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La galería de los condenados

Daniel Tatis Romero

Universidad INCCA

No era la primera vez que revisaba las notificaciones de su celular. Había pasado toda la tarde inmerso en él, mirando de forma posesa cada reel nuevo que le aparecía, preguntándose cómo las personas podían seguir gente tan estúpida. Por qué prestaban atención a cosas tan inocuas como una broma sin sentido entre una pareja o un test de qué tipo de persona eres según tu signo zodiacal.


Ese día el algoritmo parecía que solo quería molestarlo porque no aparecían cosas que le divirtieran de verdad. Aun así, pasó todas esas horas deslizando hacia arriba, infligiéndose daño emocional. Salió de la sección y se fue a su perfil, volvió a revisar su última publicación. Tres likes.


Cero comentarios.


Las interacciones eran la de su madre, su mejor amigo y una persona que no conocía. Suspiró, apagó el celular y lo dejó a un lado de la cama.


Se encontraba boca arriba acostado, la misma posición que llevaba durante horas. Se movió al lado contrario de donde dejó su teléfono y quedó mirando la ventana. El sol se ocultaba y la noche llegaría sin titubeos. “Sería un gran cuadro”, pensó.


Se levantó y se dirigió a la mesa junto al cristal. Observó la cotidianeidad de la ciudad. Su natal Bogotá. Llena de edificios, algunos con diseños especiales, unos más grandes y otros más pequeños. Pero todos mostraban una vida distinta. Se sentía insignificante. Quería lo contrario. Observó más abajo, las calles imperfectas, descubrió el asfalto mojado y con eso notó lo desconectado que estuvo de la realidad. El alumbrado público, con sus múltiples cableados enredados uno sobre otro, se preparaba para dar un poco de vida a la nocturnidad de una ciudad tan gris y pálida.


El celular sonó.


“Tal vez será un cuadro para otro día”.


Corrió hacia la cama y tomó el teléfono.


—Hola hijo mío, ¿cómo estás?

—Hola mamá. —vaciló un instante—. Bien y tú, ¿qué tal?

—¿Seguro, hijo? Se te oye melancólico.

—Sí, ma. Seguro. —cambió su tono por uno más alegre—. Solo que acabo de despertarme.

—Tienes que reorganizar tus horarios.

—Lo sé. Lo sé.

—Vale. Ahora, ¿mañana vendrás a casa?

—Creo que sí… aunque tengo una idea para un cuadro, creo que puede funcionar. —Ay hijo. Mañana te mando la mesada y te envío el mercado de una vez. Aunque sé que la mayoría no lo usarás porque te da pereza cocinar.

—Gracias, ma. También por dejarme el apartamento de mi papá.

—No es nada hijo. Él hubiese querido eso.

—Te llamo mañana ma. Te amo.

—Vale. Y yo a ti.


Se sentía bendecido por tener el apoyo incondicional de su madre. Incluso el de su padre, antes de que falleciera. La gran empresa que su progenitor manejaba pasó a ser de su esposa debido a que él no le interesaba todo ese mundo comercial, ir trajeado e impecable para todo lado. Su vida estaba frente al lienzo, llenando sus manos de óleo, tintas, pinturas. Manchando sus delantales, los cuales ya no se sabía el color original. Dejando volar su mente con cada línea y trazo. Era feliz haciéndolo, pero quería vivir de eso. Quería ser reconocido. Sabía que su destreza merecía ese reconocimiento. Sentía por momentos que había nacido en una época equivocada, su percepción del arte parecía muy distinto al que la modernidad proponía. El uso de inteligencias artificiales, los dibujos sin alma que llegaban a los mejores museos y a grandes exposiciones, y en cuanto se le preguntaba al artista, este solo respondía con alguna frase cliché. “Estaba mirando la luna una noche y sentí una especie de iluminación. Era la inspiración. La musa tocando la puerta de mi alma. Y yo, solo la dejé pasar”.


Notificación.


Un comentario.


