Harold Alvarado: poeta de hueso colorado

Foto: Harold Alvarado Tenorio

Juan Nicolás Muñoz
Universidad de los Andes
Perfil
Descendiente del poeta y político Rogelio Tenorio y del treintaisieteavo presidente de Colombia, Manuel Antonio Sanclemente, derrocado en el año de 1900 por su vicepresidente José Manuel Marroquín, Harold Alvarado Tenorio [Guadalajara de la Victoria de Buga, 1945] heredó de tales bugueños de racamandaca el temple y el genio. Maoísta iconfenso, fue expulsado de cuanto colegio había en su municipalidad por reñir a los profesores: con el Libro Rojo de Mao Tse-Tung bajo el brazo le bastaba para desarmarlos. Desde entonces ha ido de la ceca a la meca sin poder encontrar un lugar en el mundo donde asentarse.
En 1972, años antes de doctorarse en Filología Romántica en la Universidad Complutense de Madrid y de ejercer la docencia en el Marymount Manhattan College de New York, publicó su primer libro de poemas, Pensamientos de un viejo llegado el invierno, cuyo prólogo firmaba Jorge Luis Borges. Tal fue la inquina suscitada por semejante acontecimiento que el periodista Álvaro «El loco» [¿y envidioso?] Bejarano, del diario El País de Cali, le endilgó a su colega argentino Jorge Di Paola, de la Revista Panorama, la difícil tarea de deponer la autenticidad del prólogo. Aprovechando la presencia de Borges en una sala que lindaba con la dirección de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, Di Paola lo interceptó con una pregunta de anzuelo, «¿jugamos?», a lo cual Borges respondió que sí, y entonces se dieron a fisgar, frase por frase, lo que al final resultó ser «una afortunada parodia, que debo agradecer».
En el arte de la parodia se especializó en adelante Alvarado, y en el de la diatriba, firmando, en homenaje a su padre Humberto Alvarado y a su abuela Emilia Cobo, «Umberto Cobo», sin la hache muda. Urdidor de herejías y chacotas, los agravios de «Umberto Cobo» quedaron compilados en La cultura en la república del narco [2014], un sumario – vetado, dicho sea de paso, por iniciativa quién sabe de quién – de innúmero de tropelías, cometidas por los «social bacanos», que es el término con que nuestro bugueño hereje designa a los pequeños burgueses que medran en los círculos culturales del país, unos angurriosos de figuración. Entre sus más insignes miembros destaca por su inconstancia Marianne Elisabeth Ponsford [o María Isabel, si prefieren], quien en una nota para la Revista Arcadia escribió que «Umberto Cobo» era «el Sainte-Beuve [Boulogne-sur-Mer, 1804 - París, 1896] de nuestro tiempo». En cuanto a sus malquerientes, mientras el número uno de Sainte-Beuve era Proust, que le consagró un libro entero intitulado Contra Sainte-Beuve, los de Alvarado son más repartiditos, y no cejan en su empeño de demeritarlo.
En junio del 2002, estando asentado en Cali, Alvarado fundó la revista de poesía Arquitrave [www.arquitrave.com], que circula cuatro veces al año. Desembarazada de los lazarillos que se estilan para estos casos de difusión de poesía [sírvase de ejemplo el Festival de Poesía de Medellín – blanco predilecto de Alvarado – timoneado por Fernando Rendón Merino, el caporal, el «vividor del pisco»: del pisco del erario, digo], Arquitrave puede preciarse de ser una publicación que ha corrido a su aire, a su bola, y así, enhiesta ella y enhiesto su director [por aquello de que no ha «doblado la cerviz» ni ha «trapicheado con la poesía»], ajustó este año 24 años de existencia, un prodigio.
Antología de sus poemas, Poemas
Acaba de publicar Alvarado una, otra antología de sus poemas, Poemas [2025], con carátula gay, para pesar del pueblo antioqueño: un efebo asiático, con un matojo de pelos en el sobaco, bocarriba, mirando resignadamente a otro efebo que se le abalanza, como sabiendo lo que se le viene encima. Y adentro. Así, la lubricidad del libro – porque es un libro lúbrico [aunque no exclusivamente] – se prodiga de tapa a tapa: en la contracarátula podrán encontrar un encomio del lúbrico Antonio Caballero Holguín: «Hay un estupendo poeta posterior al nadaísmo: Harold Alvarado Tenorio», seguido de otros encomios, menos lúbricos.
Braguetas y vestidos abiertos, sexos salientes, sartenes, periplos, puñales, vinos, barraganes, la crítica ha repetido hasta la náusea que la poesía de Alvarado «conforma un atlas sensorial», o algo así, lo cual es una perogrullada. Mejor. Quiere Alvarado aproximársele ya no al efebo, sino al jóven, bonito o feo, negro blanco o amarillo [por los que él siente especial delectación: no en balde los efebitos de la carátula], y enterarlo de cuán tortuoso le será el transe de la vida. Para la muestra un botón:
«Donde vayan tus sueños ánima o deseos poco encontrarás. El oro del tiempo está perdido para ti».
Y luego, para remate, a los que no nos hemos entregado al bisexualismo nos deja como palo de gallinero:
«La delicia de las cosas reposa en el paladar. Desgraciado quien llegado a los treinta sólo ha probado un lado del placer y gustado sólo una caricia».
A mí, que me faltan ocho para ajustar treinta, no me van a mariquear unos versos de Alvarado. Ni más faltaba. La poesía no es tan poderosa.

