La distopía ya no necesita imaginarse: una lectura actual de 1984

Foto: 1984. George Orwell

Daniela Romero Pineda
Universidad Central
¿Cómo advertir un peligro inminente desde el presente sin caer en el error de ser un presagio para el futuro? Esta pregunta resulta fundamental al acercarnos a 1984 de George Orwell, una obra que ha sido leída durante décadas como una distopía futurista, pero cuya verdadera vigencia radica en su capacidad para iluminar el presente. La advertencia en 1984 ya no puede entenderse como una ficción, como un simple vehículo literario para interpretar la realidad, por estas razones, la respuesta ante esta pregunta reside en el hecho de que se hace legible lo que debería ser evidente ante los ojos cuando alguien más le da nombre a la invisibilidad manifestándose en forma de ley y opresión. Y esto es justamente lo que hace George Orwell.
Lo que es de vital importancia para la lectura de esta obra es imprimir la mirada interpretativa de sus contenidos en la realidad que transitamos día a día. Desde que se tienen las primeras conversaciones y se presentan los primeros silencios con la literatura, nos damos cuenta de que cada obra es una metáfora de la realidad, una expansión de esta; una forma diferente, pero verosímil de leer lo que habitamos, y en la mayoría de los casos, una forma más legible de entendernos a nosotros mismos. Pero ¿qué sucede cuando la metáfora deja de ser necesaria porque la realidad comienza a parecerse demasiado a la ficción?
La genialidad de las obras literarias reside en los elementos ficcionales e imaginativos que construyen los autores en función de lo que necesita ser dicho, sin embargo, la metáfora en 1984 se ha desvanecido casi por completo. ¿Será que lo que antes nos parecía distópico ahora se ha vuelto imperceptible por su cercanía?
Si bien existen múltiples mecanismos de control en la obra de Orwell, el elemento más significativo en cuanto a la dominación establecida en esta novela es la destrucción del amor. Este poder hace posible el espacio de afirmarnos como humanidad ante un mundo que nos niega esa libertad, se establece como la capacidad de reconocer al otro como un semejante. El amor, en este sentido, constituye una forma de resistencia íntima, sin embargo, en el universo de 1984, esta posibilidad está condenada desde el inicio.
El sistema convierte al amor en un conducto inviable por medio de la imposibilidad de confiar en los otros, la manipulación del pasado, la reducción del lenguaje y la subordinación del deseo individual. En este proceso, el amor desaparece progresivamente hasta volverse irreconocible. En el marco narrativo de esta novela, se evidencia un lenguaje ya no puede nombrar el amor y este deja de existir como experiencia compartida.
La pérdida del amor se convierte en el núcleo del problema. Porque eliminar el amor implica la ruptura de una forma esencial de reconocernos en los demás. Cuando dejamos de ver en el otro a un semejante, a alguien que comparte nuestra misma condición, comenzamos también a vaciarnos a nosotros mismos. No es necesario recurrir a argumentos religiosos para entender lo que se está sustentando, sin embargo, es fácil reconocer que lo único que nos representa como “humanidad” es la imagen de Caín; basta observar la manera en que se ha instalado una lógica de confrontación constante en la actualidad. La mirada contemporánea está filtrada por una obstinación particular, y es la de percibir enemigos incluso donde no los hay, la de asumir que todo encuentro es potencialmente un conflicto. Somos los escombros de una humanidad que se aferra a este arquetipo, que no identifica que la sangre derramada viene del mismo cuerpo que la reclamó sin permiso alguno, pero ¿cuál es la razón de esta tendencia?
Esta pregunta encuentra un soporte en Ensayo sobre la lucidez de José Saramago. En esta obra, lo que se pone en evidencia es que el poder se sostiene sobre la necesidad de gobernar, pero no necesariamente sobre la voluntad de ser gobernado. Cuando esa voluntad se resquebraja, cuando los individuos dejan de validar las estructuras que los rigen, se gesta una tensión que el sistema no sabe cómo resolver sin recurrir al control, a la violencia y la deshumanización total. Saramago —desde Ensayo sobre la ceguera—, nos muestra al mundo desde la imposibilidad de ver, una forma narrativa bastante contraproducente a la hora de querer mostrar lo que necesita ser expuesto, pero el cometido de esta obra no es enseñarnos lo que está perdido ante el reflejo de la luz, sino develarnos lo que yace latente bajo la oscuridad que nos habita como sociedad.
Lo que subyace en esta reflexión es una desconexión fundamental entre las estructuras de poder y la experiencia humana. Gobernar se convierte en un fin en sí mismo, mientras que la vida de quienes son gobernados se vuelve secundaria, administrable, prescindible. En ese escenario, el amor —como forma de reconocimiento mutuo— pierde espacio frente a lógicas que privilegian la permanencia del poder.
Esas problemáticas componen a la obra de Saramago y reafirman las convicciones ficcionales planteadas en 1984. No es ingenuo vernos como una sociedad que, al abrir los ojos, revela que quizá siempre estuvo ciega. En Ensayo sobre la ceguera y Ensayo sobre la lucidez, la aparente claridad sirve para desnudar la fragilidad moral y la facilidad con la que el orden se desmorona. Entonces se convierte en algo inevitable preguntarnos: ¿es la humanidad rescatable si, incluso cuando ve, elige no reconocer lo que implica verse a sí misma? Tal vez lo que queda en nosotros es la capacidad —cada vez más rara— de asumir esa lucidez sin huir, de aceptar que el mayor peligro es comprender lo que somos cuando finalmente se enciende la luz.
Volver entonces a 1984 implica comprender que su verdadero alcance está en la manera en que ese régimen logra infiltrarse en lo más íntimo. La derrota en este libro es profundamente humana. Quizás, en el fondo, la verdadera advertencia de Orwell no era sobre el futuro, sino sobre nuestra capacidad —o incapacidad— de reconocer el presente.

