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El evangelio según Viterbo

Foto: Juan Tálaga

Daniel Henao Cardona

Universidad Tecnológica de Pereira

En el parque el calor dejó de ser tan fuerte. Los samanes que cubren el lugar dan una sombra acogedora. Me detuve frente a tres cruces grandes que estaban en el suelo. Mi cuerpo se empezó a estremecer: era temor; ese día yo también iba a ser crucificado.


Todo comenzó unos días atrás. El domingo llegué a la escuela La Pombo —un lugar grande que alberga un árbol de mango en el centro del patio—. Ese día las personas corrían y caminaban de un lado a otro; parecía una plaza de mercado llena de vida. Los actores que eran parte de la presentación empezaban a ponerse sus vestuarios, hacían fila y peleaban un turno para que les hicieran un turbante. Ese día se llevó a cabo el primer acto de la Semana Santa en vivo: el Domingo de Ramos. Todos estaban a la expectativa.


A medida que se acercaba la hora, recosté mi cuerpo en la baranda del corredor a ver a todo el grupo ansioso por empezar. De repente, un hombre con una peluca ondulada que le llegaba a los hombros y una barba poblada y bien definida se hizo junto a mí y se paró en la baranda de un salto. Era Julián Díaz, el director artístico de la Semana Santa y aquel que le daría vida a Jesús de Nazaret en este montaje.


Julián Díaz se encontraba en Bogotá, trabajando con La Maldita Vanidad en 2014, cuando recibió una llamada que cambió el rumbo de la Semana Santa. La idea era retomar este evento. Viajó a Viterbo y encontró que no tenían nada por donde empezar, así que él construyó todo desde cero. Lleva más de diez años a la cabeza de este proyecto a día de hoy.


Ver a Julián sobre la baranda se me hizo una imagen graciosa. Lo veía como a Jesús en ese momento; mientras él estaba ahí arriba daba instrucciones a los actores para dar lo mejor ese día. Seguí al grupo hasta el lugar de inicio; ya había personas esperando a que comenzara la función. Me hice junto al público para presenciar mejor. Cuando el acto empezó, las personas los seguían por los alrededores del parque y reaccionaban con cada palabra que decía Jesús; tenían una inmersión total en la presentación.


Algo que me llamó mucho la atención es que Jesús iba en mula y no en un burro como se menciona en los textos bíblicos. Al hablar con Julián sobre el motivo de esa decisión, me dijo con un tono serio y un poco de resignación, pero con la convicción de un director que sabe que, si algo no se puede realizar, se tiene que cambiar por el bien del montaje. El motivo era que los burros no eran tan mansos y, en cambio, la mula que usan, cuyo nombre es Tino, hacía más seguro para los actores realizar la actuación con aquel animal.


Hacia el final del acto, me alejé un poco para ver desde otro panorama, ya que la cantidad de personas que observaban era abismal para ser el primer día y aún no se llegaba al clímax de este evento. En un punto dejé de observar con atención y me dejé atrapar por la música en vivo que se llevó a cabo. Los actores cantaban y la música transportaba hacia el Medio Oriente.


Esa sensación no fue casualidad; estaba fríamente calculada. Recordé la conversación que tuve con Andrés Pérez, uno de los músicos que le da vida a estos montajes musicales, un joven honesto y amable. La música recorre sus venas; es licenciado en música, apoya al municipio en la escuela de música y al colegio Nazario Restrepo en su banda sinfónica.


Me comentaba, mientras hablábamos cerca del árbol de mango en la escuela, que para elegir la música se reúnen con Julián y con el grupo de músicos; si conocen algún sonido árabe o de Medio Oriente, dan la propuesta y ya se aprobaría por el director. Su idea es que la música se acerque a lo tradicional y que parezca sacada de una película.


Y lo lograron. Mientras escuchaba me di cuenta de que era verdad: es como ver una película, pero en realidad es una representación teatral. El acto del domingo terminó en la media torta del parque, que tenía una escenografía maravillosa, logrando aparentar ser una pequeña parte de Jerusalén.


