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¿De qué hablamos cuando hablamos de orgullo rosarista?

Foto: CUCB

Sara Salinas Hortúa

Universidad del Rosario

Titulando esta columna me sentí en el estilo Murakami, pero no se asusten, esto no es un libro o una obra de ese alcance. Simplemente llego a estas letras porque me he venido preguntando de qué hablo cuando hablo de que soy rosarista Porque sí, pese a que mi nombre es Sara, el mundo, las instituciones y los roles nos llevan a nombrarnos temporal y circunstancialmente con otras etiquetas, nombres y usuarios. Rosarista. Lacantalentosa –esto no es para que me busquen–. Estudiante. ¿Qué implica sentir orgullo de esos sujetos, seudónimos y comunidades identitarias institucionales a las que pertenecemos?


Uno de los comentarios más frecuentes que enarbolan el discurso de orgullo del ser rosarista se compone por la multiplicidad de presidentes que hemos exportado desde la institución, dejando muchas veces de lado la calidad, o más bien, la ética que los personajes desempeñaron en el poder. Parece, un tanto, que lo que interesa es eso, haber llegado al poder. Luego de reconocer y pasar el trago amargo de que uno de esos presidentes egresados de la Universidad había aparecido en los archivos de Jeffrey Epstein, no me quedó más que recogerme. Distanciarme del tan expresado orgullo rosarista. Experimentar la vergüenza rosarista. Sobre todo por el silencio que aún le protege en el país y que no rinde cuentas. Como mujer y niña que alguna vez fui me aterroriza la complicidad e indiferencia ante este caso. Aunque diversas mujeres se han sumado confrontando al Pacto de Silencio, una vez más no somos tomadas en serio.


Pero, el punto –no puedo perder el hilo, aunque verán como se empieza a entretejer todo lo que expondré– es que este individuo no puede constituir ni ser un motivo por los cuales yo pueda sentirme orgullosamente rosarista. Mis argumentos para respaldar ese “yo rosarista” no van encaminados hacia allí. Para la presente columna escudriñe algo que me hablará sobre identidad, pues al interpelar el espíritu rosarista, no podría venir aquí sin respaldo académico. Trataré a partir de la obra de Judith Butler, Lenguaje poder e identidad, y ponerla a conversar con quienes me leen.


Como les venía comentando existe un Pacto de Silencio que pretende hacerse el de la vista gorda con las menciones de ese ex presidente y sus vínculos con un financiero estadounidense, delincuente sexual convicto y pederasta que dirigió una red internacional de tráfico y abuso sexual de menores durante años. Este Pacto, lo explicaría Butler, responde a ese intento de purificar la esfera del discurso público por medio de unas normas que establecen lo que debería incluirse o no, y ello implica censuras directas o preventivas (p. 215).


En ese sentido, lo que se dice o se calla siempre tendrá detrás al poder. Por eso, escribo esta columna. En primer lugar, porque traer este tema al campo universitario no solo es importante, sino necesario. En segundo lugar, porque como sujeta que comparte, –desgraciadamente–, una comunidad imaginada con ese ex presidente, me rehusó a continuar discursos que apelen al orgullo institucional con figuras tan reprochables.


Es por ello que no seré la sujeta que vea necesario girarse cuando es llamada desde esa concepción de rosarista. Lo anterior es algo que Butler trae de Althusser en su obra, pues menciona:


“El sujeto no siempre necesita girarse cuando es llamado para poder ser constituido en tanto que sujeto, y el discurso inaugura al sujeto no necesita en absoluto tomar la forma de una voz… una voz divina que nombra, y que al nombrar trae al sujeto a la existencia. El nombre divino crea lo que nombra, pero al mismo tiempo subordina lo que crea.” (p.58)


¿Entonces qué pasa con quiénes no nos sentimos parte de ese sujeto de orgullo rosarista?


Por el contrario a lo que pueden venir pensando, sí creo en un orgullo rosarista, sobre todo, en el sujetx rosarista. Solo que no en ese que enuncian por llenar de poderosos a Colombia, sino que, como sugiere Butler, de quienes desde su parte corporal del habla perturban las mismas normas que la regulan y se resiste a ellas (p. 232). Porque el lenguaje y sus maneras también son políticas.


Cuando entré a la universidad, es decir, para el periodo 2024-1, la comunidad rosarista utilizó colectivamente su parte corporal del habla para perturbar las normas que les venían regulando y así resistimos a ellas. Aunque fue un panorama desalentador como primipara, tenía solamente dos caminos: ignorar el problema o añadir mi cuerpo al de esa comunidad a la cual me acababa de inscribir. Por supuesto, me adherí. Mejor dicho, me articulé.


