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¿Volveremos a jugar en el parque?

Foto: Felipe Restrepo Acosta

Carlos Ladino Sánchez

Universidad Tecnológica de Pereira

El lugar está en silencio. Pero no es un silencio absoluto, es uno interrumpido por el rechinar constante de los columpios empujados apenas por el viento. El sonido metálico se difunde en el aire como si alguien insistiera en recordar que ese sitio alguna vez estuvo vivo.


El olor es suficiente para crear la imagen completa de basura acumulada, restos de comida, bolsas abiertas y entre todo esto, también se mezcla el aroma penetrante de la marihuana. El espacio que en otro tiempo fue punto de encuentro, hoy está suspendido en una calma incómoda. El óxido avanza sobre los juegos infantiles, la pintura desaparece y el suelo sigue cubierto de residuos. Lo que más pesa, no es lo que está presente, sino lo que falta : no hay risas, no hay carreras, no hay niños peleándose por un turno en el columpio. ¿En qué momento un lugar pensado para el encuentro y la infancia comenzó a convertirse en un espacio evitado por quienes antes lo llenaban de vida?


En otro tiempo, este mismo parque parecía un lugar distinto. Las tardes se llenaban de vida, de bicicletas dando vueltas sin rumbo fijo y balones que chocaban con todo. Los columpios no se movían solos: había filas y peleas por el turno. Las madres conversaban mientras vigilaban de lejos, los viejitos ocupaban siempre el mismo puesto y los vendedores de solteritas y Bon Ince siempre estaban en el mismo lugar. El ruido no era molesto; era señal de que el lugar estaba cumpliendo su propósito.


Para el barrio no era solo un espacio con juegos y árboles. Era un punto de encuentro, un escenario común donde se cruzaban muchas edades, se resolvían problemas entre los vecinos y se creaban amistades que podían durar años o tan solo una tarde. Más que un terreno público , era una extensión de un hogar colectivo. Recordarlo así no implica idealizar, sino reconocer que durante años fue un centro de la vida comunitaria que hoy parece lejano.


Lo que ocurre en estos espacios no parece ser un hecho repentino. Más bien es un proceso que varios vecinos describen como una acumulación de cosas que se va formando casi sin que nadie lo note. Pequeños daños que no se reparan, basura que permanece más tiempo de lo que debería, lámparas que dejan de funcionar. Al principio parecen detalles menores, pero con el tiempo se convierten en señales claras de abandono. Ese descuido inicial aleja a quienes solían disfrutar del parque: las familias reducen sus visitas, los niños dejan de jugar allí y las rutinas comunitarias comienzan a desmoronarse.


Cuando uno empieza a hablar con los vecinos, entiende que el parque no era solo un pedazo de tierra con juegos. Era una extensión de la casa, en este barrio casi ninguna casa tiene un solar grande, así que el parque cumplía esa función: era el patio común. Allí se creaba una vigilancia natural, conversación diaria, intercambio constante. Vendedores, niños, abuelos, mascotas… todo convivía como un pequeño ecosistema. Yo lo veo más como un arrecife, el océano no es un vacío, sino un espacio diseñado para la vida y el encuentro. Así como un parque en la ciudad ofrece aire limpio, sombra y un refugio para la comunidad, el arrecife actúa como una estructura vital que frena la fuerza de las tormentas y alimenta a miles de especies. En ambos escenarios, la salud del ecosistema depende de nuestra responsabilidad compartida: un parque descuidado pierde su brillo, y un arrecife herido deja de protegernos, recordándonos que estos espacios no son solo paisajes para admirar, sino pilares que sostienen nuestra propia comunidad.


Entonces surge la pregunta: ¿qué vino primero? ¿El bombillo dañado que dejó un rincón en total oscuridad y empezó a espantar a quienes pasaban por allí? ¿O la llegada de personas que consumen y buscan esos lugares con poca luz? No es un evento lineal, una luz dañada hace que menos personas crucen por esa zona. Menos tránsito significa menos “ojos” y como decía Jane Jacobs, la mejor seguridad no son las cámaras ni las patrullas, sino la gente común viviendo su rutina. Cuando esos ojos desaparecen, el equilibrio se rompe. Al día siguiente, una madre encuentra una botella de cerveza o restos de marihuana cerca del columpio y decide no volver con su hijo. Ese pequeño retiro alimenta otro. Y así, casi sin notarlo, el parque pierde su escudo social.


