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¿Las redes sociales visibilizan la salud mental o están convirtiendo el dolor en una tendencia?

Foto: Álvaro García / El País

Valeria Rodríguez Guerrero

Universidad Sergio Arboleda

En mi clase de Investigación en Comunicaciones, mi tema central es estudiar la forma en que las redes sociales han transformado la construcción de la identidad personal, y me he dado cuenta de algo. Hoy, en redes sociales, decir “tengo ansiedad” puede generar más interacción que decir “estoy bien”. Videos, frases y publicaciones sobre tristeza, depresión o crisis emocionales circulan diariamente en plataformas como Instagram o TikTok. A primera vista, esto podría parecer un avance: hablar de salud mental ya no es un tabú. Sin embargo, detrás de este aparente “cambio” se esconde un problema cada vez más evidente: la romantización del sufrimiento.


Durante años, la salud mental fue un tema silenciado. Muchas personas crecieron sin poder expresar lo que sentían por miedo al rechazo o la incomprensión. En ese sentido, las redes sociales han jugado un papel importante: han permitido que más jóvenes hablen de sus emociones, busquen apoyo y se sientan menos solos. Hoy es más común ver a alguien recomendar ir a terapia que ocultar lo que le pasa. Eso, sin duda alguna, es un avance magnífico.


Pero no todo lo que se visibiliza se comprende, o así lo siento yo. En el intento por hacer del dolor un contenido atractivo, muchas publicaciones terminan simplificando o incluso distorsionando lo que realmente implica un trastorno mental. Frases estéticas acompañadas de música triste, imágenes “bonitas” del sufrimiento o videos que convierten la ansiedad en una identidad generan una narrativa peligrosa: la idea de que estar mal no solo es común, sino también deseable o incluso parte de una personalidad interesante.


El problema no es hablar de salud mental, sino la forma en que se está haciendo. En redes, es muy común ver que las personas se autodiagnostican. Sentirse triste un día, estar estresado por exámenes o tener inseguridades es completamente normal, pero muchas veces eso se etiqueta rápidamente como depresión o ansiedad. Esto puede hacer que no se tomen en serio los trastornos reales y que quienes sí necesitan ayuda profesional no la busquen a tiempo.


Ver constantemente este tipo de contenido puede afectar la forma en que las personas entienden sus emociones. Algunos pueden pensar que su sufrimiento “no es suficiente” o, por el contrario, sentir que deben identificarse con esos problemas para encajar. En ambos casos, se genera una confusión sobre lo que realmente sienten.


También hay que tener en cuenta cómo funcionan las redes sociales. El contenido que más se comparte es el que genera emociones fuertes, y el dolor o la tristeza llaman mucho la atención. A esto se suma que muchos creadores de contenido hablan desde su experiencia personal como si fuera una verdad general, sin tener conocimientos profesionales. Aunque no lo hagan con mala intención, pueden terminar confundiendo a quienes los ven.


Esto no significa que debamos dejar de hablar de salud mental en redes. Al contrario, es importante seguir haciéndolo. Pero hay que hacerlo mejor: informarse, no confundir experiencias personales con diagnósticos reales y promover la ayuda profesional cuando sea necesario.


La salud mental no es una moda ni un contenido para ganar likes. Es un tema serio que necesita comprensión, respeto y responsabilidad. Hablar de ello es importante, pero hacerlo mal puede ser más dañino que quedarse en silencio. En un mundo donde todo se convierte en contenido, vale la pena preguntarnos si realmente estamos ayudando o solo estamos haciendo del dolor una tendencia.

ISSN: 3028-385X

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