración Pública

Más que un trámite institucional sencillo, reformar el Estado es una incomodidad.


Incomodidad que obliga a mirar con lupa todo aquello que ya no funciona, que estorba, que hace ruido aun cuando nadie está escuchando.


Incomodidad de aceptar que algo ya no encaja, incomodidad que fue el eje central en el XXX Congreso Internacional “Sobre la reforma al Estado y la Administración Pública” del Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo (CLAD).


Allí, durante cuatro días, la región dejó de hablar del Estado como una estructura y lo vio como problema, como posibilidad, como responsabilidad; como quien por fin se sienta a revisar las heridas que lleva años postergando.


¿Qué fue lo que más se escuchó en este Congreso?


Día tras día de conversaciones francas y paneles que no huyeron de los temas difíciles, las palabras que más retumbaron en cada ponencia fueron gobernanza, talento, digitalización, confianza, desigualdad, territorio, resiliencia y servicio civil.


Y esto no es coincidencia, pues son estas palabras las que por años han rondado la agenda pública sin terminar de resolverse, son síntomas, insistencias, alertas que América Latina lleva tiempo acumulando y que este Congreso dejó al desnudo con una honestidad necesaria.


“Gobernanza”, el mantra que todos repiten sin hacer yoga


Esta sin duda fue la palabra estrella de los paneles. Eso que todos recitan pero muy pocos o ninguno de nosotros sabe implementar.


Se habló de gobernanza colaborativa, para fortalecer la democracia; se habló de gobernanza innovadora en la triple hélice Estado-academia-empresa; se habló de gobernanza digital, que reconfigura el orden social y se habló también de gobernanza multinivel, para articular lo nacional con lo local.


Sin embargo, entre tanto énfasis técnico, detrás de cada panel había una verdad que ninguno acababa de pronunciar, “nuestros Estados no se hablan entre sí”. No se escuchan, no se entienden, no cooperan. De allí que Latinoamérica parezca un mapa de islas administrativas queriendo ser archipiélago.


No hay Estado moderno con empleos públicos del siglo pasado


Un segundo eco constante fue el talento público, ¿cómo reclutarlo? ¿cómo formarlo? ¿cómo retenerlo? ¿cómo modernizarlo?


Expertos de países como Paraguay, Perú, República Dominicana y Colombia presentaron sus diagnósticos, y aunque variados, todos coincidían en algo: sin servidores públicos competentes, no hay reforma que sobreviva.


También, en otra verdad incómoda, se dijo que un Estado moderno no se sostiene con trabajadores agotados, mal pagados, ni políticamente reemplazables. Lo dijeron en voz suave, pero el mensaje pesaba igualmente, puesto que sin dignidad laboral, no hay transformación posible.


La tecnología promete, pero la brecha duele


Los ponentes además nos invitaban a recordar que la IA ya no es el futuro, sino el presente; que la ciudadanía digital es un derecho en disputa; que la interoperabilidad es la condición mínima para hablar de un Estado inteligente y, que la inclusión digital debe ser prioridad para que la modernización no sea un nuevo tipo de exclusión.


Esta tensión se repetía entre los paneles, los expertos confirmaban casi con angustia que digitalizar sin incluir es solo una forma elegante de excluir más rápido. Si la transformación digital deja gente atrás, no es reforma, es elitización.


Lo controversial: el fantasma antiestatal


Uno de los paneles más tensos fue el dedicado a las narrativas antiestatales.


Allí se dijo algo que pocas veces se reconoce con franqueza y es que el desprestigio del Estado no nació solo, se alimentó de discursos que lo reducen a obstáculo, a estorbo, a enemigo.


Desde la Nueva Gestión Pública hasta ciertos populismos tanto de izquierda como de derecha, pasando por tecnocracias que prometen eficiencia sin ciudadanía, todo ha contribuido a erosionar su legitimidad.


Y la conclusión fue clara, un Estado debilitado no se reforma; apenas sobrevive.


Y en una región con tantas urgencias, sobrevivir no alcanza.


El papel inesperado de la juventud


Las Charlas de impacto CLAD Ñemongeta fueron uno de los momentos más simbólicos del congreso, allí nos encontrábamos los jóvenes reflexionando sobre burocracia, ética, democracia y tecnología.


No era sólo una cuota juvenil. Era un recordatorio de que los próximos “burócratas” ya existen y no se parecen a los de antes.


Hablamos el lenguaje digital, pero también el de las causas. Pedimos Estados que no solo escuchen sino que respondan y en definitiva, no queremos ser parte de instituciones que funcionan por inercia, sino de aquellas que funcionan con propósito.


La voz de la ciudadanía


En varios paneles se repitió el mismo diagnóstico: la gente está cansada.


Cansada de trámites que parecen laberintos.


Cansada de esperar un Estado que promete respuestas y entrega turnos.


Cansada de que la relación con el gobierno y las instituciones se sienta más administrativa que humana.

Alguien dijo que la confianza se pierde “en ventanilla”, y esto no puede ser más cierto; es allí donde el Estado deja de ser promesa y se vuelve experiencia.


Y Colombia ¿qué se lleva?


Tres cosas.Tres heridas. Tres rutas.


En primer lugar, modernizar no es sólo digitalizar. La tecnología sin talento es ruido, el país necesita servidores públicos formados, no sólo sistemas nuevos.


Seguidamente, el territorio no es discurso, es obstáculo y solución. Las experiencias sobre víctimas, PDET, arraigo docente y equidad territorial mostraron que la reforma estatal debe empezar por donde el Estado llega con dificultad.


Finalmente, el Estado debe recuperar su relato. En tiempos de discursos antiestatales, Colombia necesita recordar que un Estado fuerte no es un Estado grande, sino un Estado que funciona.


Lo que deja el XXX Congreso Internacional del CLAD es una certeza incómoda pero necesaria


La región ya no puede seguir postergando lo que sabe que debe cambiar.


América Latina habló, se miró, se escuchó.


Ahora falta lo más difícil, actuar sin que el impulso se diluya, sin que la esperanza se archive, sin que la reforma vuelva a ser un tema de pasillo.


Porque si algo nos enseñó este Congreso es que el Estado no se transforma por decreto, sino por decisión. Y esa decisión empieza por admitir que el reloj lleva tiempo atrasado.

ISSN: 3028-385X

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