Mientras recorría estos lugares también logré convivir con distintos vecinos y ver sus perspectivas muy valiosas:


Juan José un joven que frecuenta mucho este sitio y ha llegado a consumir en estos lugares, observa que el problema está en términos de seguridad, el no habla solo de un lugar feo o descuidado. Habla de puntos ciegos que se convierten en base para robos, de la posibilidad de que desde el parque se vigilen las casas para entrar a hurtar. El miedo modificó la manera como vemos el espacio, pasó de ser protección colectiva a amenaza cercana. Me parece increíble que hasta los mismos consumidores sean conscientes del gran peligro que pueden tener estos lugares, ellos sienten ese temor de ser robados en cualquier momento.


Luego pasamos a la perspectiva de Miguel Ángel quien lo vive con frustración. Dice que el espacio fue capturado por grupos que imponen sus propias reglas sobre un territorio que debería ser de todos. Música que hace temblar las ventanas, consumo visible, horarios en los que ya no se puede pasear al perro ni caminar con los hijos. Lo describe como una especie de exilio silencioso: los vecinos siguen viviendo allí, pero ya no habitan el parque.


Con el tiempo entendí que el deterioro del parque no solo cambia la forma en que lo miramos, también cambia la forma en que respiramos y habitamos el barrio. La basura acumulada no desaparece sola: atrae roedores y plagas. Los drenajes tapados dejan charcos que duran días, y esos pequeños espejos de agua se convierten en criaderos silenciosos de mosquitos. Nadie lo ve de inmediato, pero el entorno empieza a volverse más pesado, deprimente e incómodo. En otros sectores de la ciudad, como el Parque La Libertad, se ha denunciado la presencia de jeringas usadas en plena vía pública, una situación que nos obliga a pensar el problema más allá de la vista. No es solo un parque descuidado; es un gran riesgo sanitario. También está el aire. Aún hay personas intentan salir a caminar o hacer ejercicio, pero terminan respirando el olor mezclado de basura y marihuana. Ese cambio no sólo desplaza a los niños; también transforma la experiencia física del lugar. Lo que antes era un espacio para oxigenarse ahora resulta contraproducente para quien busca salud.


Cuando empecé a observar el problema más allá de este parque, entendí que no es un caso aislado. En sectores cercanos al Parque Olaya Herrera, las cifras oficiales hablan de un promedio de 36 capturas por distintos delitos y cerca de 50 medidas correctivas aplicadas bajo la Ley 1801. Los números muestran que hay presencia institucional y operativos constantes. Pero cuando uno camina por el lugar, existe la sensación de miedo que no coincide con la estadística.

Estuve investigando porque sucedía esto y algunos funcionarios y expertos mencionan lo que llaman el “efecto globo”, que es cuando se intensifican los operativos en un punto específico, el problema no desaparece, sino que se desplaza hacia parques cercanos. Como cuando aplastas un globo por un lado y el aire se dispersa hacia otro. El consumo y los habitantes de la calle migran, reorganizándose en zonas donde hay menos presión. Eso explica por qué a veces en muchos parques que parecían tranquilos se empiezan a sentir una sensación de temor e inquietud. Aunque las cifras muestran acción institucional, la espera prolongada por soluciones estructurales también produce un desgaste silencioso, pueden pasar meses para un contrato, años para una intervención directa. Mientras tanto, el parque sigue envejeciendo poco a poco frente a las ventanas de quienes viven allí. Las estadísticas mide capturas y comparendos, el vecino mide algo más difícil de registrar, que es la sensación de pérdida.


