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Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros

Foto: Carlos Ortega (EFE)

Carlos Hernán López

Universidad Externado

Hay frases que sobreviven al paso del tiempo porque describen con precisión quirúrgica la naturaleza de la política. La atribuida a Groucho Marx —“Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”— parece escrita para entender el momento político actual de Juan Daniel Oviedo. Su participación como fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia no es simplemente una jugada electoral; es una paradoja casi que cómica.


Oviedo construyó su capital político sobre una imagen de independencia técnica, moderación ideológica y apertura social. Como exdirector del DANE representaba la tecnocracia neutral, el dato por encima del dogma. En la Gran Consulta por Colombia logró más de un millón de votos, convirtiéndose en una de las sorpresas electorales y en un actor clave para atraer sectores de centro. Ese respaldo no era menor: implicaba un electorado urbano, joven y, en buena medida, distante de las posiciones más duras del uribismo tradicional. Sin embargo, ese mismo capital simbólico es el que entra en tensión con su decisión de acompañar a Paloma Valencia en la carrera por la Presidencia de la República. No se trata solo de una alianza estratégica. Es un giro que obliga a preguntarse: ¿qué queda de la narrativa de independencia cuando se termina en la fórmula de una de las figuras más representativas del Centro Democrático? La contradicción no es únicamente ideológica, sino también simbólica. Oviedo es abiertamente gay, un hecho que, en una sociedad como la colombiana, tiene un peso político evidente. Durante su posicionamiento público, su identidad fue leída y también proyectada como parte de una política más inclusiva y moderna.


En nuestro pais, desde la sentencia C-683 de 2015 de la Corte Constitucional, las parejas del mismo sexo pueden adoptar, un hito en la ampliación de derechos civiles que marcó un punto de quiebre en el debate público. En contraste, Paloma Valencia ha sostenido posiciones cercanas al conservadurismo clásico en materia de familia, siendo crítica de la adopción por parejas del mismo sexo y de lo que denomina “agendas ideológicas” en temas de género.


Aquí no hay simplemente una diferencia de matices: hay una tensión de fondo entre una agenda de ampliación de derechos y una visión más restrictiva de los mismos. Lo problemático no es que existan esas diferencias, eso es, en teoría, parte del pluralismo democrático, sino el intento de presentar esa alianza como una síntesis moderada. En los últimos meses, sectores afines han intentado posicionar a Valencia como una figura más centrista, más abierta, más pragmática. Pero ese esfuerzo de marketing político choca con un historial claro de posiciones firmes, particularmente en temas sociales, que difícilmente encajan con esa etiqueta.


La presencia de Oviedo cumple una función clave: transformar la percepción pública de Valencia y suavizar su imagen. En términos electorales, la jugada es evidente. La Gran Consulta por Colombia movilizó cerca de seis millones de votos, con Valencia obteniendo más de 3,2 millones. Incorporar a Oviedo es, en buena medida, un intento de capturar el voto urbano moderado, especialmente en ciudades donde las agendas de diversidad y derechos civiles tienen mayor aceptación. Pero esa estrategia tiene un costo discursivo. Porque no es lo mismo ampliar una coalición que diluir sus contradicciones. Presentar como “moderada” una candidatura que mantiene posiciones conservadoras de fondo no es un ejercicio de pluralismo, sino uno de rebranding político.


El propio Oviedo ha defendido la alianza bajo la idea de sumar perspectivas y construir soluciones desde la diferencia. Sin embargo, esa explicación deja intacta la pregunta central: ¿hasta qué punto la coherencia es negociable cuando entra en juego la posibilidad de poder?


No es la primera vez que la política colombiana produce este tipo de alianzas contradictorias, pero el caso de Oviedo tiene una particularidad: él encarnaba, al menos discursivamente, una alternativa a esa lógica. Su figura representaba la posibilidad de una política menos atrapada en los extremos, más basada en evidencia que en consignas. Por eso su decisión no pasa desapercibida. No es un político tradicional comportándose como tal; es alguien que prometía no serlo.


Algunos dirán que esto es pragmatismo, que gobernar exige acuerdos y que las identidades no deben encasillar las alianzas. Y es cierto, hasta cierto punto. Pero hay una diferencia entre construir puentes y convertirse en un instrumento para reposicionar a otro actor político. La pregunta, entonces, no es si Oviedo tiene derecho a hacer alianzas —por supuesto que lo tiene—, sino qué costo tiene esa decisión sobre su credibilidad. Porque en política, el activo más valioso no es el cargo ni la visibilidad, sino la confianza. Y la confianza se erosiona cuando el relato y la acción dejan de coincidir.


En últimas, lo que está en juego no es solo el futuro electoral de una fórmula, sino el significado de una figura política. Sí Oviedo termina siendo percibido como el rostro “moderado” de una agenda que no lo es, su mayor derrota no será perder unas elecciones, sino perder aquello que lo hacía distinto.


En Colombia, al parecer, los principios siguen siendo negociables. Y a veces, demasiado.

ISSN: 3028-385X

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