Licencia para dudar

Foto: Portafolio

Karla Sofía Mosquera
Universidad Autónoma de Occidente
Es bastante justo darse la licencia de pensar que la academia puede no tener todas las respuestas.
Y creo que decido darme dicha licencia, o bien, el permiso de pensar este manifiesto del espacio académico que por tantas décadas ha forjado el pensamiento de quienes hemos pasado, en algún momento de nuestra vida, por un aula de clase.
Creo que está bien pensar que la academia puede estar mal. ¿Y cómo puedo yo, una humilde estudiante universitaria -que al final termina beneficiándose de la academia para adquirir conocimiento y recibir su cartón-, tener la osadía de pretender anular la academia como única y suprema fuente del aprendizaje?
Se nos pinta la vida universitaria como una alejada de la costumbre que el colegio nos enseña a llevar. Y si bien se piensa la universidad como un escenario mucho menos esquemático –lo que significó para mi yo de 17 años la liberación definitiva de la prohibición de colores fantasía en el cabello-, la libertad que se ve en unos lados, bueno, nos la cobran por otros, tal vez menos notorios. Y sí, ya no hay uniforme que nos pese o estandarice de manera que todos parezcamos una fotocopia, ni manuales de “convivencia” que liguen de forma injustificada el aprendizaje de un estudiante por el color de cabello que lleva ni la cantidad de maquillaje que usa. Estas no son razones por las que en las universidades se nos suspenda, o como decimos popularmente, nos pongan a perder.
Sin embargo, la estandarización que antes obedecía al uniforme en el colegio ahora le pertenece a una de las figuras que, a mis ojos, resulta en el poema de amor más grande para todo estudiante de pregrado: su tesis. El trabajo de grado representa más que sólo una entrega. Es, en muchas ocasiones, la única oportunidad que tiene el estudiante para formular una pregunta y confiar dentro de sí que tiene la capacidad de responderla. Enteramente movilizados por la decisión de querer saber algo nuevo y responderlo, los estudiantes universitarios que nos enfrentamos (o ya nos hemos enfrentado) a la hoja en blanco para iniciar nuestro proyecto de grado nos adentramos en encontrar la respuesta a ese “yo quiero”. Nos representa, entonces, la capacidad de crear nuevo conocimiento. ¿Suponemos, pues… que la academia debe ser garante?
¿Cómo va a ser garante, si los proyectos que se encuentran en los repositorios de las facultades, aunque abundan, rondan en torno a lo mismo? Termina pareciendo más un asunto de responsabilidad que de pasión; que considero, debería ser el motor de todo estudiante al enfocarse en su vocación. No estaría correcto decir que la academia está siendo garante de la producción de nuevo conocimiento si en las áreas que nos atraviesan, hablando específicamente en el campo de la comunicación, siguen existiendo áreas grises.
Áreas grises que se vuelven más extensas cuando los proyectos se convierten en algo sistemático por encima de lo lógico, que le rinde pleitesía a la cantidad por encima de la calidad; lo que se traduce en la falta de respuestas para las disciplinas que nos están buscando. Y muchas de éstas son víctimas de la supresión que el sistema académico propaga, y que terminan por encontrarse fuera de los espacios de representación que todos mereceríamos tener en una sociedad, de la que tanto se hace gala por ser “pluralista”.
Es momento de empezar a replantearnos el conocimiento de un modo menos replicable. Tal vez le resulte más difícil a la academia evaluar tantos trabajos de grado distintos, pero es mucho mejor tomarse un poco más de tiempo en las asesorías y exposiciones, que seguir graduando cohortes que salen al mundo sin pensamiento crítico propio.
Hay que hacer valer ese cartón de grado desde el propio conocimiento.