Me fui con una certeza firme: esa semana no solo iba a participar, sino que la iba a vivir.


El miércoles fue mi gran día: morí. Yo saldría a escena a interpretar al buen amigo de Jesús, Lázaro. Ese día sentía nervios, pero a la vez estaba seguro de lo que iba a hacer. No me sentía tranquilo al estar sentado; empecé a caminar de un lado a otro mientras escuchaba el ruido que producían los demás actores mientras conversaban: había risas, gritos, chistes. Me quedé absorto un rato en aquel bullicio, hasta que me llamaron para maquillarme. El lugar donde me maquillaron era un salón que quedaba en la entrada de la escuela; ahí estaban la mayoría de las cosas que se iban a utilizar o se utilizaron en la Semana Santa. Mientras me maquillaban hacía un calor sofocante.


Al salir de allí me encontré con Dairo Echeverry, que llegaba de la calle —aquel que durante años encarnó a Lázaro—, ebanista, conductor de motocarro y trabajador de oficios varios. Hombre formado en el trabajo. Estuvimos conversando un rato; al principio hablábamos de cosas triviales en un ambiente de confianza y humor. Me llegó a cambiar el nombre tantas veces como su imaginación lo inspiraba, hasta que le pregunté cómo había llegado a este proyecto. Su actitud se puso seria y recordó aquellos momentos que vivió en el pasado con una sonrisa burlona. Dairo llegó a la Semana Santa dramatizada en los años 90, cuando estaban a la cabeza Carlos Orrego y Esteban Bolaños, lo que fueron los primeros vestigios de lo que es hoy en día la Semana Santa en vivo.


En esa década, según lo que se comentaba, en Viterbo, Caldas, se estaba viviendo una época de violencia, donde la realización de aquellas presentaciones se vio envuelta en conflictos con la iglesia, ya que dentro del elenco había traquetos y asesinos, lo cual incomodó al sector religioso del pueblo. Por este y diversos motivos se dejó de hacer por un tiempo, hasta la llegada de Julián.


Le pregunté a Dairo algo que me causaba conflicto: qué pensaba de que yo este año interpretaría a Lázaro, después de él hacerlo durante tanto tiempo. Él se acomodó donde estaba sentado y, de una manera serena y cálida, me dijo:


“Uno se aferra a las cosas, y uno se adapta; es más, ya extraño hacer el papel de Lázaro, tantos años haciéndolo, pero me siento bien… cada año me muero y me reviven, y aquí estoy todavía, hermano, no me he muerto y todavía no me quiero morir”.


Cuando escuché esa respuesta, lo miré a los ojos y tenía un destello de vida y ganas de vivir. Ese destello se quedó grabado en mi mente.


Minutos después escuché algo que me congeló. Llegó el momento de mi muerte. Julián nos llamó para calentar, lo cual indicaba que ya iba siendo la hora de salir. Mientras hacía mi rutina empecé a sentir un cosquilleo en el estómago: nervios. La hora de la verdad estaba cerca, y el acto de aquella noche es muy especial: son los milagros de Jesús. Al llegar al parque me llevaron al lugar donde estaría muerto. Un compañero del elenco me acompañó y abrió la tumba de Lázaro; era un espacio algo pequeño para mi estatura. Al cerrarla, se empezó a generar un calor claustrofóbico en ese lugar.


Me acosté con los pies algo recogidos, ya que alcanzaba a tocar la puerta de la tumba. Mientras esperaba la parte que me tocaba, escuchaba los murmullos de las personas que estaban viendo; sentía nervios y calor, y empecé a sudar. No quería y no podía salir sudando: un resucitado con gotas de sudor en la frente nadie lo creería. Así que con una parte del vestuario me ventilaba. Escuché el texto que daba pie a la parte de Lázaro, me acomodé y esperé a que abrieran la tumba. Llegó mi momento.


“Lázaro, mi buen amigo, levántate y anda”.


Esa frase retumbó en mi cabeza en ese instante. Me levanté lo más ceremonioso posible y salí lentamente de la tumba, algo agachado por mi altura.


