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La fábrica de nubes

Santiago Quintero Pineda

Universidad Pedagógica Nacional

A Octavio Sky le gustaba su trabajo, ser el director de la fábrica de nubes. Este era un trabajo honrado, sencillo. Solo era necesario hacerlas mullidas y livianas, lo suficiente para que vuelen alto por los aires cargando montones de agua consigo. Todo en este proceso era muy de su agrado a excepción de un único asunto: Sus nubes daban paso a la imaginación de los de abajo, de los terrestres cuyas sociedades no aéreas le incomodaban en sobremedida. Le incomodaban casi tanto como el que se usarán sus nubes para suponer formas de ellas.


Algunos, acostados mirando el cielo detallaban en las nubes elefantes, personas, rostros o animales fantásticos; otros veían máquinas espectaculares o sueños próximos. Una gran variedad de conjeturas nacía con cada vistazo al firmamento pero todos veían reflejado en él algo que su corazón o imaginación había leído en aquella obra de Octavio, que originalmente no estaba destinada a la mirada sino a la más rutinaria geografía.


Para remediar el mal de la imaginación, Octavio Sky dio la orden de fabricar nubes muy pequeñas, suponiendo que su tamaño diminuto impediría la creatividad de los de abajo. Se reía maliciosamente por su invención pícara hasta que al rato alguien se encontraba en esas nubes comprimidas la figura de un ratón, una almohada o una iguana pequeña. Inconforme, decidió cambiar la estrategia y hacer nubes muy grandes, tanto que llenarán el cielo entre cúmulo y cúmulo opacando con su blanco y gris el azul del arriba. Se volvió a reír un rato, pero las personas de abajo empezaron a imaginar figuras con los bordes de las nubes, con los agujeros formados entre cúmulo y cúmulo, y también entre los matices de color que generaban el cielo y el sol en estas. La esperanza se colaba con cada rayo de sol y Octavio Sky se enojó haciéndolas más lluviosas para que la gente, con la cara mojada, no pudiese ver el cielo. Pero la gente veía ahora las formas en los charcos, en los reflejos. en los bloques de granizo, en ventanales húmedos y los vidrios empañados. Octavio despertó e hizo que desaparecieran las nubes pero la gente empezaba a imaginar figuras con el rastro que dejaban los aviones al cortar el cielo.


No importaba lo que hiciera Octavio Sky por encerrar la imaginación de las personas; estas siempre encontraban inspiración en algo, por lo que, bastante enojado, decidió intentar ignorar a los habitantes del suelo y su inagotable imaginación. Pero, ahora por culpa de ellos y de su molesta creatividad, cada vez que Octavio Sky veía por los ventanales de su oficina en la fábrica de nubes, reconocía en estas mismas a leones y dinosaurios, guerreros y princesas. Entonces se dió cuenta que fue contagiado por aquella “enfermiza” imaginación que tanto detestaba.

ISSN: 3028-385X

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