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A dónde va el Domingo

Gabriel Santiago Rodríguez

Universidad Nacional

Domingo, un pensionado de la policía, de aproximado unos 50 años de edad, santurrón con aspecto bonachón, con un alma tan ligera que hubiese parecido que no cometió pecado alguno en su vida más que jugar al chance y callejear por las tardes, jugando dominó con sus otros amigos pensionados de la que él llamaba su “sagrada policía”.


Aún así, con su apariencia y personalidad tan apacible, Don Domingo Parada Jaime tenía un fantasma. Tras el hecho de que existiera un alma en pena persiguiéndolo, es que aquel espíritu intranquilo estaba vivo; peor aún, que estuviera vivo: era su suegro, Don Felipe Sanguino, señor de pueblo, padre de Epifanía Sanguino, la esposa de Domingo.


Parecía como si Doña Epifanía mandara a su padre para perseguir a su marido, pero nada más alejado de la realidad; como una verdadera alma en pena, lo hacía por convicción personal, como si fuera un asunto ya rutinario. Hubiera parecido, si no se supiera su labor como tinterillo por las calles de la sombría y fría Pamplona, que no era más que la demencia conmemorando y recordando sus años de servicio.


Lo seguía de esquina a esquina, del mercadito a la casa, de la casa al dominó y hasta que se montaba en alguna buseta que lo llevaría al centro de la ciudad; ahí el viejo Don Felipe se cansaba de perseguir y se devolvía a donde su hija Epifanía, donde la nieta que encontraba y le decía: “por allá se fue Domingo al centro”.


Domingo, consciente del comportamiento de su suegro, se reía, sin dejarse mover por el acoso; como viejo roble, Domingo, con la misma pasividad con la que una vez, en los años de servicio, perdió su arma cuando estaba en turno, le decía a sus seis hijas: “Déjenlo ser”.


Igual, a Don Domingo Parada no lo movía nadie en el arte de jugar y recibir la pensión todos los meses, por lo que las críticas del suegro las tenía desatendidas.


Don Felipe, como una voz de una oligarquía o élite a la cual no pertenecía, decía cuando veía pasar a Domingo y a sus compadres:


—Y ahí van los desangradores del Estado, sin falta todos los meses.


Su esperpento y rechazo no lo detenían, igualmente, de vivir en la casa de su yerno, porque en sus propias palabras “era el único que no vivía en pecado de la familia”.


Al final, ese rasgo de Don Felipe se normalizó por toda la familia. Se fastidiaba la mujer de Felipe, Sagrario; siempre decía, cuando preguntaban por su esposo: “allá va, detrás de Domingo, el pobre Domingo”.


Don Felipe nunca dio una justificación del porqué de este comportamiento, más allá de su piel blanca bronceada y su brillante mente. Don Felipe nunca le daba razones a nadie, ni de su pensar ni de su reaccionar.


De su pensar, Don Felipe nunca se aprovechó; vivía sin pedir, con sus mismas camisas, su mismo sombrero, un mismo par de zapatos y, cuando podía, con las mismas personas.


Vivía como marcaba aquella dicha del Señor, al cual fue devoto toda su vida, predicando humildad y llamando a “la bendita misericordia”.


Así como trabajaba ayudando a los campesinos a resolver sus problemas legales sin pedir un peso, con esa misma devoción hacía de médico, camandulero y exorcista, todo sin pedirles un pesito, porque, según él, “eso no se cobra”. Pero, con esa misma manera de ser, nunca pasó hambre ni frío: siempre tenía dónde llegar y era respetado tanto en el campo como en la ciudad.


Por eso, mal o bien, por inocencia o incredulidad de ambos, Don Felipe y Don Domingo parecían, en un punto, compartir entre silencios, tazas de café y persecuciones, la sincronía de dos pensares que se fueron uniendo con el paso del tiempo y su fuerza imparable, hasta que el día en que tuvo que partir Don Felipe, quien tan tranquilo y calmado había dicho desde hace mucho tiempo su fecha y hora de muerte, cuando llegó el momento, solo preguntó:


—¿Qué horas son, hijita?


Epifanía respondió:


—Un cuarto para la 1.


Suspirando, murmuró Felipe:


—Ya es mi momento.


Se acostó en su silla mecedora, se quitó el sombrero y, con el estómago lleno, miró pasar a Domingo, exclamando antes de dormir en paz:


—¿A dónde va, Domingo?

ISSN: 3028-385X

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