Afuera me desataron de las prendas que tenía en la cara. Por un momento llegué a observar el público: todos viendo en silencio. Los niños que estaban más cerca lucían sorprendidos. Tenía la adrenalina a flor de piel, dije las tres líneas que me correspondían y me di un abrazo con Jesús y mis hermanas Marta y María.


Al salir de escena quedé satisfecho, feliz y con ganas de más. Al finalizar el acto regresamos a la escuela. Todos sonreían y hablaban sobre lo ocurrido. Me acerqué a Julián y él me felicitó porque todo salió bien, a pesar de la cantidad de veces que se ensayó esa parte. Dairo se nos acercó y me dio la mano felicitándome. Me reconfortó ese momento: el que una vez fue Lázaro por tanto tiempo y que llegó a experimentar lo que yo viví aquella noche me llenó de motivación para lo que venía.


El día antes de morir y que Jesús me devolviera a la vida, todo se sentía distinto. Había una especie de calma en la escuela. Me encontraba algo perdido: era mi primer y último ensayo. Caminaba por el patio buscando algo que hacer mientras empezábamos. Los que hacían el servicio social ayudaban a organizar parte de la escenografía. Las personas empezaban a llegar; a medida que entraban se saludaban con sus conocidos, mientras otros iban en grupo. Observándolos se nota que son seres distintos, con historias únicas.


Como Mabiel Hoyos, un señor con una voz tierna y calurosa, con un aspecto de abuelo sabio. Lleva cuarenta y cinco años siendo voluntario activo en la Defensa Civil. Participó en un hecho histórico que sacudió al Eje Cafetero: fue rescatista en Chinchiná en el 85, con el trágico suceso del Nevado del Ruiz. Mabiel es un hombre tranquilo y descomplicado. Para él, estar en la Semana Santa significa una gran responsabilidad en su vida personal, donde mantiene un equilibrio entre sus labores en la Defensa Civil y los ensayos. Además, su presencia se vuelve una manera de seguir aprendiendo, y esto lo logra con los jóvenes que participan cada año. Él observa cómo va cambiando la sociedad con el transcurso del tiempo y, a pesar de las épocas generacionales, intenta aprender lo más posible de las nuevas generaciones y valora la evolución de las cosas.


Cuando empezó el ensayo, todo era muy distinto a la magia que es una presentación. No había vestuarios; la tumba de donde iba a salir era un muro donde se cuelgan las banderas. En el momento de mi escena, Julián me pidió que me acostara en el suelo con el fin de que midiera los tiempos y la ceremoniosidad de la salida de Lázaro. Ese día faltó una de mis hermanas, Marta, así que Anyela, la actriz que encarna a mi otra hermana, María, hizo los dos papeles. Julián dijo en dos ocasiones: “Lázaro, amigo mío, levántate y anda”. Me levanté del suelo y bajé los escalones del muro. No sabía qué hacer, cuáles eran mis acciones y menos cómo se sentía un muerto que resucitaron. Estaba perdido. Dije mi texto quieto, sin moverme; parecía más muerto de lo que estuvo Lázaro. En la tercera vez que hice esa parte ya tenía una idea de lo que quería y creía que haría Lázaro una vez resucitado.


Al finalizar el ensayo, todo el elenco hizo una fila para recibir el refrigerio. Mientras comían, hablé con Julián sobre las inquietudes que tenía con mis personajes, más que nada con Lázaro. Sus palabras me reconfortaron; logró que no me preocupara por lo que venía el miércoles. Después de terminar nuestra conversación se dirigió al centro del patio para hablarle al elenco. Todos hicieron silencio cuando él empezó a hablar. Esa noche había prueba de micrófono en la media torta del parque.


Un momento de ardua espera y de coordinación milimétrica entre los actores y el equipo de sonido. Esta presentación la tenía que escuchar todo aquel que estuviera en el parque; se debían sentir las emociones y que los micrófonos las captaran. Julián es un hombre sumamente estricto en ese ámbito: está bien que se escuchen, pero no se puede perder la emocionalidad. El personal corría de un lado a otro probando los micrófonos, colocándolos a los actores con diálogo, pidiendo que reciten sus textos tal cual los dirán en la presentación para probar fallas.


