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Una corta historia de vampiros

Samuel Sanabria.jpg

Geovanny Steban Ballesteros

Universidad del Valle

“¿A usted le gustaría hacer una historia de vampiros?” le dijo ella meneando la cerveza sin desprenderle la mirada. “¿Y cómo se hace una historia de vampiros?” le respondió él aún confundido por la propuesta, a lo que continuó acotando su cuestionamiento: “Uno escucha historias de vampiros, como quien dice Drácula o Nosferatu, pero eso de hacerlas si ya es algo raro”. La muchacha no pudo evitar reírse de la confusión, por lo que le tomó la mano y se la acercó a su boca. “Pues, ¿cómo se hace una historia de vampiros? Se necesita una criatura y una presa, un lugar donde se convenzan y un lugar donde se coman. Solo quedaría una escena…” y dejó entonces el espacio para que él le completara la estructura. Pero no contó con mucha suerte en su empresa, aquel muchacho seguía perdido entre la duda, buscando las respuestas sobre el mantel. “La verdad no sé qué va en esa última escena” rompió finalmente. “Bueno… parece que tenemos que hacer una historia de vampiros. Ya estamos en el primer lugar, tenemos que avanzar al segundo” le propuso ella, con la coquetería derramándose de los labios. “Le tocaría convencerme”, respondió él, finalmente comprendiendo la situación. “Querida presa, ¿gusta usted de hacer una historia de vampiros?”.


De camino al apartamento, la muchacha se detuvo a comprar un vino. El chico se quedó viéndola, confuso, y ella simplemente le hizo señal de que esperara, que se dejara sorprender. Llegados al cuarto, se acostaron en la cama, se miraron un rato y se besaron. “Querida presa, como ya sabrá, no puedo morder su cuello ni chupar su sangre por la vía física, pero sí simbólica”, dijo ella mientras se levantaba de la cama e iba rumbo a por el vino. “Que lastima, ¿la criatura no es un vampiro real?”, empezó a retarla. “¿Recuerda cuando Jesús le dijo a sus discípulos que el vino representaba su sangre? Pues en esta botella tengo la suya, y le aseguro que la beberé completa”, dijo la comprensiva muchacha, y elevó la situación al acercarse a él. “Querida presa, tiene que quitarse la ropa, ¿o cómo quiere que beba su sangre entre la tela?”.


El chico con una leve confusión empezó a desprenderse de todo hasta quedar en sus interiores: “¿Qué va a hacer con mi sangre?”. Ella se acercó hasta su cuello, con una mano le levantó el mentón, con la otra empezó a derramar el vino en su cuello, y con su lengua empezó a lamer cada rastro de sangre que escurría entre la piel. La muchacha se encargó de derramar tanta sangre y beberla como fuera posible: en el abdomen, en el pecho, en los brazos, en los hombros, en los muslos, en la boca, en toda extremidad conocida y desconocida de aquel muchacho. Él sentía cada lamida, cada pulsión, cada momento en que su carne ardía viva en reacción al calor, el licor y la saliva. Ella bebió todo el vino de su cuerpo y, entre las sábanas, quedaron impregnadas algunas manchas. Una vez terminados se acostaron en la cama y se prepararon para dormir, pero a él le había surgido una pregunta: “¿Cuál es la última escena?”.


Al día siguiente la despidió con un beso, y en la lengua se le quedó hacerle la pregunta, pero decidió que era algo que debía averiguar por él mismo. Cuando volvió a la cama, la visión se le había hecho una pantalla negra, por lo tanto se quedó quieto, esperando, pero el efecto no le pasaba. Minutos después volvió a recobrar la visión, y regresó a la cama para terminar de dormir. Otra vez despierto, se puso de pie y le volvió a suceder, ahora acompañado de un leve dolor de cabeza. Se decidió a ir de urgencias, sobreviviendo todo el camino. En el consultorio le mencionó su problema al médico, sus hábitos alimenticios, rutinas de sueño y actividades físicas: todo perfecto. Una vez terminado su historial el médico lo vio de arriba a abajo y le puso la mano en el hombro: “Se escucha usted muy sano, pero déjeme decirle que parece tener anemia”.

ISSN: 3028-385X

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