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El país de los hipopótamos

Foto: María Fernanda Puentes

Rubén Rincón Landínez

Universidad Nacional

Después de 30 años sin saber qué hacer con los hipopótamos que el país heredó del capo Pablo Escobar, este pasado 13 de abril el Gobierno Nacional anuncio la puesta en marcha de la eutanasia para al menos 80 de estos ejemplares. Fue una decisión incómoda, los hipopótamos son una especie invasora, están dañando el ecosistema y de manera probada representan un riesgo para las comunidades a orillas del río Magdalena. Pero la eutanasia para estos animales goza de un amplio rechazo social por razones en su mayoría simbolicas y emocionales. Con todo esto el programa se pondrá en marcha y espera dar solución a un problema que parece eterno.


Pero los hipopótamos no son el problema, por lo menos no el problema de esta columna. El problema es un país que convierte cualquier decisión en un conflicto moral eterno… para no decidir. Colombia cuenta con varias herencias malditas, mucho más peligrosas que los hipopótamos pero igual de pesadas e incómodas. Del siglo pasado heredamos la violencia, el narcotráfico y las economías ilegales, por enunciar sólo tres. Problemas que parecen eternos, sobre los que todos opinan pero muy pocos quieren resolver, problemas a los que nos acostumbramos, como se han ido acostumbrando las comunidades del Magdalena a la presencia de los hipopótamos.


Difícilmente la gente pueda imaginar una Colombia sin violencia, sin los problemas del narcotráfico y sin las dádivas de las economías ilegales. Estos elementos se mimetizan con nosotros al punto de que muchos piensan que son intrínsecos a la Colombia misma y con tristeza en repetidos casos se refiere a ellos como propios a nuestra identidad. Incluso llegó a ser desconocido el que los hipopótamos fueran una especie invasora. Las características del Magdalena medio y cierta ignorancia podrían hacernos creer que los Hipopótamos, al igual que la guerra y el narco, son lo propio de nuestro país.


Después de normalizar una conducta o una presencia viene la indiferencia. Colombia hoy vive una grave epidemia de indiferencia, nos acostumbramos a nuestras heridas, a rascarse pero a evitar sanarlas. Mucho se habla hoy de los problemas del país pero son pocos quienes con hechos demuestran la voluntad de transformar la realidad nacional. Las instituciones del país han perdido credibilidad precisamente por su incapacidad de incidir en las angustias que nos aquejan. Se habla por ejemplo del fracaso de la “Paz Total” y mucho se ha dicho de la necesidad de erradicar la violencia en todo el territorio nacional, pero ¿quién plantea soluciones reales? ¿Quién habla con la verdad? Hoy en Colombia nadie parece estar dispuesto a un diálogo serio y vinculante que allane el camino a las transformaciones que el país exige para superar la violencia.


Hoy los candidatos a la presidencia evitan hablar de los problemas reales y profundos de Colombia, tristemente problemas que llevan décadas en la sala de espera. Es necesario, por ejemplo, poner en marcha una radical reforma agraria, de la que muchos hablan pero a la que todos huyen. Se habla también de la legalización de las drogas como instrumento para desarticular al narco ¿Quien está dispuesto a dar ese paso? Todos hablan de la crisis fiscal del país pero nadie quiere hacer el ajuste. Hasta el hastío me han dicho que la corrupción es un cáncer, pero ¿alguien lo va a extirpar?


Con el gobierno de Gustavo Petro creímos que estos temas dejarían de estar en su espera eterna y podrían dárseles feliz término. La realidad hoy es que nos encontramos con un Congreso que legisla para sí mismo y de espaldas al país y con un ejecutivo que con buenas intenciones ha sido incapaz de plantear soluciones serias, técnicas y concertadas para acabar por fin con los pesados y eternos hipopótamos de Colombia. No es solo un problema de gestión. Como advertía Carl Schmitt, soberano es quien decide. Y en Colombia, frente a lo evidente, nadie parece dispuesto a hacerlo. El resultado es un Estado que no resuelve, que posterga, que administra el absurdo… y que, en esa indecisión, revela su verdadera fragilidad y la poca soberanía de la que gozamos.


La estabilidad del Estado colombiano no ha dependido tanto de resolver sus conflictos como de administrarlos: excluir, ocultar, desplazar el problema. No siempre decidir, muchas veces evitar. Así hemos construido la ilusión de una democracia estable, cuando en realidad lo que hemos perfeccionado es el arte de aplazar lo esencial.


Tanto cae el agua al cántaro que el cántaro se revienta. Quien aspire a gobernar este país debe ponerse manos a la obra, con toda la determinación de resolver los vetustos problemas incluso a riesgo del sicariato moral e histórico.


Tal vez el problema nunca fueron los hipopótamos. Tal vez el problema es que Colombia se parece demasiado a ellos: grande, pesada, difícil de mover… y cada vez más difícil de controlar.

ISSN: 3028-385X

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