Abrió Instagram con la mayor rapidez que pudo, ayudado de la amplia memoria RAM de su celular último modelo.


“No entiendo, son solo manchas… eso de la esquina es una especie de árbol?”. No quiso responderle. Dejó el teléfono a un lado y se tiró a la cama de nuevo, esta vez con los pies sobre el suelo.


Amaneció en esa misma posición, eso le generó un sonido en la espalda una vez se levantó de la cama. Le pidió a SIRI que le colocara música y se dispuso a alistarse. Había una exposición a la que quería ir. En realidad, tenía sus dudas, pues siempre se encontraba con personas insensatas que analizaban mal las obras, haciéndose ver importantes, envés de ir con el artista y preguntar su razón. Muchos contestarían con ambigüedades. La mayoría. Pero siempre había alguno que veía el arte como una expresión del alma, una conexión con algo más allá del entendimiento, algo que solo el artista veía, pues él era la puerta y el medio de transmisión de una visión de otro mundo.


Caminó por la amplia sala llena de muebles de las mejores marcas, elegantes alfombras y acabados blancos impolutos que le daban amplitud y claridad al apartamento. Subió el desnivel que conectaba a la cocina. Integral de estilo americano, con una barra decorada con unas copas de todo tipo colgadas del techo. Una gran nevera de dos puertas con una pantalla que servía de asistente.


No vio nada en el nevecón. O por lo menos nada en buen estado.


Se fue al comedor y agarró la última manzana que quedaba la frutera que fungía de decoración en el centro de la mesa.


Las exposiciones eran especiales para él. En esas ocasiones sí se veía en la obligación de llevar la elegancia que su padre tanto le había inculcado.


Se acomodó su sombrero y salió del apartamento dejando a su paso la fragancia amaderada y especiada del perfume N.º 1 de Clive Christian. La ascendencia británica de su padre y la gran relación que tenía con bastantes millonarios del Reino Unido le permitía obtener cosas que muchos nunca lograrían asimilar.


—¿Alguna exposición, joven Blair? —inquirió la recepcionista aun sabiendo la respuesta.

—Sí señora.

—Mucha suerte. Qué le vaya bien.


Él con cortesía y elegancia colocó su mano sobre el sombrero y lo inclinó hacia abajo levemente en señal de despedida.


Salió del mejor edificio de La Cabrera y lo recibió la suave calidez del sol mañanero. Pidió un Uber y en cinco minutos llegó una camioneta Mercedes Benz Clase GLC blanca. Era un usuario fijo, y con una sola llamada consiguió tener su propio auto y conductor. Podía permitirse el coche que quisiera, pero detestaba conducir, más aún en Bogotá, una ciudad donde sortear el tráfico era toda una odisea.


Él sonrió al verlo llegar y entró directo al puesto del copiloto.


—¿Qué más Evan?, ¿cómo estás? —dijo mientras se apretaban la mano y daban un medio abrazo con el brazo libre.

—Bien, Mauro ¿y tú? Voy a una exposición.

—Sí… —levantó el rostro, empezó a olfatear el lugar y concluyó bromeando—. A eso huele. Me vas a meter en problemas con las nenas cuando sientan ese olor a mujer. Evan sonrió y le dio un golpe en el hombro. Se conocieron en la universidad. Mauricio, apenas dos años mayor, un joven de clase media, conocedor de ambos mundos, de lugares donde el dinero existía a montones exagerados y otros en los que rara vez se comía. Le indicó que irían hasta el Centro Cultural Nueva Santafé ubicado en el barrio La Candelaria. Su amigo sabía que había rutas más rápidas que la carrera séptima, pero Evan así tardara más, amaba pasar por esa vía. Para él era donde se concentraba la mayor cantidad de arte y cultura de la ciudad, no solo del que ejercía, sino también las artesanías, escritura, museos, reliquias, música. Cada casa y local desprendía una forma de expresión propia. Atravesaron la localidad de Chapinero de norte a sur. Las universidades y los comercios, los importantes hoteles y grandes edificios de oficinas, centros comerciales, teatros y amplios parques.


