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Las elecciones del odio

Foto: Gobierno Nacional

Santiago Abril Bernal

Universidad Nacional

Esta mañana entré en la red social X durante 10 minutos. Me encontré con una tanda de insultos entre senadores, con Abelardo de la Espriella burlándose de Daniel Coronell por pedirle una entrevista; y con los reclamos al presidente Petro –que no podían faltar–, por sus comentarios fuera de lugar en el consejo de ministros. Ese es el panorama actual: políticos que se atacan entre sí, aumentando la polarización y contagiando a los colombianos con su odio.


Este escenario se intensifica previo a elecciones, pues cada palabra cuenta en el intento por desprestigiar al contrario. El problema radica en que, por lo general, las críticas no son respaldadas con argumentos, más bien son frases sueltas cargadas de juicios de valor. Ni siquiera hay debates presidenciales para confrontar ideas. En consecuencia, nosotros como ciudadanos terminamos replicando los discursos y las ofensas de nuestros supuestos representantes.


Pero esto no es nuevo o gratuito, por el contrario, es un patrón. En nuestro país siempre ha existido una cultura del odio, como si la desunión fuera una de nuestras características. Nuestra historia está plagada de ejemplos: desde el periodo conocido como “la patria boba”, cuando los fraccionamientos llevaron a la reconquista española, hasta la guerra sangrienta entre liberales y conservadores, que solo dejó la pérdida de miles de vidas y de Panamá.


Y el patrón se repite sin descanso. En 2025 ocurrió la muerte de un candidato presidencial, Miguel Uribe, uno más de los tantos magnicidios que han azotado nuestra historia. ¿Cuándo aprenderemos que la división es nuestra mayor debilidad?


Para mí esto no es inherente a nuestra sociedad, es un rasgo impuesto y, en ese sentido, corregible. El primer paso es tomar conciencia de que esta cultura del odio es promovida y alentada por nuestros gobernantes, una estrategia para que los ciudadanos no se unan, pues eso sería un riesgo para ellos. Al no lograr escapar del patrón, terminamos eligiendo siempre a los mismos, ya sean de izquierda o derecha.


El ejemplo más concreto, como lo he venido recalcando, es el panorama electoral actual. Las discusiones familiares o amistosas rondan, casi siempre, en torno a los personalismos y la intención de voto termina reducida a nombres propios: el candidato de Petro, Iván Cepeda; la candidata de Uribe, Paloma Valencia; o el supuesto outsider Abelardo de la Espriella, admirador de Uribe. En ese contexto, la decisión termina definiéndose con base en la antipatía hacia el contrario.


La democracia colombiana se ha convertido en dos grandes caudillos y en sus “discípulos”, que en medio de su aspiración a cualquier cargo promueven la repulsión hacia su rival, convirtiendo el voto en un producto de las emociones, no de la razón.


Mientras tanto, las grandes problemáticas del país, que no son pocas, continúan desatendidas, hasta el punto de conducir a la nación hacia un pesimismo latente. Quienes votan lo hacen motivados por el rencor sumado a la desesperanza por la falta de resultados, que por lo general atribuyen al bando que aborrecen. No nos damos cuenta de que la manipulación no proviene de un solo lugar ni de una sola facción y que la única forma de cambiar eso es, justamente, pensando de otra forma.


Si no logramos desligarnos de este tipo de emocionalidad y dejamos de pensar en grandes figuras que nos salvarán, no podremos soñar con un resultado distinto. Es hora de apelar a nuestro pensamiento crítico para poder votar por quien tenga mejores propuestas, no por quien odiemos menos.

ISSN: 3028-385X

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