Entre olores, sonidos y diálogos: contrastes del consumo

Foto: Fimin Bogotá

Paula Andrea Rojas
Universidad Jorge Tadeo Lozano
Era un día cualquiera, pero con una pregunta clara: ¿cuántos de nosotros nos hemos detenido a observar las diferencias del mundo que nos rodea? Hemos normalizado cosas, hemos dejado de detallar otras, como si todo fuera normal, como si beber el café mañanero fuera solo rutina y nada más.
Decisión del día: observar y reflexionar. Caminaba por el almacén de cadena más cercano a mi casa, observé que sus colores eran blancos y el lugar mantenía un aspecto minimalista. Allí predominaban los alimentos procesados, las frutas y verduras empacadas, todo muy organizado por categorías. Seguí caminando, escuchaba música ambiental, avisos publicitarios, voces bajas y el constante sonido de las cajas registradoras, con diálogos breves y formales, centrados en la transacción: “¿desea bolsa?”, “¿tiene puntos?”. Había una jerarquía clara; los empleados con uniforme y los protocolos no podían faltar, como revisar la factura de la compra al salir.
Cada espacio y cada elemento está ubicado con un sentido, diseñado para dirigir y controlar la experiencia del cliente. La iluminación hacía resaltar los productos y la publicidad buscaba crear una idea de modernidad y comodidad. Todo esto respondía a una lógica globalizada de querer hacer que el consumo sea un proceso predecible.
Luego, me dirigí a la plaza de mercado más cercana, su aspecto era más orgánico. El olor era una mezcla intensa de frutas, carnes, especias y humedad, un aroma natural y caótico. Los sonidos eran variados: pregones de vendedores, regateo, conversaciones fuertes y música. Sus ojos se veían cansados y sus manos estaban llenas de tierra, muchos vendedores contaban historias o hablaban de los productos que ofrecían. Se notaba que era un ambiente comunitario, pero también existía competencia, algo menos común en un supermercado, donde todos trabajaban para una misma empresa.
Llegué a la conclusión de que la plaza no era solo un lugar para comprar, sino un espacio cultural donde se comparten saberes: recetas, remedios e historias de los alimentos. Ese conocimiento popular, que a veces ignoramos, es una forma de epistemología local, parte de nuestra identidad, opuesta y más profunda a la lógica uniforme del supermercado.
Quise comprobar por mi cuenta si era verdad que en la plaza todo era más barato. Empecé comparando el precio de la fresa. En el supermercado, la libra costaba $9.000, un precio fijo. En la plaza era distinto: allí podía encontrarla entre $3.000 las más pequeñas y $5.000 las más grandes.
Mientras caminaba entre los puestos, vi unas fresas muy rojas y le pregunté a la señora cuánto valían. Me dijo: “A $4.000, o tres libras por $10.000”. Sonaba bien. Le pregunté si podía escogerlas y me dijo que sí, sin aclarar nada más. Pero cuando fui a pagar, descubrí que el precio había subido solo por haberlas escogido yo. Nadie lo mencionó; simplemente cambió.
De regreso, con la bolsa en la mano, pensé que en un supermercado eso no pasaría. Allá los precios son los mismos para todos. En la plaza, en cambio, a veces el valor depende de quién pregunte y de cómo se dé la conversación.
Al pensar en todo lo que pasó durante el día, entendí que el consumidor cumple un papel distinto en cada lugar. En el supermercado la relación es fría y automática: uno solo es un comprador más. En cambio, en la plaza la interacción es más compleja; allí puede haber negociación, confianza, pero también desacuerdos o malentendidos.
También descubrí que, en ambos lugares, hay personas que trabajan para poder tener un sustento, vivir con estabilidad e incluso, por qué no, cumplir metas y sueños. La diferencia es que el supermercado de cadena, con su presentación estandarizada, ha contribuido a que dejemos de ver a esas personas como seres humanos con historias, necesidades y aspiraciones, reduciéndolos únicamente a su rol dentro del consumo.
Es importante no olvidar que existen lugares que no solo están llenos de productos, frutas o verduras, sino también de historias de vida y saberes locales y ser conscientes de que modelos como el del consumo “ideal” —silencioso, rápido y aparentemente eficiente— han hecho que perdamos de vista lo que significa el valor de la colectividad.