Una vez en el sitio, Mauricio le preguntó si quería que lo esperara, él le asintió y chocando sus puños se despidieron. El inicio de la exposición fue a las ocho de la mañana, Evan, como siempre puntual, se hallaba en la entrada a falta de cinco minutos. Si había algo que le inquietaba del país es que, no importa donde fuera, la hora de entrada nunca era la que se señalaba. Pasaron diez minutos hasta que el recinto abrió sus puertas, detrás de él, alrededor de quince personas, tal vez veinte.


Al entrar sintió un frescor que recorrió su cuerpo, estaba en su lugar seguro. Empezó a caminar por los pasillos analizando las obras.


Lo primero que encontró fue el puño en alto en sentido de revolución y resistencia por parte de una sociedad cansada de los abusos de una minoría que controla todo. Una lucha que apoyaba, pero de la cual no participaba demasiado.


Aparte de los nuevos artistas a los que se les daba la oportunidad de hacer parte de estas. También, se exponían obras de personajes importantes para el arte moderno del país, como el caso de Débora Arango, Alejandro Obregón y del tan aclamado, Fernando Botero. Cada uno con su estilo, con sus mensajes y moralejas implícitas o, en casos, explicitas en sus creaciones.


Ninguno se detuvo mucho tiempo, habrá cruzado alguna que otra frase con algún desconocido y no más. También, la obra de los artistas de renombre ya la conocía a la perfección y las nuevas generaciones no parecían esmerarse en sus creaciones, no mostraban alma.


Finalizando su recorrido, logró observar al fondo una obra que le llamó la atención. Ningún aspecto técnico fue el que le hizo moverse hacia ella. Algo lo halaba con fuerza, una sensación diferente.


Se encontró con una pintura, oscura, no tenía forma al inicio, pero a medida que se quedaba detallándola se volvía más nítida, las sombras se movían como olas, trazando y contorneando la figura de un gran portón enrejado. Unas llamas se empezaron a dibujar a sus ojos, voraces columnas de fuego que pedían el acceso de entrada, que golpeaban con vehemencia la puerta. No solo lo veía, podía oír la bravura de la llamarada. Estaba absorto. Un señor pasó a su lado y observó su concentración en la gran mancha negra sobre el lienzo, le dijo que era la peor del lugar. Algo que Evan no escuchó y si lo hubiese hecho habría opinado distinto.


Se le acercó un joven y le tomó del hombro sacándolo de su éxtasis, algunas lágrimas habían dibujado un húmedo camino por sus mejillas, las cuales secó con rapidez. —¿Lo ve? —dijo en un susurro.


Asintió embelesado, aun sin saber si era real lo que había experimentado. —Bien. Hoy, en la noche, puede hablar con el artista. —le pasó una tarjetica con una dirección y un nombre.


Evan le describió a su amigo Mauricio lo que experimentó tratando de no sonar como un loco. Pero entre más se explicaba, él más se reía, pidiéndole que no abusara de las drogas si no quería terminar como algún mendigo de la calle. Le mostró la tarjeta y con su ágil mente supo con exactitud donde se ubicaba el lugar señalado. Adentro de La Candelaria, en una de las tantas vías llenas de historias. La calle del Pecado Mortal.


Llegó junto a Mauricio cerca de las ocho de la noche, luego de haber pasado su tarde organizando su apartamento y el mercado que su madre le envió, sin dejar de pensar en lo sucedido. Su amigo detuvo el auto frente a la sede de la Universidad de los Andes. Ambos salieron y caminaron por la calle hacia el occidente.


La soledad y el alumbrado público que parpadeaba cada tanto hacía del sitio uno al que nadie quisiera ir. La luna llena se establecía con protagonismo en el firmamento, pero su luminiscencia parecía no llegar al lugar. Observaron como de vez en cuando pasaba algún vehículo por la carrera 3 al fondo de la calle.