El encargado de toda esta ardua labor le daba instrucciones tanto a actores como a la cabina de sonido: Juan David Plit, estudiante de octavo semestre en la Universidad de Caldas en el programa de Maestro en Música, trompetista y percusionista. Hace parte del colectivo de artistas universitarios en Manizales. Es aquel que, entre sus manos, tiene la tarea de que los diálogos se escuchen en el momento adecuado, sin fallas ni errores. Como en años anteriores pasó, comentaba Julián que, a mitad del acto de la Última Cena, había un micrófono prendido soltando improperios, así que le tocó hacer una maniobra e improvisar para ir a buscar el micrófono y apagarlo.


La tarea de Juan David es que no haya micrófonos abiertos cuando no se debe y que estén encendidos milimétricamente para que los actores den lo mejor. Además, no solo es el que amplifica las voces, sino que también pone los tracks musicales y de efectos de sonido en los momentos exactos y, como si su trabajo fuera poco, es el encargado de la iluminación de las escenas para crear la atmósfera adecuada. Julián le tiene plena confianza y es que se nota el cariño que le tiene Juan David a Julián y a la madre de él, Cristina Jiménez, lo más sorprendente es que le dará vida a María la madre de Jesús.


Estaba sentado en la media torta del parque mientras esperaba para interpretar mis líneas. Observaba a los demás actores que estaban ahí; se les empezaba a notar el cansancio. A los que terminaban de probar sus micrófonos y se iban los observaba con envidia, ya que me sentía fatigado. Cuando fue mi turno, dije los textos que me correspondían tanto el miércoles como el viernes.


Después de terminar mi parte me fui, mientras me preparaba mentalmente para lo que me esperaba el miércoles.


En La Pombo todos se estaban preparando para la función de aquella noche. El ambiente era calmo ese día; no había tanta algarabía como a la que me había acostumbrado en cada presentación. Esa noche se llevaría a cabo el inicio del clímax de la Semana Santa. Aquella noche estaba cargada de emociones y de acciones. El jueves estaría entre el público, presenciando el espectáculo.


Durante mi recorrido por el pasillo de la escuela hablaba con algunos actores y, entre esos, recuerdo perfectamente la conversación que tuve con Salvatore, un joven alegre que siempre que lo observo está sonriendo. Salvatore, estudiante de fotografía y aquel que le dará vida a Juan, el apóstol más joven que sigue a Jesús.


Estábamos sentados conversando. Le pregunté cómo veía este año la Semana Santa. Me miró profundamente a los ojos mientras suspiraba con una sonrisa en la cara. Para él, la llegada de personas nuevas al elenco genera ciertas complicaciones, ya que en algunos no hay algo que los motive a dar lo mejor y estar concentrados en los ensayos.


Esas palabras resonaron con fuerza porque no solo hablaba de disciplina, sino de los motivos por los que estaban ahí: algunos vivían su presencia desde el arte, la fe o su religión.


Esa respuesta quedó en mi mente hasta finalizado el acto de aquella noche. Me senté en una silla a pensar un poco. Observaba a los más jóvenes y se me venían a la mente las palabras de Salvatore cuando, poco a poco, empecé a escuchar el ruido de murmullos y risas. Ya se acercaba la hora de salir. Uno de los actores, que es fotógrafo, me prestó su cámara para documentar el evento, así que mi tarea era ver cada detalle de ese acto para plasmarlo en la historia que permiten las fotos.


Antes de comenzar, le tomaba fotos a los actores y en los rostros de algunos veía emoción. Varios tenían nervios al ver el público que ya se estaba aglomerando para ver la presentación.


Cuando el acto estaba por empezar, me desplacé hacia el público para poder fotografiar mejor. Había demasiadas personas. La calle del parque estaba llena de gente de una esquina a otra. Me dispuse a colocarme cerca del lugar donde se colgaría Judas.


