top of page

¿Qué nos queda?

Foto: Getty

Juan José Velásquez

Universidad del Rosario

Nota de contexto: Este escrito lo presenté para el Seminario de Filosofía “Amor, Amistad y Cuidado”, en la sesión sobre Amistad, Duelo y Pérdida, cuyos textos de referencia fueron el Libro IV de las Confesiones de San Agustín y La Estructura del Anhelo, Parte Primera del Capítulo I, de El concepto de amor en San Agustín de Hannah Arendt. Recomiendo para un mejor entendimiento y disfrute del escrito escuchar la canción “Algo me dice” de No Te Va A Gustar y Enjambre.



Hoy quiero hablar de un paralelismo. Mantengo la línea de Abraham en su primera intervención: es muy miserable hablar de amor sin pretender haberlo vivido. En esta sesión nos convoca el duelo de una amistad de forma dramática, la muerte, algo que personalmente he vivido poco y, cuando lo he hecho, no ha sido de la forma en la que San Agustín perdió a su amigo, sino más bien de la forma ciceroniana de ‘dejar morir’. Por eso, plantear esta apertura me ha costado al momento de conectar lo teórico con mis vivencias, que pienso es lo más importante a la hora de escribir. Escribo para ustedes mi vida, no solo unas palabras que no tienen que ver con ella.


No he vivido esta experiencia de que se me muera un amigo, entonces, como diría Bodoque “esta situación me tenía intrigado, así que decidí investigar”. Le escribí a mi amigo Juan Diego, a quien se le murió un amigo de nuestra edad hace poco tiempo. Me comentó un tanto del vacío, de la sorpresa, pero que, como no era cercano a él, no pudo sentir más. Así pues, volví a mi pensamiento y consideré que mi sensación de pérdida más fuerte de algo similar a una amistad ha sido una relación amorosa, porque, finalmente, he concebido a mis parejas no solo como ‘novias’, sino como amigas y coequiperas. Quienes me conocen de Teoría Crítica pensarán ‘ah, Juan José retomando el tema de la tusa’, pero no, hoy no vengo a hablarles de eso. La propuesta de paralelismo es frente al duelo que sentí con mi mejor amigo, cuando peleamos por egos académicos. Una sensación realmente desastrosa.


Tener un vínculo implica, como señala Arendt sobre San Agustín, ese viviente temor por perderlo. Aunque no es latente. Paradójicamente, uno piensa que es mejor cultivarlos, dar lo mejor de uno. Pero luego, con el tiempo y las dificultades, cuando se conoce realmente -aquí mi conexión con el amar y conocer-, es que uno siente el temor de perder. ¿Perder qué? Aquel bien que proporciona el amigo o la relación. El contraste entre la desgarradora experiencia de San Agustín y el análisis de Arendt está en la consciencia: él lloró a su amigo por lo que ya no, mientras que ella piensa en el temor como el aún no. Vaya diferencia.


Uno podría pensar, entonces, que es distinto el duelo del ya no al del aún no. Inicialmente, pongo de presente la frase cliché de “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Esta sensación del ya no parece no ser la forma agustiniana del amor, pues no es consciente de la bondad del vínculo y, por tanto, no puede haber temor sobre su pérdida. Arendt es contundente, me encanta: el amor no puede darse por sentado porque debe haber aquel anhelo de bien.


Sin embargo, esto contrasta con una de las máximas que he tenido en mi vida: haz todo por amor y nada por temor. Y, de hecho, cuando en mis relaciones ha pululado el temor, todo se ha ido al carajo. ¿Es coherente con lo que propone Arendt? Pienso que sí, porque el verdadero amor pretende ir más allá del temor. Sale de sí mismo para llegar al bien, que se contempla en la eternidad. De pronto, de ahí surge ese romanticismo de los vínculos de ‘hasta que la muerte nos separe’ que promulga la religiosidad.


El duelo rompe todo esto. Nos transforma porque es el fracaso del ya no, en contraste del aún no. Este último guarda esperanza y valentía de superar el temor para llegar a la eternidad. Requiere consciencia. El ya no es este lamento de lo que no pudo ser, que incluso, impulsando mis palabras anteriores, se vuelve más fuerte porque se convirtió en un ya no consciente. Supe lo que tenía, intenté luchar por ello y lo perdí. Mierda.


El paralelismo frente a lo que he vivido es particular. Una cosa es matar, o morir, y otra dejar morir. Mis relaciones murieron, no como el amigo de San Agustín, pero análogamente similares. Fue un hecho de punto final y nunca volver a hablar. El duelo transformador del ya no. En contraste, con mi amigo viví el duelo de dejar morir. Ambos estábamos peleados, nos dolía, pero nos manteníamos en un aún no, que en medio de todo abría la puerta a superar el temor para revivir.


Enjambre es preciso en esto, pues plasma la transformación propia del duelo en sus versos “espero impacientemente que no pase nada, y cuando eso ocurre no me suelo conformar. Otro paso atrás, otra vez quedando a la deriva (...) no quise mirarte cuando te veía”. Perder vínculos nos desubica. Más cuando la persona aún vive, en los que no sabemos cómo interactuar con ella, bien sea amigo o relación.


De todas formas, pasar un duelo es una manera de dejar ir para, en la soledad, ser conscientes de lo que ya no, para abrirse a una nueva posibilidad de anhelo en el aún no. El cierre, finalmente, se hace ante una pregunta cuya respuesta probablemente nunca conoceremos, pero con la que debemos conformarnos el resto de nuestra existencia: ¿qué nos queda?

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page