Iban a mitad de la vía y de una de las casas a su izquierda salió un hombre vestido con una indumentaria eclesiástica, pero sin un solo atisbo de blancura. Una túnica negra con detalles y acabados dorados. Su cabeza, agachada y cubierta por una capota, no permitía determinar quién era la persona.


Se frenaron en seco, ambos conocían las historias y leyendas que habitaban en el barrio La Candelaria, cada calle tenía algo por contar, aquella no era la excepción. Sería el epicentro de algo mucho mayor.


Les hizo un gesto invitándolos a pasar, ellos caminaron con cautela y se acercaron a la casa. Evan entró primero, pero el hombre detuvo en seco al otro. Él lo vio como algo positivo, si no llegaba a salir de ahí, al menos su amigo podría buscar ayuda. La puerta se cerró y Mauricio se devolvió a su auto.


Un pasillo, aun iluminado por velas, se notaba oscuro, por momentos, pesado y turbio al caminar. Evan de vez en cuando miraba atrás en busca del hombre quien lo seguía a la misma velocidad. No sabía cómo, pero iba en dirección correcta siempre, había algo que lo llevaba, lo llamaba y él sin duda iba a responder.


Una escalinata en descenso lo frenó de golpe, miró atrás y el gesto del hombre con su mano le dijo que tenía que seguir. Bajaron y se hallaron en una amplia biblioteca, con un olor a antigüedad que combinado con el polvo y el azufre le generaron molestia. Todo ese lugar era como un paraje más allá de la tierra, incluso del tiempo mismo. Una dimensión diferente que parecía regirse por sus propias reglas.


Caminaron por el pasillo central, obviando las grandes estanterías abarrotadas de libros que habitaban a cada lado hasta llegar a un espacio abierto. Ahí, haciendo un círculo, se hallaban seis personas con la misma indumentaria del que lo llevó al lugar. Un gran círculo sobre el suelo, no dibujado, este hacía parte de la piedra maciza que fungía de piso. La figura poseía adentro formas que Evan desconocía, posiblemente runas, pero sin saber de qué cultura podrían ser. Al fondo, un altar con imágenes que le recordaban a la vista en la exposición.


Tras el presbiterio salió un hombre de avanzada edad que, envés de una capota, llevaba una mitra negra que combinaba los acabados dorados y rojos con esmeraldas. Al verlo deshicieron el círculo y el que se hallaba detrás de Evan también se movió al ver a su líder llegar ante ellos. Cuatro a un lado y tres al otro.


—Creo que me equivoqué de lugar. —dijo titubeante, tanto que la última palabra no se escuchó.

—La pintura te ha abierto los ojos. —respondió el hombre con fuerza solemne—. Solo los elegidos por el Señor pueden observar sus ideas, porque sus deseos son tus deseos. Silencio.


Evan giró a los discípulos buscando apoyo, una mirada aunque sea.


No obtuvo nada.


—Así que, dinos, ¿cuál es tu deseo? —preguntó el hombre.

—Yo… no… no lo sé… no sé lo que quiero.

—Lo sabes, pero no tienes el valor de decirlo. Entra al círculo y Él te librará de todos esos miedos que no te permiten tomar lo que mereces y, te guiará por el camino para lograrlo. Dudó por un momento, el éxito y la fama con sus obras era lo que más añoraba. Nunca se permitió usar su dinero para lograrlo, sabía que podría perjudicar a su familia. A su madre. ¿Eran sus temores lo que no le permitía crecer y ser visto como el gran artista que era?, si los eliminaba por completo, ¿seguiría siendo el mismo? Todos sus bienes tangibles e intangibles, sus pasiones y creencias no eran suficientes. La avaricia empezaba a tocar su puerta. La fama. El reconocimiento mundial. Por fin la nueva generación conocería sobre lo que en verdad el arte trata. Solo unos pasos lo separaban de su destino soñado.


Entró.


