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Crueldad y ternura como formas de supervivencia

Foto: La Tinta

Humberto Prieto Muñoz

Universidad Francisco José de Caldas

La crueldad es una disposición que se elige, que se cultiva y que bajo ciertas condiciones nos ha ayudado como especie. Sin embargo, también ha provocado la desconfianza en la cooperación humana desde las relaciones más íntimas hasta la arquitectura de la geopolítica. La ternura puede ayudarnos a reconocer al otro como ser humano y resolver buena parte de las crisis en cooperación.


Como punto de partida tomaremos la tesis del psicoanalista Fernando Ulloa: “la crueldad es el fracaso de la ternura”. La pregunta central de este ensayo es, en qué condiciones somos los seres humanos crueles los unos de los otros y por qué la ternura fracasa.


La crueldad como forma de superviviencia


¿Qué es y de dónde surge la crueldad? Algunos podrían pensar que el verdadero antónimo de la crueldad es la empatía. Sin embargo, debemos entender que la ternura es un acto, una disposición corporal y afectiva hacia otro. La empatía, en cambio, puede coexistir con la crueldad por paradójico que suene. Los torturadores son empáticos con sus víctimas, pues entienden muy bien lo que la víctima va a sentir: el mero acto de torturar requiere de comprensión para alargar el tormento. Paul Bloom señala que la empatía tiende a ser selectiva e intensificadora de sesgos grupales, se empatiza con las víctimas del propio grupo, lo que puede justificar la crueldad hacia el otro, convirtiéndola en un motor de violencia tanto como de compasión. La ternura, entendida como reconocimiento universal de cualquier otro ser, requiere de un tratamiento sensible a cualquier forma de vida. Más adelante ahondaré sobre esto último.


El surgimiento de la crueldad ha sido estudiado extensamente desde la filosofía y el psicoanálisis. Para Friedrich Nietzsche, la crueldad se produce desde el resentimiento, entendido como una especie de deuda entre el victimario y la víctima, se trataría, entonces, de “una mera compensación de deudas que produce amplio goce” (Tal como se citó en Coronel Piña, 2015). Para este autor, ver sufrir produce bienestar. Hacer sufrir produce más bienestar todavía, precisamente por la satisfacción de no estar en el lugar del que padece. Nietzsche es enfático, además, al describir la culpa como producto de la moral cristiana como una forma de crueldad hacia uno mismo cuando los impulsos del instinto no se pueden derramar sobre alguien más, con el mismo efecto placentero. Por lo que podemos decir que la es posible la crueldad hacia uno mismo.


En contraposición, el psicoanálisis encabezado por Sigmund Freud entiende la crueldad como una parte de las pulsiones vitales: pulsión de vida y pulsión de muerte -ternura y crueldad, respectivamente, para los propósitos de este ensayo-. Cada ser humano lleva consigo una fuerza creadora y conservadora de la vida y una potencialmente destructiva, una especie de placer de agredir o destruir. Para la psicoanalista Coronel Piña, “bajo este conflicto se origina la vida de cada sujeto”. Por su parte, Derrida advierte que la sociedad tolera ciertos tipos de crueldad que no requieren derramamiento de sangre: dañar la autoestima de una persona sin dejar rastro visible en el cuerpo, pero con fuerte impacto en la vida del afectado. Derrida también señala que la crueldad adquiere una doble vara de medir según quién la ejerza: las formas de ecocidio o maltrato animal reciben la etiqueta de “mal necesario” para la existencia de la especie, aunque técnicamente lo sean.


A pesar de las anteriores interpretaciones, no resulta válido concluir que el ser humano es cruel por naturaleza: la especie ha protagonizado verdaderos actos de altruismo a lo largo de la historia, incluso entre partes enfrentadas. Sin embargo, la crueldad que hemos experimentado ha surgido de una especie de sadismo estructural de nuestras relaciones. Para Bataille, la crueldad es “la violencia que da pavor, pero que fascina”. En alemán existe una palabra para la satisfacción que produce el sufrimiento ajeno: Schadenfreude. En cierta forma, la crueldad ha ayudado a que la humanidad se mantenga. Sin embargo, las recientes crisis mundiales invitan a replantear esa estrategia de supervivencia.


¿Van de la mano la especie humana y la crueldad?


Algunas corrientes filosóficas no solo describen la crueldad, sino que la justifican. Para Maquiavelo, la crueldad entre líderes no resulta en un fracaso moral sino en una decisión pragmática: en El Príncipe sostiene que más vale ser temido que amado. Desde esta perspectiva, las naciones no son actores morales sino actores de poder guiados por la Realpolitik. Por otra parte, la psicología evolutiva ha argumentado que la crueldad tiene un valor adaptativo para mantener a la especie con vida frente a la competencia en una población en constante aumento.