Mientras observaba otros casos en la ciudad encontré un caso bastante grande: el futuro del Gran Parque San Mateo. Se presenta como un proyecto verde que podría redefinir a Pereira en las próximas décadas, un “pulmón” de 60 hectáreas capaz de aliviar el déficit del espacio público — que es de apenas 1,9 metros cuadrados por habitante frente a los 15 que deberíamos tener— y de conectar ecológicamente los ríos Otún y Consota a través de corredores verdes. Pero, la discusión está lejos de ser sencilla. La comunidad dice que se necesita trasladar el Batallón San Mateo para liberar completamente el terreno y considerarse un parque real, mientras desde la comandancia militar se habla de integración sin traslado, con senderos ecológicos dentro del mismo predio. También existe preocupación ciudadana por la utilización de los recursos que según denuncias, han terminado financiando parques pequeños en otros municipios, desapareciendo la promesa original. En el fondo, el problema no es sólo presupuestal: es simbólico. La pregunta es si Pereira apostará por un lugar natural que funcione o si el proyecto terminará reducido entre intereses políticos y demoras administrativas. La ciudadanía, marcada por experiencias pasadas, observa con expectativa pero también con cuidado porque son conscientes de que no basta con crear nuevos espacios, sino que el verdadero desafío está en sostenerlos en el tiempo y que no se convierta en otro basurero público.


Pero tampoco todo se reduce a la queja. En las conversaciones aparece algo más complejo, una discusión sobre la responsabilidad. Algunos sostienen que el pago de impuestos debería bastar para que la Secretaría de Infraestructura asuma todo el mantenimiento pesado como pavimento, luminarias, estructuras dañadas. Otros mencionan que, mientras los procesos administrativos avanzan —a veces durante meses— el deterioro de los lugares no se detiene. Y ahí surge algo distinto que no es un favor al gobierno, sino un instinto de supervivencia territorial. Una forma de micro resistencia.


He visto vecinos organizar pequeñas brigadas, plantar árboles, recoger basura, echar aceite a los columpios para silenciar el chirrido que parecía anunciar el abandono. Son gestos mínimos, pero simbólicos. Plantar un árbol en un parque que muchos ya daban por perdido es apostar por su futuro. ¿Eso no significa quitarle responsabilidad a la alcaldía?, la pregunta es válida: ¿por qué el ciudadano tendría que invertir su poco tiempo libre en hacer algo que ya paga con sus impuestos? Pero en la práctica, lo que ocurre en estos barrios no se parece a un favor al gobierno. Se parece más a un instinto de supervivencia territorial. No son vecinos jugando a ser empleados de limpieza; son ciudadanos aplicando algo que el urbanismo táctico llama micro resistencia. Si esperan doce meses a que se complete un proceso de licitación, en esos doce meses el microtráfico y las dinámicas ilegales pueden haberse organizado de forma tan profunda que recuperar el espacio sería mucho más difícil. No reemplaza las obligaciones institucionales, pero devuelve algo que parecía extinguido: la apropiación. 


Tal vez la recuperación no siempre empiece con grandes operativos ni presupuestos desbordados, sino con pequeños actos que cambian el entorno y, poco a poco, la percepción.


Si uno mira el arco completo de esta historia, todo comenzó con una imagen pesimista con el silencio, óxido y ausencia. Pero incluso en medio de ese paisaje hay personas dispuestas a intervenir, a no rendirse del todo. Tal vez la recuperación no dependa únicamente de grandes presupuestos ni de más patrullas, sino de una combinación entre responsabilidad institucional y acción cotidiana. Entonces surge otra pregunta, más amplia: ¿qué otras cosas en la comunidad podríamos transformar si decidimos hacernos cargo, por lo menos, de nuestro pequeño rincón del mundo?


Al final, el parque no es solo el lugar donde se instalan juegos infantiles o se siembran árboles, Es el corazón del barrio, Cuando está vivo la comunidad respira tranquila, pero cuando se deteriora, todo empieza a desmoronarse. He entendido que el abandono no ocurre de un día para otro, pero tampoco la recuperación. Ambos procesos se construyen lentamente, en detalles que parecen mínimos pero que terminan definiendo el futuro del lugar.


La pregunta no es únicamente si volveremos a jugar en el parque, la pregunta real es si estamos dispuestos a sostener los espacios que nos sostienen. Porque un parque no se defiende solo con cemento o con voluntad ciudadana, sino con una mezcla de presencia, cuidado y decisión colectiva. Y mientras todavía exista alguien dispuesto a plantar un árbol, a cambiar una bombilla o simplemente a volver a sentarse en una banca, la historia del parque no estará cerrada. Estará, como el columpio que se mueve con el viento, esperando un impulso.

ISSN: 3028-385X

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