Las líneas del suelo empezaron a encenderse, los hombres hicieron el círculo y comenzaron a predicar en una lengua irreconocible. El líder bajó sus manos al suelo y recitó algo distinto al resto. Las runas se fueron encendiendo hacia el centro donde se encontraba el joven y cuando llegaron a él, todo a su vista se apagó.


El círculo calló, al igual que el líder, mientras observaban al chico arrodillado con sus ojos en blanco dirigidos al techo.


—Un niño rico. —dijo impresionado y con voz rasposa alguien en su mente. —Soy Evan. —eso sí lo escucharon los discípulos del Señor.

—Yo puedo darte lo que necesites. La fama y el éxito que anhelas…

—¿Qué debo hacer? —preguntó casi en una súplica.

—Solo debes pintar. Pero antes, déjame entrar y así te guiaré por el sendero adecuado. —Entra. —susurró.


Su cuerpo se movió con violencia, encorvando su espalda con los hombros hacia atrás. Sus manos empezaron a temblar buscando en sus cercanías algo que agarrar. La visión alejada de toda realidad le mostraba aquel portón gigante, ahora abriéndose de par en par. El fuego repiqueteaba, dibujaba grandes marejadas de brasas indomables y en un segundo todo a sus ojos se consumió. Y la iluminación se esfumó con la misma velocidad con la que se posó.


Amaneció en la cama de su apartamento con un dolor de cabeza tal que parecía que hubiese estado bebiendo toda la noche. Se sentó como pudo en el borde y miró a su alrededor. No daba crédito a lo que había visto. Pensó que sería una pesadilla y se apresuró a la cocina en busca de agua.


Lo recibió en la sala su amigo Mauricio que fue quien lo llevó de regreso a casa. Evan le preguntó por lo sucedido y él le contestó con la verdad. Pues una vez él salió de aquel lugar, caminó hasta el auto y ahí se encontraron, le comentó que el artista era un mentiroso y que todo había sido una pérdida de tiempo.


Evan no lo recordaba, pero prefirió no ahondar en el tema, le agradeció por la preocupación y se tomó el vaso de agua de un solo sorbo. Mauricio se despidió de él, pues tenía que hacer unas diligencias.


Volvió a su cuarto y se acostó a observar el techo. Miró su celular, las notificaciones eran incontrolables. Entró como pudo a Instagram y encontró en sus publicaciones centenares de miles de interacciones, entre likes y comentarios. Ver eso le revitalizó el cuerpo y el alma. Se levantó de golpe y se dispuso a imprimir sobre su lienzo todo lo que su mente deseaba liberar.


Uno tras otro, como un autómata desarrolló en el primer intento cada una de las figuras y patrones que su mente le suministraba. Pasó así todo el día hasta entrada la noche, cuando sus manos temblaban del cansancio, su respiración agitada y, en contra del clima frío de la capital, se hallaba empapado de sudor. Su cuarto se había vuelto una gran obra abstracta llena de colores, en su mayoría oscuros. Pinturas e ilustraciones que no todos podrían entender, pero que al verlos con atención encontrarían en ellos el gozo y la convicción de hacer lo que muy en el fondo quieren hacer.


Cayó sobre la cama jadeando de satisfacción, una excitación que iba más allá de lo carnal, su alma misma se percibía fuera de sí, en un punto donde no hay cadenas que opriman los más profundos anhelos del ser. Empezó a reírse sin motivo alguno, con sus manos aún húmedas de pintura negra continuó dibujando figuras en su cara hasta quedar dormido.


Lo despertó el tono de llamada de su celular una vez entrada la mañana. Era el director del Museo Nacional de Colombia. Contestó como pudo, medio adormilado, pero una vez escuchó de quién se trataba su mente se despabiló. La llamada buscaba convencerlo de hacer una exposición en su museo, pues la magnitud de su obra y la repentina explosión de su viralidad en internet les había llamado la atención. Querían ser los primeros en mostrar de cerca la excepcionalidad de Evan Blair. El chico aceptó, pero le comentó al director que tenía una buena cantidad de obras inéditas, las suficientes para una gran exposición. El señor contento le preguntó de cuánto dinero estaban hablando. Evan sonrío y le contestó que no lo hacía por eso, sino por la liberación de las almas presas en el mundo. El director rio con él y añadió que compartía su visión, pues las redes habían tomado en cautiverio a las personas. La llamada terminó estipulando el horario de la exposición para ese mismo día desde las seis de la tarde.


