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La calma como acto político

Foto: AFP / Getty

Samuel Arboleda Tabares

Universidad Nacional

El mundo no se detiene. El café es un anabólico para potenciar la productividad; nuestro dormitorio dejó de ser un lugar para nosotros, aunque lo parezca, se asemeja más a una cápsula de recuperación express para rendir mejor al día siguiente.


Nuestro consuelo se ampara en el consumir; se paga por suscripciones, experiencias, que financiamos con dinero que producimos hasta cansarnos y utilizamos para sentir que descansamos. El esparcimiento viene empapado de marketing, donde nuestros deseos los usan para ajustar el modelo publicitario. El ocio es un privilegio para la sociedad que no descansa, el disfrute tiene precio y las compañías lo ajustan.


Manipular el deseo ha sido el mecanismo perfecto para sofocar la posibilidad de pensar en mundos diferentes. La individualización neoliberal soltó en los hombros de cada uno un sistema violento. Es un manifiesto atractivo porque parecemos controlar más nuestras vidas, pero en realidad diluye nuestras ilusiones que nos empeñamos en traducir por medio de acciones, para desestimarlas lentamente hasta destruirlas. Hemos relegado el rol de nuestra conciencia a suministrador de dopamina, el deseo es el propósito en sí mismo, las actividades que realizamos no hablan por su esencia, sino por su capacidad de reflejar mejor nuestras aspiraciones más profundas.


Ahora somos seres ansiosos en búsqueda de una realización prefabricada. Nos han vendido discursos para ser felices y libros para evitar la tristeza. Somos partícipes de una carrera que asesina nuestros propósitos aunque no nos ata las piernas, seguimos deprisa porque es inconcebible apreciar la vida con calma.


Esta es la crisis de la calma, porque me niego a creer que sentirse tranquilo sea pagar por la vida que performa las redes sociales. En medio de un contexto que moldea pensamientos tan hedónicos, carentes de una profundidad que rebase las fronteras del deseo, pensar sin propósito es un acto político escueto, que en su simpleza evoca resistencia. No produce, sólo contempla.


Estar en desacuerdo con el otro, detenernos en las experiencias que más se repiten para vivirlas de otro modo. Amar desde la imperfección, exigir desde la complejidad. Renacer en los procesos lentos y poco uniformes, aunque sintamos que va en detrimento del “yo” artificial que hemos aceptado. Quizá la clave está en mirar un “nosotros” desde afuera, una perspectiva que no indague en nuestra relevancia existencial, simplemente limitándose a asumir el hecho de que todos estamos. Observar los objetos que no habíamos observado, pensar posibilidades humanas que no les incomoda que la tristeza tenga un lugar, evaluar lo complejo que es pensar el que somos una vida más. Apreciar la calma que genera el no pretenderlo todo, todo el tiempo, solamente habitar lo que dejó de ser habitable.

ISSN: 3028-385X

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