El lastre en la duermevela


William José Arrieta
Institución Universitaria Mayor de Cartagena
Yacía sentado sobre el taburete de cuero de vaca color café, aún con el olor mortecino en su espaldar, pensando en aquella madrugada del 15 de julio del año 1993, fecha que indudablemente cambiaría su vida y que lo haría extrañar la sabana sucreña, antiguo Bolívar grande, lugar al que nunca más pudo volver.
Se miraba así mismo en la duermevela desde una altura prudente y sólo maldecía el hecho y la deshonra personal que le causaba no haber podido salvar del vacío eterno cual caudillo en una empresa castrense a su esposa Raque, a su perro Napo, a su gallo Crestudo y sus 4 pavos. Esa madrugada la niña Raque se levantó a las 03:00 a.m. a colocar el chocolate en la olla, y en lo que corría una brisa con llovizna fría y muda, tocaron la puerta de la casa buscando algo, o a alguien.
—¡Abra la puerta, sabemos que está ahí!, dijo el matarife, con voz grave y sin pausa.
La señora, amable, aun sabiendo que en tiempo venidero podría ser quién reemplace una res en el matadero del pueblo, le contesta parca y sin titubeos: él no está, puede regresar a buscarlo en otro momento -dejando un signo de interrogación en el ambiente- y luego remata, desde hace dos días se encuentra en la cantina, escuchando porro y fandango, sin un peso y con las manos llenas de vasos con ron.
De momento, un silencio creciente y vasto, fue roto de tajo con un grito desgarrador y profundo. Como despidiéndose de la tierra, del mango, del cántaro de leche, de la mañana, de los pájaros y del río. Ahí recuperó la conciencia en la que fue la última y la más grande de sus borracheras con ese ensordecedor sonido que no les llegó a los oídos, únicamente a él le llegó al alma. Se levantó, abrió los ojos, dejó el sombrero tirado en el suelo y la cerveza regada en la mesa, corrió hasta la casa, cruzó un riachuelo y una finca del hombre más rico del pueblo, para luego, en las afueras de la vereda, encontrar a su esposa Raque, a su perro Napo, a su gallo Crestudo y sus 4 pavos muertos por manos vestidas con verde cómplice militar y cegadas de rabia.
Ahí se detuvo el tiempo, el cielo que era azul se tornó gris, las nubes se disiparon entre las gotas de lluvia y entonces expresó aquel hombre inundado de dolor las palabras que jamás pensó decir -si hubiera estado aquí, tal vez esto no habría sucedido, si hubiera estado quizá aún estuvieran ellos. Ya no podré seguir, si la botella no me hubiese dominado, hubiese llegado a tiempo y aún estaría aquí mi chinita. Ahí murió una familia, un vicio y un hombre.