En ese proceso no solo compartí con estudiantes, funcionarios, egresados, docentes sino que también teníamos claro que la defensa de ese “yo rosarista” que transitaba cada clase abierta era el que debía imperar antes que un espíritu único que buscaba precisamente, como lo mencione hace unos cuantos párrafos: purificar la esfera del discurso público.


En la coyuntura el cuerpo de la comunidad rosarista hablo, y como Butler le refutó a Bourdieu en la obra, ésta acción sí contemplaba una crisis que produce en las convenciones decir lo que no se puede decir —o se podía, para nuestro caso—, la “fuerza” revolucionaria que tiene el discurso censurado cuando irrumpe en el “discurso oficial” y abre el performativo a un futuro impredecible (Butler, pp. 232).


¿Cuál fue nuestro discurso performativo como comunidad rosarista y cuál es nuestro futuro impredecible?


Sin duda alguna, va más allá de “Cheyne, renuncie”. Antes de continuar, les explicaré brevemente en qué consiste la propuesta performativa y porque creo que debe ser nuestro camino. El poder performativo consiste en su habilidad para establecer un sentido práctico del cuerpo, no sólo un sentido de lo que es el cuerpo —entendamoslo mejor, como cuerpo comunitario—, sino cómo puede o no negociar el espacio, su “localización” en términos de coordenadas culturales vigentes (Butler, p. 256).


Nuestro cuerpo rosarista entró a negociar ese espacio durante la coyuntura, porque reconocimos que tampoco habían coordenadas culturales vigentes en las cuáles todas y todos pudiésemos entrar. Así, negociamos la propuesta para tenerlas de inmediato. Lo que inició con la salida del ex rector de la Universidad, Alejandro Cheyne. Allí, las y los líderes del movimiento estudiantil y de los demás sectores entramos a expresar nuestras solicitudes. Replantear el sistema de gobernanza. Reformar nuestras Constituciones. Adquirir una voz más vinculante.


Lo anterior se entiende mejor cuando Butler expresa que el sujeto performativo es llamado a devenir un ser social desde lugares sociales difusos y es insertado en lo social por medio de un conjunto de difusas y poderosas interpelaciones. Y que, en ese sentido, el performativo social es una parte crucial no sólo de la formación del sujeto, sino del subsiguiente cuestionamiento político y de la reformulación del sujeto mismo (Butler, p. 256).


Por eso, para quienes llegaron luego de la coyuntura, es muy importante lo que hoy atraviesa a la Universidad del Rosario, no es una actividad institucional más. Es el cómo nos pensamos como sujetos rosaristas y qué lugares tendremos como cuerpo comunitario que alcanzó a ser en su momento–y que espero se re-articule prontamente-. Pues, para la autora que nos acompaña en ésta columna “El performativo no es sólo una práctica ritual–no se debe quedar en la coyuntura– es uno de los rituales más influyentes en la formación y reformulación de los sujetos.


Finalmente, expondré partes de éste cuerpo del que hago parte que me hacen sentir gratamente orgullosa de tenerles dentro del sistema vital. Para la muestra de un botón, –dicen algunxs–, el pasado 16 de abril se presentó en el auditorio Jockey el libro “Gaza desde muchas franjas”, el cual se compone por la autoría de profesoras y profesores de los cuales he podido aprender y desaprender sobre éste paradójico mundo de la política. Más allá de la discusión enorme que puede generar si el producir o no un libro va a tener impacto en el genocidio que presencia la población Palestina hoy en día, ésta apuesta desafía nuevamente al poder, a los cuerpos oficiales que buscan promover esa purificación, o más bien, blanqueamiento, en el discruso público sobre lo que nos acontece como humanidad. Al enterarme que mis docentes venían trabajando en ésta invitación para condenar al Estado genocida de Israel mi fe por el orgullo rosarista se avivó.


Durante éstas semanas y en vista del proceso de reformas constitucionales que va avanzando, no he dejado de ver cómo en medio de las vidas que van ocurriendo de mis compañeras y compañeros la preocupación y el empeño por pensarnos en la universidad que queremos está presente. Las y los profesores llenos de trabajo están dispuestas y dispuestos para crear una estrategia que incentive a que la comunidad participe. Porque genuinamente nos interesa que este cuerpo no muera. Eso me ha resignificado la definición de orgullo rosarista. Eso y muchas cosas más (diría Juan Gabriel).

ISSN: 3028-385X

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