Sufrí la terrible desgracia de un muro mal ubicado que obstruía la visión: era el nombre del pueblo en letras grandes. Cubierto de manera admirable por el equipo de escenografía. Gracias a eso, no pude presenciar la mitad del acto de aquella noche. Se supone que debe estar ahí para darle identidad al pueblo, pero lo único que hace es arrebatar la mirada del espectador.


Un recordatorio de cómo las administraciones toman decisiones sin un planteamiento adecuado. Uno de los eventos más importantes del pueblo no embellece para nada el espacio, lo sabotea. En aquella decisión deben haber fuerzas políticas, sin una pizca de cultura estética.


Una de las partes más llamativas de aquel momento fue la oración en el huerto, donde Jesús le reza a Dios y entra en conflicto con Satanás, que es interpretado por el hermano gemelo de Julián. Dualidad genética hecha arte. Después de finalizado este momento debía entrar la turba, donde estaba integrada gran parte del elenco. Esta debía ser ruidosa y furiosa desde el momento en que entrara a escena, pero hubo algo que me llamó la atención: casi no gritaban y el ruido que hacían era mínimo, en comparación con lo que se esperaba. Llegué a considerar que era parte de la puesta en escena.


Me di cuenta del problema cuando Jesús fue entregado ante el Sanedrín, que lo conforman los sumos sacerdotes de aquella época. Caifás, en un momento, llamó al silencio por parte de la turba, cuando solo se escuchaban máximo tres personas. Yo le prestaba suma atención al sonido, debido a que no podía ver esa parte por culpa de aquel letrero que me obstruía la visión.


Después de que finalizó la presentación, fui directamente a la escuela a saludar a los actores y felicitarlos. Al momento de entrar por la puerta escuchaba un gran alboroto. Por un momento llegué a pensar que era por la alegría, pero me encontré con que había actores que peleaban y les gritaban a otros por no haber gritado durante la presentación como se debía. Se gritaban entre sí: algunos estaban enojados, otros tristes y varios murmuraban con claro disgusto en su cara.


Aquella presentación, que para el público salió perfecta, para varios de los actores salió mal y quedó por deber.


Julián llamó a la calma entre los actores y, después de un momento, se fueron tranquilizando. Me acerqué a él para hablar sobre lo ocurrido. Pensé que él sería el más enojado de todos, pero me llevé una sorpresa al darme cuenta que en realidad se encontraba satisfecho con el acto, comprendía el error de la turba, pero sabía que ya no se podía hacer nada y el viernes tenían que dar lo mejor. Además, esa presentación sería televisada por cadena nacional.


El Viernes Santo llegué a las dos de la tarde. Hacía un calor sofocante; lo único que se escuchaba eran los pocos carros y motos que pasaban lentamente. Las puertas de la escuela aún no habían sido abiertas. Ese día tenía una tarea importante: darle vida a uno de los ladrones que crucificaron junto a Jesús, Dimas.


Caminé hacia el parque con el objetivo de ver las cruces de la crucifixión. Los samanes daban una sombra reconfortante ante el sol de ese día. Observé los huecos donde clavan aquella madera y sentí un vacío en el estómago. Miraba por los alrededores del parque; la cantidad de personas que se desplazaban era mucha. Una especie de emoción se apoderó de mí en ese momento.


Me disponía a regresar a la escuela cuando, en ese instante, me percaté de la cantidad de cámaras que se estaban acomodando en el parque. Aquellas personas que lo hacían eran de Telecafé. El acto de ese día se transmitiría en vivo por el canal regional.


Al regresar a la escuela, las puertas ya estaban abiertas. El inicio de este viernes acababa de empezar. Me senté en una de las sillas que habían dispuesto en los pasillos. Fui sacando lentamente mi vestuario, revisé que estuviera completo y lo puse junto a mí. Antes de vestirme, dialogué con los pocos actores que habían llegado. La regla era clara en ese momento: no hablar de lo ocurrido el jueves y dar lo mejor ese día.


