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El retrato de las sombras de Adam Libering

Julián Andrés Delgado

Universidad del Valle

Las sombras cobraron vida cuando sus formas se conjuraron en una contorneada semblanza de verdades injustas. La proeza del invidente se doblega ante un paradigma subjetivo. Y entonces, sucede lo inevitable…


Corría el año 1949. Adam Libering, un exmilitar alemán apasionado por la pintura, decide que es momento de exhibir su arte ante la visión indemne de un mundo que él consideraba estaba perdido. Consumido por una mente aporreada, llevada al límite del caos luego de ser dado de alta de las filas militares que participaron en los eventos de la Segunda Guerra Mundial. Estrés postraumático, fatiga mental, depresión, ansiedad y una notoria afición por ingerir drogas psicoactivas y licor, con el fin de calmar su deseo de perfilar, bajo un inocuo e infértil sentimiento sublime de una soliloquia hesitación. Su mente, escabrosa y manipulada por las voces de la guerra, aquellas que han sucumbido ante el poder devastador de una violencia injustificada, cada noche le susurra un declaramiento cuestionado, mal habido y proferido en letanías terrenales que le develaban un final no muy grato. De esa notoriedad que difama. Diáfana de cordura, pero ávida en una heteróclita funesta del “libre pensador”, manifiesta su visión en horridas esculturas que proyecta con fino talento, plasmadas en óleos dando vida a su colección de pinturas.


El tiempo consumió con su paso a la pérfida altivez que sostenía con orgullo Adam; una resolución elocuente, depurada en su afán por exhibir lo que en su mente reincidía.


Una mañana, de un día que para Adam no dimitía una solvencia importante, finalmente, la tan anhelada llamada llegó. El timbre del teléfono eclosionó con el silencio frígido que se cernía en los recovecos sombríos del taller. La llamada provenía de una prestigiosa galería de arte. Sus pinturas serían exhibidas, pero antes tendría que dar una entrevista a la dueña de la galería; ella quería conocer un poco más sobre su trabajo; y, por supuesto, al obrador de tal talente sobre el óleo.   Adam recibió la noticia con presunción y augurio pretencioso. Después de tanto tiempo, de dibujar lo que su mente le confería, en un letargo de infestas imágenes no compasivas, el mundo sería testigo de ello.


Esa mañana, revistió con su mirada su elegante porte tras un desempolvado traje de paño oscuro. Una corbata roja, un par de zapatos de charol con hebilla en plata y un distinguido sombrero de copa media. Al llegar a la galería, fue recibido con palabras sardónicas. Adam, ignoro tal irrespeto. De pronto, fue abordado por una honorable y bien pulida dama de cabello rubio y una esbelta figura. El color rojo llamó la atención de Adam, quien no dudó ni un segundo en abordar el momento con un fetiche parloteado con forma de un piropo un poco malintencionado: «Wenn es schon so aussieht, wie wird es dann erst schmecken?»


La propietaria asintió, con una perceptible vergüenza impuesta en su mirada temerosa. Luego, confirió.


—Cuéntanos, ¿por qué tus pinturas siempre tienen ese toque realista, pero sombrío? Pregunta la dueña de la galería. Ataviada por una sonrisa fingida que denotaba repudio al estar en frente del temible exmilitar.


—Son, en teoría, mis sueños; los plasmo según como mis recuerdos vienen a verme. Son las sombras de algo que me atormenta. Al despertar, se convierten en musas de inspiración.


—Entiendo, pero hay algo que siempre me inquieta al ver tus pinturas, Adam. Y es que son como contornos de algo fantasmagórico, ¿podrías pintar algo más alegre en algún momento?


—No —sentencia con firmeza. El tono de su voz no se agudiza ni da muestra de inquietud. Prosigue—. La alegría es para aquellos que la pueden sentir; yo solo siento la decepción de un mundo que ha caído en son de encontrar una verdad que se halla soterrada, martirizada. Veo lo que otros ojos ven con sorna, con desprecio, tal cual el desprecio que ahora infundes ante mi presencia. —Adam sonríe, dejando ver una descuidada y amarillenta dentadura. Se frota las manos en una secuencia en bucle que no parece terminar. Sacude su rodilla izquierda. Mira insistentemente a una misma zona, en donde no hay nada salvo soledad y un techo pintado color blanco almendra. Continúa—.  Mi taller está plagado de historia, es lo que pinto, es mi arte. Es lo que soy y seré. Si exhiben mis pinturas, no devengaré un cobro por ello. Tan solo y mi única apetencia, es que el mundo las vea; tal cual y como son.


Adam se reclina hacia atrás. La silla emite un leve sonido que disipa la tensión creada en ese preciso instante. La dueña de la galería le regresa la mirada. En su rostro se ve reflejado un miedo, el cual para Adam lo percibía como un aliento desdeñado y preciado ante sus necesidades adversas.


