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El credo

Yizeth Mahecha González

Universidad Francisco José de Caldas

El pueblo ha caído en desgracia, Dios lo ha abandonado a su suerte. La sequía trajo el infierno a la tierra que fue próspera por décadas, las tres líneas del río que rodean los cimientos ahora no son más que simples chorros. Es el castigo por sus pecados, dijo el cura, y todos sabían a qué pecados se refería. La necesidad de volver a consagrarse con Dios padre se hizo presente, para ello había que erradicar el mal. La tierra necesitaba ser humedecida con sangre, y entonces Dios vería lo buenos que eran, la forma en la que rechazaban el mal y que merecían su benevolencia. La decisión fue tomada a las 12 del día, luego de la misa central y “el credo” rezado justo después de proclamar el derramamiento de sangre.


A la una de la tarde del día siguiente, cuando el sol inclemente azotaba la plaza y las piedras que rodeaban la iglesia hervían, comenzó el proceso de santificación. Ese día ni los sirirís cantaron y la mañana llegó con una misión clara. Al paso de la falda negra los hombres se alistaban, los niños fueron resguardados, en la plaza solo estaban las vendedoras de las hierbas con mercancía seca y desmechada por la sequía de más de dos meses, eran las únicas que tenían contacto con aquella pecadora todas las semanas. El cura terminó de bendecir las paredes de cemento y el piso en tierra con el “yo creo”, y agua bendita justo antes de que la bruja cruzara la entrada.


Cuando la mujer de mediana edad pisó la plaza con los pies empolvados, las líneas de las chanclas dibujadas con polvo en la piel y el canasto listo para recibir las hierbas de los trabajos solicitados, recibió el primer golpe. Carlos, con la empuñadura de su machete desgastado por décadas de uso, mismo con el que aún deshierba y secuestró a su esposa, golpeó la nuca de la bruja, quien cayó al suelo. Dos hombres jóvenes, conocidos por sus parrandas en el único prostíbulo del lugar, la tomaron de los brazos para inmovilizarla. María, esposa de Roberto y amante de Luis, tomó la pava que cubría la cabeza de la desdichada y la amarró sobre su boca.

Fue arrastrada hasta el parque central frente a la iglesia, con machetes en mano por si conjuraba a uno de los demonios que se decía eran sus amantes. El padre rezaba guiando el camino como un faro ético, y que nadie hable del hijo de Rosa y la razón por la que orina sus pantalones cada vez que cruza frente a la iglesia. Durante el camino se rezó continuamente “el credo” mientras le arrojaban agua bendita para exorcizar la maldad y eliminar los pecados con los que condenó al pueblo.


Los hombres soltaron a la bruja que lloraba y temblaba sin una chancla, húmeda por el agua y de espaldas a la iglesia. Doña Lolita, dulce, una vez hermosa, y clienta fiel de la mujer, que compraba el llamado “endulzante” para calmar los arrebatos agresivos de su esposo cada mes, arrojó la primera piedra, justo en su espalda. Tras ella siguieron las demás damas respetables, incluidas las prostitutas que vistieron sus atuendos más recatados para no desentonar con la mojigatería del día.


El linchamiento culmino 30 minutos más tarde, cuando todos parecían haberse desquitado con el mal que provocó el castigo divino, pero ella aún respiraba, con los huesos rotos y la sangre humedeciendo las piedras por primera vez en semanas. El cura, quien se había quedado al margen para no ensuciar sus ropas sagradas, miro a Danilo, alto y grande, dándole una instrucción sin palabras. Este desenfundó el machete con el que amedrentaba el ganado haciéndoles cortes solo por diversión, levantó el arma y cortó el cuello de la bruja, no sin que antes ella lanzara una amenaza de fuego y cenizas.

A las 2 de la tarde el pueblo dio un grito de júbilo. Finalmente se habían librado de todo mal, ya no había pecado por el que dios los debía castigar. Se rezó “el credo” en conjunto por penúltima vez mientras el cuerpo se enfriaba. La policía, que se había quedado al margen tomando tinto y roscón en la panadería del centro, se acercó y recogió el cadáver. El más grande la tomó de los tobillos y la arrastró, justamente como una vez ella hizo con su hijo que sufrió un descuaje.


El cuerpo de Mariela, la bruja, a la que todos habían acudido para un hechizo o un remedio natural, fue quemado sobre una de las piedras del rio negro, pues no era digna del cementerio. Se rezó el “yo creo” para erradicar todo mal y se persignaron mientras el fuego hacía su trabajo. Hubo fiesta esa noche, como aquellas acostumbradas a finales de diciembres. El cura robó al hijo de Rosa por unas horas. Las prostitutas tuvieron su mejor día en semanas. Algunas mujeres escarbaron la casa sin dueña buscando los hechizos que antes compraban. Los amantes aprovecharon para darse una escapada sin ser vistos por nadie. Las ferias habían llegado antes de tiempo.


El “yo creo” se rezó once veces en total, el por mi culpa ninguna desde la misa de la mañana anterior, ni siquiera cuando el fuego que consumió el cuerpo se expandió como un soplo místico hasta el pueblo convirtiéndolo en cenizas, porque eso también fue culpa de bruja, en una venganza desde el más allá contra una población devota a Dios que no se merecía la maldad de aquella malvada mujer.

ISSN: 3028-385X

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