La cuarta de las tres revoluciones modernas

Foto: David Campuzano / El Espectador

Illari Guerrero Arcos
Academia Superior de Artes de Bogotá
“Corinne” de Metronomy, era la canción que Spotify había decidido sonaría en el poco tramo que a la ciclista le quedaba para llegar a su destino temporal. Ella pedaleaba emocionada, pero a su vez con la atención puesta en no abandonar la sincronía del ritmo de su movimiento con relación al tempo de la música; se esforzaba por seguirle el paso a lo que en sus oídos se reproducía, en eso se vio bajo un puente donde la mitad de la carretera pertenecía (temporalmente) a los pedaleantes, más específicamente hasta las 2 de la tarde; y la otra mitad le correspondía al Transmilenio.
Si una se tapa el ojo izquierdo mientras pasa por debajo del puente (lo cual no es recomendable en ninguna circunstancia) puede llegar a crear la ilusión adrenalínica de encontrarse en el mismo carril de Transmilenio. Eso pensó la ciclista, pero se saltó la parte de: “no es recomendable en ninguna circunstancia”.
A veces se piensa que taparse un ojo es una acción completamente voluntaria; así el humano se percibe como único artífice de la ilusión construida ¿Y si la mano responsable de nuestra imposibilidad de ver no es nuestra? ¿Y si la ilusión no obedece a la propia voluntad? Eso también pensó la ciclista, pero más que devenir en una disertación filosófica digna de una ponencia en alguna de esas casas culturales en las que siempre está declamando poesía el mismo joven; discípulo del Che; fan de Víctor Jara; consumidor de cervezas artesanales, chocolates artesanales, educación artesanal; soñador y revolucionario. Llevó a la ciclista al distanciamiento inoportuno de la realidad. (se distrajo pues)
La oscuridad a medias se convirtió en totalidad.
El carril conjunto no era ilusión, era concreto.
La aproximación del vehículo no era sensación, podía palparse.
¡PAM!, ¡SPLASH!, ¡WOOSH!, ¡SLISH!, ¡TSSSS!
Eso fué lo que se escuchó, y la ciclista dejó de poder pensar.
El conductor de la bestia cargada de sus congéneres abrió desproporcionadamente los ojos. De algún lugar más arriba de su frente se produjo una firme gota de sudor frío. Casi que por instinto, el hombre dio a la bestia la orden de detenerse; eso era lo que le habían dicho en el curso de conducción que había terminado hace apenas día y medio.
“Cuando algún ciclista idiota se ponga a hacer idioteces y termine bajo el vehículo, usted pare y preparese para acampar durante 1 semana en el lugar del acontecimiento hasta que lleguen los tombos y lo inviten a jugar al croquis”.
Nada… el operador sabía que no había quedado vestigio alguno de vida. Sabía que era artífice de una implosión con apariencia de lo opuesto.
Tenía los ojos aún abiertos, abiertísimos; las gotas contradictorias aun cayendo; la respiración como si hubiera acabado de correr una maratón de 100kms, el corazón como si la hubiera ganado; la mente… parecida al cuerpo de la ciclista.
Uno de los prisioneros de la bestia rugió: —¿Qué pasó hermano? Arranque que voy tarde al trabajo.
T A R D E A L T R A B A J O
Si… eso fue lo que dijo el pasajero, accionó el gatillo de la ignorancia con el dedo de “voy al trabajo”.
Es una lástima que el resto de la manada haya decidido replicar el comportamiento del anterior orangután. Locos, se volvieron locos. Una pasajera en medio de los reclamos faltos de decencia, recato, compostura, modestia, decoro; intentó hacer un llamado a la calma sacando un pliego de cartulina de su maleta para hacer una pobre pancarta (otra bullosa solitaria).
Los ojos del operador en su apertura máxima; las gotas jugando al rodadero; las rodillas temblando; la mente deseando un pase o un plon; la respiración aceleradamente automatizada; el corazón saltando como en un antro de rave; los aullidos de los orangutanes ineluctables; La única pancarta subiendo y bajando.
¡Caramba! Pero es que se estaba desarrollando la 4ta de las tres revoluciones modernas. No era ni inglesa, ni estadounidense, ni francesa. No era de ningún peñasco de tierra, esta era especial, única en su tipo, esta sería la revolución de los pasajeros, la de los orangutanes, la de los dedos en los gatillos, la de los gatillos, la de las balas individualistas, la de la dictadura del individualismo.
El conductor logró que un pequeño soldadito de lucidez dentro de su cabeza tomara el mando. Se apeó de la bestia, no sin antes abrir las puertas del vehículo antes de morir desangrado, pues una bala de cañón le había dado en la pierna y los cañones de la errancia suelen llevar a la muerte en pocas conversaciones.
El vehículo abierto; la masa amontonada y desesperada por zafarse de la paciencia para poder ver el sol cubierto de concreto, por sentir los famélicos rayos que se cuelan a través del puente sobre sus cabezas ignorantes deseosas y atosigadas de fábulas holgazanas cuya moraleja acostumbra al sentimiento de plenitud a punta de remanencias, y el conductor errante. El hombre se acercó al lugar donde sabía que no había nadie a quien reanimar. Se aproximó y lo vio, la impresión lo invadió. Desde niño siempre había querido visitar el museo Kroller Muller, o la Galería Nacional de Victoria. Deseaba poder sentarse durante horas observando el cuadro “la mujer que llora” y quizá intentar tener una conversación con la pintura (Quizá así hubiese podido enterarse de cual era la tribulación de la prisionera del marco).
No podía creer que ante sus exageradamente abiertos ojos se encontrase algo mejor que “la mujer que llora”, en el pavimento no había solo un rostro abstracto (como el del cuadro) sino un cuerpo completo.
Con la implosión provocadora de una de las más de 8.000 radios palpitantes en la ciudad de Bogotá, el conductor Leobold Amsterdam (que nada tenía que ver con Ámsterdam, tan solo su anhelo, pues era mosqueruno hasta los huesos) no podía creer que siniestramente hubiera superado a Van Goh, Picasso, Piet Mondrian, Georges Pierre Sevrat, Claud Monet, Juan Gris, James Ensor, Odilon Redon. A todos los había borrado de la faz de la tierra. Al igual que a la muchacha.
En el concreto se dibujaban círculos, triángulos y hasta estrellas de David aleatorias, elaboradas con la técnica de fluido sobre pavimento. Bellísimo, visceral, bizarro y ciertamente incómodo.
Es una pena que tal obra de arte no pudiera ser expuesta más que en el historial de conducción de Leobold. Y es lastimoso el hecho de que lo único que haya quedado de la benefactora del cuadro hayan sido unos audífonos (ahora no tan blancos) en donde se reproducía “Corinne” de Metronomy