En medio de ese momento escuché una voz que nos dijo que ya volvía. Aquella voz era la de Mariana Zapata, la asistente de dirección. Para ella, ese día empezó mucho antes. Mariana es licenciada en Comunicación de la Universidad Tecnológica de Pereira, community manager independiente, y tiene una tarea de suma importancia en el engranaje de la Semana Santa.


Es la encargada de coordinar los ensayos entre director y actores; gestiona los refrigerios y las sillas en los ensayos y presentaciones. Además, supervisa que los equipos de vestuario, sonido y escenografía entreguen todo a tiempo y estén en el lugar correcto. Su arduo trabajo y su control milimétrico en el montaje permiten a Julián despojarse de su rol de director, sin preocupación, y darle vida a Jesús.


En el momento en que ella salió a toda prisa de la escuela, me dispuse a ponerme el vestuario y a pensar en lo que vendría. Un trabajo exigente de coordinación entre actores y parte técnica para logra dar vida a los últimos momentos de esta Semana Santa.


Conforme se acercaba la hora, se me subieron los nervios. Los dedos de las manos se empezaban a sentir entumecidos. Bebía agua por el pánico y el calor. Miré hacia el cielo: estaba haciendo un día hermoso y caluroso, azul claro, con nubes inmensas y blancas, similares al algodón.


Escuchaba la conversación de los soldados romanos para estar al tanto de las estaciones que Jesús iba a recorrer, los puntos claves del parque donde debíamos detenernos. Empecé a caminar por el patio descalzo; intentaba acostumbrar mis pies al calor del suelo para el acto.


Antes de empezar el viacrucis, yo estaría en la turba durante la sentencia. Veía cómo los actores empezaban a personificar sus papeles y entraban en sintonía. Escuché la voz que daba inicio a todo: Julián nos llamaba para reunirnos y darnos la charla antes de empezar. No logré oír lo que dijo; los nervios me estaban ganando.


La cantidad de veces que ensayé esa escena fueron muy pocas. Empezaron a aparecer diversos pensamientos: tenía miedo de que se me olvidara mi texto o que la cruz no estuviera bien puesta en el suelo. Salí de ese trance cuando Julián nos llamó a que saliéramos de la escuela.


Una vez afuera, todos reunidos, me acerqué a Julián y le comenté mi preocupación. Sonrió de manera despreocupada y me miró a los ojos. Me dijo que no me preocupara, que todo iba a salir bien. Quedé sorprendido porque en sus ojos y su sonrisa se reflejaba que lo que me dijo era verdad; lo creía en serio.


En ese momento comprendí algo que no había entendido durante la Semana Santa: no es que Julián se despreocupe o se relaje con las presentaciones de los demás actores. Él confía. Su confianza en todo el elenco es lo que permite que todo salga a flote, y ahí radica que la Semana Santa sea un éxito.


La función tenía que empezar puntual. Al estar siendo transmitido por Telecafé, se debía seguir un horario. La mayoría del elenco estaba posicionado en una esquina cerca del parque. De ahí llegaría la turba insultando a Jesús para ser entregado a Poncio Pilatos.


Durante la espera se oían murmullos de las personas que nos veían. Algunos tomaban fotos; otros nos señalaban cuando hablaban entre sí. El parque estaba lleno de gente. En el centro de la cuadra, frente al parque, había una grúa de grabación que apuntaba hacia nosotros. La última indicación que nos dio Julián, en esos segundos antes de empezar, fue que no miráramos directamente a la cámara.


Se empezó a escuchar un mensaje que decía lo que se llevaría a cabo ese día y las recomendaciones al público. Esa era nuestra señal para prepararnos, porque al final se daría inicio.


La representación comenzó con Poncio Pilatos. El final de aquella momento era nuestro turno de entrar. Nos pusimos en disposición, sacamos nuestras mejores caras de enojados y se escuchaba una carraspera en la garganta de algunos: se estaban preparando para gritar.

Llegó el momento. “Hereje, falso profeta, mentiroso”, se escuchaban insultos hacia Jesús. Las personas iban abriendo paso conforme íbamos entrando a escena. La turba en aquel momento se sentía motivada. Gritaban e intentaban dar lo mejor; buscaban redimirse por lo ocurrido la noche anterior. El ruido se escuchaba vivo.