Sin embargo, estas dos perspectivas se palidecen precisamente ante las necesidades de nuestra época. El realismo político únicamente institucionaliza la crueldad como instrumento de control, lo que representa un riesgo permanente para las libertades civiles. Y en un mundo de armas de destrucción masiva, crisis climática e interdependencia económica global, la crueldad colectiva no garantiza la supervivencia, sino, más bien, nos plantea una amenaza. Aquello que nos pudo garantizar la vida en estadios de evolutivos pasados y en puntos concretos de la historia nos está condenando, ahora mismo, a la extinción.


La crueldad se vuelve una especie de moneda de cambio entre las naciones. Los mayores genocidios del siglo XX y XXI -Armenia, el Holocausto, Ruanda , Bosnia, Darfur, Gaza, etc- fueron resultado de estructuras interestatales que justificaron la crueldad. Esa “doble vara de medir” que Derrida nombra como “defensa legítima”, “disuasión necesaria”, “escalada”, “tensión” o “respuesta proporcional” en los periódicos occidentales y orientales, respectivamente, según le convenga a cada bando.


El sistema de cooperación internacional fue diseñado, en teoría, como la estructura que a escala global debería sostener el reconocimiento del otro como ser humano. El derecho internacional humanitario, la Corte Penal Internacional, el Consejo de Seguridad de la ONU, todos son intentos de institucionalizar algo parecido el respeto al otro en el orden mundial. Pero la arquitectura de ese sistema contiene una contradicción, el derecho de veto. Las potencias nucleares convierten la cooperación en intereses cuando les conviene valiéndose de cualquier estrategia. Rusia ha vetado resoluciones sobre Ucrania. Estados Unidos -por Israel- vetó resoluciones sobre Gaza. China veta resoluciones sobre Myanmar. La estructura que debería contener la crueldad se convierte, en esos momentos, en cómplice. El mensaje aquí es obvio: nadie está salvo de las potencias a menos que posea una bomba una bomba nuclear. Es precisamente este hecho lo que originó el reciente conflicto de Irán en primer lugar, pues, el miedo latente a Israel y a una posible invasión estadounidense se materializó en un programa nuclear, que, paradójicamente, terminó en un desastre para todas las partes.


La ternura como posible proyecto político


La crueldad tiene una ventaja sobre la ternura: no necesita justificarse, pues, se administra con el miedo, resentimiento y lógica de la supervivencia en una humanidad que no ha aprendido a organizarse de otra manera, a excepción de algunos sistemas religiosos con resultados dispares según se mire -quizás convenga otro ensayo al respecto-. La ternura, en cambio, exige una decisión. Exige reconocer en el refugiado, en el enemigo, en el que ocupa el otro lado de la frontera, una humanidad, no una nacionalidad. La ternura no es una virtud, viene a ser más una decisión pragmática en un mundo donde pululan armas que provocan gran dolor. Si queremos sobrevivir como especie más valdría institucionalizar la ternura con mecanismos vinculantes, penalizaciones directas a quién trasgreda la paz —venga del país que venga—, incentivar la cooperación entre naciones más que la competencia y, en general, reestructurar toda la ONU. Puede parecer idealizado, pero, como se mencionó anteriormente, hoy es una necesidad pragmática como en su momento lo fue la crueldad.


La pregunta que queda no es si la humanidad es capaz de ternura, pues, la historia demuestra, con abundancia, que sí somos capaces. La pregunta es, si somos capaces de institucionalizarla: de construir las estructuras jurídicas, políticas y culturales que la sostengan cuando el miedo presiona a atacar y exterminar en un ciclo de venganza que ya no puede continuar, y que los periódicos disfrazan de “escaladas” o “tensiones”. La ternura no es que sea fácil, muchas veces es necesario ser cruel, sin embargo, hoy es, sencillamente, la única estrategia de supervivencia que nos queda.


Referencias:


Bloom, P. (2016, diciembre 19). Against empathy: The case for rational compassion [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=yhCGmDJQRpc

La Nación. (s.f.). Donde nace la crueldad [Artículo de opinión]. La Nación. https://www.lanacion.com.ar/opinion/donde-nace-la-crueldad-nid209944

Ministerio de Educación de la Nación. (s.f.). Sociedad y crueldad [PDF]. Biblioteca Nacional de Maestros. http://www.bnm.me.gov.ar/giga1/documentos/EL002016.pdf

Pérez, A. (s.f.). ¿Es la crueldad constitutiva del ser humano? Meditaciones antropológicas y pedagógicas [PDF]. Dialnet. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5500492

Salazar Zarco, A. L. (2025, febrero 17). El vínculo desde el cuidado y la ternura: fundamentos antropológicos y feministas para la paz. Revista Incidencias. https://www.revistaincidencias.com/articulos/el-vnculo-desde-el-cuidado-y-la-ternur

ISSN: 3028-385X

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