—Muy bien, Adam, me has convencido. Te espero el próximo lunes a las 09:30 de la mañana con tus pinturas. Haremos de ella una estela de fulgor, que, combinado con la oscuridad que has demostrado en torno a tus palabras, se incrustará en la mente de quienes han preferido no mirar hacia esa furtiva verdad, que tanto cuestionas.


Aquel momento quedó marcado en la retícula parsimoniosa de la mente enferma de Adam, y del apacible deseo por detallar lo que sus sueños, esos momentos fantasmagóricos que enmarcaban historias turbias, le contribuían en un detallado lacónico, buscando destruir lo indestructible; el mundo pintado que, con pudor, odiaba.


Entonces, la entrevista habría terminado de manera exitosa.


Adam se dirigió hacia su taller, esa tarde la dedicaría a consensuar una continuidad que no podría detener en su noble oficio. Dejó su atavío en la recámara. Asió sus herramientas predilectas. Encaró el destino con suma confidencia. Abrió el refrigerador. Extrajo un recipiente con un contenido negruzco, algo espeso y con algunas partes sólidas que se estrellaban contra las paredes del receptáculo. Caminó hacia el taller. Cada paso hacia un eco desplegado en notas fúnebres, una dedicatoria a la muerte, un silente acogedor que ponderaba una solitud inmaculada. Hacia el fondo, la oscuridad realzaba el peor de los miedos. Y de pronto, se empezaron a escuchar gimoteos; llantos de hombres adultos, de niños, de mujeres adultas y de niñas de todas las edades. Era como una cárcel, pero improvisada. Alojada en un averno húmedo y oscuro, y precedido por la voluntad de un hombre que no escatimaba en golpear a la fe con la incongruencia de la maldad que provenía de su despoblada mente.


Las súplicas no tardaron en llegar. Plegarias en diferentes idiomas reincidían con el culmino de una palabra: «Por favor». Seguido de un quebrado sollozo, de un inarticulado manto de oraciones, cuales se extinguían, en un exiguo compadecimiento por parte de Adam, quien los veía con desagrado y un atisbo de furia.


Encendió una lámpara de techo, roída por el óxido y palpitante en su luminaria. Evocaba otras sombras, otros recuerdos que en antaño fusilaron a la intermitente cordura que precedía a su concebido anfitrión.


En un rincón, húmedo y enmohecido, un resguardo de suciedad, de heces fecales, de orina, de lágrimas, de sudor, de miedo y oscuridad, se hallaban una veintena de pequeñas jaulas que medían no más de un metro de largo por un metro de ancho y un metro de alto. Un espacio reducido en donde, claustras, y en un claro mórbido hacinamiento humano, se encontraban personas, algunas vivas y otras… a medio morir. Olvidadas en la impúdica zozobra de una última palabra, de una última acción. Adam toma el recipiente que habría sacado del refrigerador, vertiendo su contenido en otros recipientes que, al parecer, hacía mucho tiempo no eran aseados. Ese contenido asqueroso, con partes humanas que sobresalían pululantes sobre la superficie, era la comida para esas pobres almas que Dios había dejado al olvido y al servicio de un artífice monstruo, creador de dolor y miseria.


Adam, capturaba a estas personas, quienes podrían ser cualquier pozo vacío ferviente de consanguinidad ambulante, que marchaban en una procesión deliberada buscando la libertad en algún rincón de su afable nación. Los apresaba como perros sarnosos. Para él, no eran más que estiércol, presos de guerra, generaciones que merecían una muerte, un cúmulo vehemente de fantasmas que lo acechaban en sus pesadillas y que contenían esas horridas miradas furtivas, sombrías y catatónicas, predecesoras de un arraigado mártir.


Los usaba como modelos para crear y dar vida a sus pinturas. Retrataba el dolor en sus miradas, el dolor al caminar, el dolor al posar, al regocijarse en un preludio de esperanza por obtener una libertad; una falsa promesa que Adam les ofrecía, pero que nunca les otorgaba. Con la sangre que les extraía, mezclada con las pinturas y vinilos, daba forma a un sentimiento más tenue. Cada gota de sangre era depositada como un recuerdo que recalcitraba en su mente, en una cavilada sobria de elementos no dignos de sus afligidos recuerdos de cuando estuvo en la guerra y la muerte lo besó.


Luego, de quitarles la vida y despedazarlos, los esparcía en los sotos de las andaluzas florecidas, y el hogar de las azas que proferían una vista solemne hacia los valles florecidos de Múnich.


La guerra para Adam nunca había terminado. Cada día era una interminable batalla con sus miedos, que veía reflejados en las impunes almas rodantes que le ofrecían una plena desconfianza. Sus pinturas fueron exhibidas. Algunos rostros fueron reconocidos. Otros, no. Algunos espectadores gritaron, otros lloraron, otros vomitaron, otros, en cambio… las ovacionaron.


Adam se convirtió en el creador de una obra macabra respaldada por su afán de desaparecer los fantasmas del pasado, de un antaño bélico, y resguardado en la penumbra de una zozobra que recae, como en un bucle siniestro, en la proeza silente de limpiar al mundo de una sucia raza: la del ser humano.

ISSN: 3028-385X

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