Me posicione cerca a Juan Manuel Flórez; él le daría vida al otro ladrón que crucificaron junto a Jesús, Gestas. Nuestra señal era clara: liberaban a Barrabás e íbamos a cambiarnos para seguir con el viacrucis. Solo tenía que quitarme el turbante rojo, que me hacía resaltar en la turba por su tono vivo, y las sandalias.


Pilatos, interpretado por Andrés de los Ríos, llamó a Barrabás. Detrás de él se abrió una puerta perfectamente construida y salió Dairo a escena. Ya no era aquel viejo gracioso que molesta en tono de camaradería. Ahora era Barrabás: un asesino, ladrón y acusado de sedición.


Juan y yo nos miramos. Nuestra señal se aproximaba. Julián y Dairo, Jesús y Barrabás. Estaban ahí, escuchando los gritos de la turba pidiendo que liberaran a un asesino. “Soy libre, soy libre”, Barrabás bajó las escaleras gritando de felicidad.


Esa fue nuestra señal. Fuimos lo más rápido que nuestro vestuario nos permitió detrás de aquella puerta por donde salió Dairo. Ahí estaba Mariana, junto con Matías, un miembro del equipo de sonido, para hacer el cambio de micrófonos.


En aquel momento me empecé a asustar un poco. De tanto gritar en la turba, me había emocionado de más y la voz se empezó a cortar. A Juan le había pasado lo mismo. Pedimos un poco de agua, pero no había. En el desespero por la voz y la tardanza para hacer el cambio de micrófonos, tomamos la decisión de ir al punto de partida del viacrucis.


Estaban los pedazos de madera que cargan Dimas y Gestas, junto a la cruz de Jesús. Desde una esquina vi correr Matías a toda velocidad: con los micrófonos. Intentó instalarlos lo más rápido posible; sus manos temblaban por la adrenalina. Su trabajo era quirúrgico, porque Jesús ya se acercaba.


Juan y yo nos pusimos los pedazos de madera al hombro y ahí dio inicio al viacrucis. Esos pedazos de madera tenían un olor particular, a cucaracha, que me dejó de importar al instante, por la adrenalina del momento.


Se escuchaban gritos, insultos hacia Jesús, personas llorando. El público estaba expectante. El suelo caliente me quemaba las plantas del pie; era soportable aquel ardor. Escuchaba los lamentos hacia Jesús. Un sentimiento de tristeza se apoderó de mí. Observaba a las personas expectantes: se veían tristes, vivían el viacrucis junto a Jesús.


Empecé a sentir cierta incomodidad por las cámaras que estaban grabando. Mientras recogían los cables, me enredaba en ellos o me golpeaban por la velocidad con que los iban recogiendo.


En cada una de las estaciones donde paraban, Juan y yo veíamos lo que ocurría. Me llenaba de sentimiento al ver los cuadros que se representaban. Ya finalizando el viacrucis, dos soldados romanos nos condujeron hacia las cruces. Empecé a forcejear con ellos. Tenía miedo; no quería ser crucificado. En realidad, mi personaje tomó posesión de mi cuerpo en aquel momento.


Rasgaron el vestuario. Me acostaron en la cruz. Cerré los ojos para que me levantaran: mi miedo a las alturas es más grande. Escuché cómo ellos rápidamente tapaban el hueco de las cruces y golpeaban la tierra para mantener la cruz firme al suelo. Abrí los ojos, vi a un soldado moreno y musculoso haciendo ver ese trabajo fácil.


Una vez arriba de la cruz pude ver la cantidad de personas que había en el público. No había visto nada así en las presentaciones pasadas. Aquel lugar estaba lleno en su totalidad: un gran cúmulo de gente agrupada viendo el acto en total silencio.


Empezaron a traer a Jesús, molido a golpes, sangrando. La turba cada vez más endurecida; las mujeres llorando a Jesús. Sus lamentos llegaban a tocar las fibras más sensibles. Jesús fue despojado de sus prendas y fue puesto en la cruz.


