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Las mujeres que la ciudad finge no ver

Foto: Santiago Mesa / El País

Tatiana Vega

Fundación U. Iberoamericana

Cuando cae la noche, algunas calles de Colombia cambian de rostro. En Medellín, en Bogotá, en Barrancabermeja, las luces de los postes iluminan las esquinas donde las trabajadoras sexuales esperan. Algunas caminan despacio, otras se apoyan contra una pared, mirando los carros que pasan.


La ciudad las ve, pero al mismo tiempo actúa como si no existieran. Durante el día, muchos las juzgan. Las llaman “mal ejemplo”, “vergüenza”, “pecado”. Pero cuando llega la madrugada, los mismos que señalan son, muchas veces, los que bajan la ventana del carro para preguntar un precio.


El negocio del sexo no nació de la nada. Existe porque hay demanda. Porque alguien paga. Porque alguien busca ese servicio. Sin embargo, la culpa siempre tiene el mismo rostro: el de la mujer que vende su cuerpo, no el de quien lo compra. En Medellín, las historias se mezclan con el ruido de la ciudad. En Bogotá, las avenidas nocturnas esconden vidas que pocas personas se detienen a escuchar. En Barrancabermeja, como en tantas otras ciudades, también hay mujeres que llegan a estas calles por necesidad, por falta de oportunidades o por circunstancias que nadie ve desde afuera.


También está el otro mundo: el de las llamadas prepago. Mujeres que no esperan en esquinas sino en apartamentos, hoteles o detrás de un número de teléfono. Cambia el escenario, cambian los precios, pero la lógica es la misma. Hay quien paga, hay quien compra.


Aun así, el juicio social se mantiene desigual. A ellas se les exige moral, dignidad, silencio. A ellos, casi nunca se les pregunta nada.


Detrás de cada una hay una historia: madres que sostienen a sus hijos, jóvenes que no encontraron otro camino, mujeres que intentan sobrevivir en un país donde las oportunidades no siempre alcanzan para todos.


Quizás el verdadero escándalo no esté en las mujeres que trabajan en la noche, sino en la hipocresía de una sociedad que consume el servicio en privado y condena a quienes lo ofrecen en público.


Las calles lo saben. Las luces de los postes también. Cada noche, mientras la ciudad duerme, ellas siguen allí, sosteniendo un negocio que muchos critican… pero que demasiados siguen buscando.

ISSN: 3028-385X

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