Cuando matan a mamá: la vida después del feminicidio

Foto: ONU Mujeres / Dzilam Mendez

Sara Valeria Díaz
Universidad del Valle
Hay historias que no terminan en el crimen. Algunas apenas comienzan ahí, lejos de los titulares y de la atención pública, en la vida de quienes quedan.
Cuando matan a mamá, el mundo se rompe.
No hay palabras que alcancen para explicarle a un niño por qué su mamá no va a volver. No hay forma de acomodar el vacío que queda en la mesa, en la casa, en la vida. El feminicidio no solo arrebata a una mujer: desarma familias enteras y deja a sus hijos en medio de un dolor que no debería existir.
Después del crimen, lo que queda es el silencio. Un silencio pesado, incómodo, lleno de preguntas que nadie sabe responder. ¿Dónde está mamá? ¿Por qué no vuelve? ¿Quién me va a cuidar ahora? Y aunque haya abuelos, tíos o personas que intenten llenar ese espacio, la ausencia es irreemplazable.
Muchos de estos niños crecen demasiado rápido. Aprenden a vivir con el miedo, con la tristeza, con una herida abierta que los acompaña todos los días. Algunos cargan además con recuerdos difíciles: gritos, golpes, escenas que ningún niño debería ver. Otros crecen con la historia contada a medias, tratando de reconstruir lo que pasó con pedazos de verdad.
Con el tiempo, pareciera que “aceptan” lo ocurrido. Siguen estudiando, trabajando, sonriendo incluso. Desde afuera, da la impresión de que lograron seguir adelante. Pero por dentro, muchas veces, crece algo más silencioso: el resentimiento. Un resentimiento hacia la vida, hacia la injusticia, hacia una sociedad que siguió como si nada. Porque aunque el caso se convierta en una cifra más, para ellos no lo es. Para ellos no es “un feminicidio más”: es su mamá, la que ya no está, la que no volvió nunca más.
Y es aquí donde la realidad golpea con más fuerza. En Colombia existe la Ley Rosa Elvira Cely, creada después del brutal feminicidio de Rosa Elvira Cely en 2012, un caso que estremeció al país. Esta ley reconoció el feminicidio como un delito autónomo y estableció penas severas para quienes asesinan a una mujer por razones de género. Fue un avance necesario, un paso importante hacia la justicia.
Pero hay algo que la ley no alcanza a reparar. Ninguna condena devuelve a una madre. Ninguna sentencia reconstruye la infancia que se rompió. Ninguna ley, por más necesaria que sea, logra llenar el vacío que queda en la vida de esos hijos.
Y ahí es donde duele aún más: después del feminicidio, muchas veces viene el olvido. La atención se apaga, las noticias dejan de hablar del caso y la vida sigue para todos… menos para ellos. Los hijos quedan en una especie de limbo, donde el dolor continúa, pero el apoyo desaparece. No siempre hay acompañamiento psicológico, ni garantías económicas, ni una red que realmente los proteja.
Ese abandono también deja huella. Porque no solo crecen con la ausencia, sino con la sensación de que nadie dimensiona lo que perdieron. De que el mundo minimizó su dolor. De que su historia quedó reducida a un titular pasajero.
¿Quién se hace cargo de esas vidas? ¿Quién piensa en su futuro, en su educación, en su bienestar emocional?
Hablar de feminicidio también debería ser hablar de ellos. De los hijos que quedan, de las infancias que se rompen, de los sueños que cambian para siempre. Porque ellos también son víctimas, aunque no siempre se les nombre como tal.
Cuando matan a mamá, no solo se pierde una vida. Se pierden abrazos, consejos, rutinas, risas. Se pierde ese lugar seguro al que siempre se podía volver. Y mientras no miremos de frente lo que pasa con esos hijos, seguiremos contando historias incompletas. Porque el feminicidio no termina en el crimen. Continúa, todos los días, en la vida de quienes tienen que aprender a vivir sin ella.