Aunque el parque estaba lleno, reinaba un silencio en el momento. Solo los actores retumbaban ahí. Llegó el momento de decir mi línea. Por un descuido le pisé el texto a Julián. Afortunadamente pasó desapercibido para el público, pero para nosotros fue un error menor.


Solo recuerdo lo triste que me sentía al momento de hablar. Había una especie de arrepentimiento en mis palabras. Al escuchar “Padre, ¿por qué me has abandonado?”, sentí mis dedos entumecerse. Fue una frase que se escuchó con una intensidad punzante.


La muerte de Jesús marcó el final de aquel acto. Lo bajaron de forma ceremoniosa, con el lamento de las mujeres que lo siguieron en vida. Después a Gestas y se lo llevaron al hombro. Por último, me descolgaron de aquella cruz después de un rato de espera.


Llegué a pensar que me tenía que bajar solo. De los tres crucificados, yo era el más pesado. Además, los dos soldados que quedaban no sabían si bajarme. Un joven hizo el esfuerzo de hacerlo. Pensé que no iba a poder, pero lo hizo titánicamente.


Me acomodé lo mejor posible para que la fuerza se compensara. Bajó las escaleras mientras yo estaba en sus hombros. Escuché que una señora nos felicitó por el trabajo. Un niño le dijo a su mamá que si estaba muerto. Y la frase que más me dio gracia en el momento: un señor mencionó que me había quedado dormido.


Me bajé de los hombros de aquel joven cuando me encontré con Juan. Nos felicitamos por lo ocurrido y nos fuimos directamente a la escuela. Caminamos por las calles, solo siendo cubiertos por una pequeña sudadera.


En la escuela había un sonido ensordecedor. Todos estaban felices por lo ocurrido. Julián estaba contento, satisfecho. Los actores reían, se felicitaban, hablaban de momentos que ocurrieron durante el recorrido.


Me acerqué a felicitar a Julián. Entre risas me dijo que le había pisado el texto. Me disculpé por el incidente. Me aseguró que eso no se notaba, que había salido todo bien.


Cuando el furor del momento disminuyó, salí de la escuela. Mi travesía en esta semana había llegado a su fin. Quedé con un sentimiento de querer más. A mi mente se me vinieron las personas con las que hablé. Cada persona vive esa Semana Santa a su manera, pero lo único en lo que la mayoría coincidía era en este sentimiento que estoy experimentando: satisfacción por lo hecho, y una nostalgia por lo que fue.


Caminé por el parque después de finalizado aquel evento. Había una calma en medio de toda esa multitud. Vi a algunos de los actores con sus seres cercanos pasando el rato postpresentación.


Comprendí que quienes estaban allí no necesariamente debían creer en Dios ni en la religión. Había personas muy devotas; otras veían a Jesús como un filósofo metafísico; algunas no creían en nada de este estilo y su presencia era netamente artística. Y, aun así, convergían en un mismo lugar, compartiendo un mismo sentimiento: la fe en que ese montaje saliera a flote y fuera un éxito.


Durante tres meses se creó un microcosmos improbable: personas distintas, con vidas distintas, reunidas por la confianza en el otro, por la fe en que el compañero cumpliría su papel, en que el montaje saldría adelante, en que algo más grande que cada uno podía construirse entre todos.


En este pueblo del occidente de Caldas, cuando la confianza y la fe en los pares salen a flote, ocurre algo como esto.


Esta Semana Santa volví a la vida y fui crucificado. Conocí personas con historias increíbles, di lo mejor de mí y entendí que, más allá del acto religioso, lo que se levantaba cada año era una obra profundamente humana.


Ahora solo queda esperar al próximo año para dejarme deslumbrar por lo que traerá Julián y el equipo de trabajo: actores, logística, escenografía y sonido; casi ciento cincuenta personas que, desde un pueblo pequeño, logran convertir sus calles en algo mucho más grande de lo que pueden llegar a dimensionar.

ISSN: 3028-385X

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