Las luces que no mire


Matias Cabas Loaiza
Universidad del Magdalena
La nave se está muriendo. Y no, no es una metáfora.
Lo oigo en los crujidos breves del metal, en el zumbido eléctrico que se corta sin aviso, en las luces que parpadean como si estuvieran cansadas de existir. Todo aquí dentro suena a algo que se apaga sin hacer escándalo, como si desaparecer fuera un trámite silencioso.
Floto frente al panel de control. La señal de transmisión titila en rojo. Ya no intento repararlo. Ya hice todo lo que podía hacer un astronauta. Ahora solo me queda hablar como hombre.
Hijo…
Si alguna vez escuchas esto, quiero que sepas que no estoy grabando un informe. No me interesan las fallas técnicas ni trayectorias perdidas. Grabo porque tengo miedo de irme sin decirte la verdad… antes de que el sistema se apague por completo.
Afuera, el espacio es una oscuridad interminable salpicada de luces frías. Soñé toda mi vida con verlas de cerca. Imaginé que sentiría orgullo, que mi existencia tendría sentido en este lugar inmenso donde todo parece eterno. Pero no siento grandeza. Solo vergüenza.
Porque mientras yo flotaba entre estrellas muertas, tú crecías sin mí. Me perdí cosas pequeñas que ahora pesan como mundos: tu voz cambiando sin que yo lo notara, tu mano buscando la mía antes de cruzar la calle, esa costumbre tuya de quedarte dormido en el sofá esperando que yo llegara a casa.
Nadie me obligó a irme lejos. Me fui por voluntad propia. Me convencí de que estaba construyendo algo mejor para nosotros, de que el sacrificio tenía sentido, de que un día entenderías por qué tu padre prefería el cielo antes que quedarse a cenar.
Qué palabra tan sucia cuando se mira de frente: sacrificio. Yo no sacrifiqué nada. El que pagó fuiste tú.
La cabina pierde temperatura. El aire se vuelve áspero al entrar en mis pulmones. Las luces tiemblan otra vez, débiles, como si también se cansaran de resistir. El indicador de enlace parpadea, buscando una red que ya no responde.
Miro por el ventanal. El universo es hermoso, perfecto, intocable… y completamente incapaz de querer a alguien.
Ninguna estrella sabe mi nombre. Ninguna habría notado si yo no hubiera venido. Nada aquí arriba me necesita.
Tú sí.
Pero confundí necesidad con debilidad. Pensé que ser padre era proveer, no estar; que amar era prometer un futuro brillante, no sentarme en el suelo a escuchar historias interminables.
Siempre había algo más urgente: entrenamientos, informes, misiones, oportunidades que “no podía perder”. Y mientras tanto, perdía lo único que no regresaba: la infancia de mi hijo.
Qué fácil es aplazar el amor cuando uno cree que el tiempo es infinito. Qué brutal descubrir que no lo es cuando ya no queda regreso.
Las alarmas se han callado. Ni siquiera la nave intenta salvarme. Todo se rinde con una calma que quema hasta el alma.
Pienso en ti. No en ceremonias ni despedidas heroicas. Pienso en ti cada segundo: tu risa escapando desde otra habitación, tus pasos descalzos golpeando el pasillo, tu voz diciendo “mírame” mientras sostenías un dibujo torcido que para ti era perfecto.
Yo respondía “después”. Siempre después.
Y ahora entiendo algo que pesa más que este silencio: no hay éxito que compense un solo segundo perdido contigo.
Miro las estrellas otra vez. Pasé la vida queriendo alcanzarlas y ahora que están tan cerca que parecen rozar el cristal… no siento nada.
Porque las únicas luces capaces de darme calor no estaban en el cielo. Estaban en tus ojos cuando sonreías al verme llegar, en tu cara buscándome entre la multitud, en tus brazos levantados pidiendo que te cargara.
Yo me fui. Me fui tantas veces que un día te acostumbraste a mi ausencia.
Eso es lo que más duele: no que me hayas necesitado… sino que aprendieras a no hacerlo.
La energía se agota. La consola se reinicia sin éxito. La transmisión intenta sostenerse con pulsos débiles.
Hijo, no quiero que me recuerdes como un héroe. Los héroes salvan a los que aman. Yo solo supe irme.
Si alguna vez alguien habla bien de mí, déjalos. A veces las mentiras hermosas ayudan a vivir. Pero tú conoces la verdad: fui un hombre que cambió momentos irrepetibles por metas que ahora no significan nada; un hombre que entendió demasiado tarde que quedarse también era una forma de valentía.
Las luces fallan otra vez. La oscuridad avanza sin preguntar.
Y por primera vez en años no quiero mirar el universo. Quiero mirar la puerta de casa. Imaginar que entras corriendo, que todavía eres pequeño, que aún estoy a tiempo de elegir quedarme.
Pero no lo estoy. Y nadie escucha los arrepentimientos en el vacío.
Tengo frío, un frío que no viene del espacio sino de todo lo que ya no podré arreglar.
Quisiera despedirme con algo hermoso, pero la verdad no es hermosa.
La verdad es esta: te dejé solo cuando más me necesitabas.
Cambiaría todas las estrellas por una sola noche sentado al borde de tu cama viéndote dormir. Pero el universo no negocia y el tiempo no regresa por nadie.
Si esta señal logra salir antes del apagón total, quiero que escuches esto sin rencor.
Si alguna vez miras el cielo, no me busques en las luces. Búscame en la ausencia que se sentaba a la mesa, en la silla vacía de tus cumpleaños, en las noches en que preguntaste por mí y no estaba para responder.
Ahí es donde realmente me perdí.
La cabina se oscurece por completo. El aire ya es insuficiente. La transmisión se corta… regresa… se corta.
Hijo, perdóname por llegar tarde a todo.
Lo último que se apaga no es la nave. Es la esperanza absurda de que aún pudiera volver y encontrarte esperándome.