Mauricio le ayudó a llevar todas las pinturas. Se sentía feliz, sabia la gran habilidad que tenía su amigo y era algo que merecía. Tomó por casualidad de que todo se disparó después de salir de aquella casa en La Candelaria. Recorrieron la Séptima de norte a sur y luego de un par de desvíos dieron con la carrera 5, siguieron hasta girar por la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca por la calle 28 y hallaron el magno MNC. Llegaron cerca de la una de la tarde para tener tiempo de organizarse en la sala de exposiciones y avisar por todas las redes sociales que habría una exhibición abierta al público del nuevo talento nacional.


En una hora ya se había formado una larga fila de personas a las afueras. Evan organizó su obra con cautela, sonriendo mientras acomodaba una a una en la pared. Cada una le simbolizaba algo, cada pintura tenía alma propia.


Las cadenas de televisión empezaron a transmitir en vivo la gran multitud de personas expectantes a la exhibición, creadores de contenido de diferentes redes sociales hacían lo mismo desde dentro del lugar. Algunos helicópteros realizaban tomas aéreas del gran acontecimiento. Evan sentía como el mundo se ponía a sus pies, quería que todos experimentaran esos jadeos de excitación provenientes de la esencia de su ser.


Debido a la gran cantidad de personas tenían que controlar la entrada al lugar, rondas limitadas a veinticinco. Cada uno evocaba sensaciones distintas con los cuadros, los miraban, no requerían explicación, ellos mismos notaban lo que su vida necesitaba. Y como si Evan fuese un sacerdote, una vez ellos terminaban el recorrido, se acercaban a él, les daba un abrazo y con un susurro les decía: “Sean libres”.


Los límites fueron aumentando hasta cincuenta personas y con eso agilizaron el paso para casi terminar a la medianoche. Momento en que su madre llegó, feliz y orgullosa de su preciado hijo. Ella fue la última en hacer el recorrido.


Lo abrazó y una voz distinta a la de su Evan le habló: “Sé libre”. El punto intermedio entre el día y la noche llegó. Su madre empezó a sollozar frente a él, su rostro había cambiado de forma radical en cuestión de segundos. El chico no entendía nada y cuando trató de tranquilizarla esta sacó un arma de su fino bolso.


—Lo extraño tanto…


Quedó absorto por lo repentino y lo fuerte del disparo, mientras un pitido se adueñaba de sus oídos, vio el cuerpo de su madre caer con lentitud, su cabello se movió con sutileza y armonía hasta que su cabeza chocó con el suelo. En ese momento notó lo que había hecho. Sucumbió ante la posibilidad de tener lo que quería, ¿a cambio de qué? Tomó el arma y salió de la galería por la puerta norte frente al Edificio El Museo. Observó a la izquierda como un señor asesinaba con sus propias manos a un chico. Yo no quería esto, se dijo. La voz dentro de su interior le habló, preguntando por lo que deseaba en ese momento, aun sabiendo con certeza lo que era.


El director llamó a una ambulancia desde la sala de exposición. Ningún hospital disponible. Todos se hallaban abarrotados. Todas las personas habían enloquecido, o eso decían las noticias, mostrando tomas aéreas de gente disparándose entre sí. Algunas abusando de otras de diferentes maneras. Niños raptados, mujeres asesinadas. Torturas, suicidios, robos, incendios, vehículos en un ir y venir de choques. El sufrimiento de una sociedad que por fin observa, de sí misma, su verdadera cara.


Disparó.

ISSN: 3028-385X

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