Quien siembra vientos, recoge tempestades

Foto: Tierney L. Cross / The New York Times

Bryan Torrado González
Universidad Abierta y a Distancia
Los hechos recientes en oriente medio vuelven a recordarnos una verdad tan vieja como vigente: en política internacional, los actos impulsivos nunca son gratuitos. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha reavivado una diplomacia de fuerza, basada en aranceles y presión. Pero los primeros resultados de esa apuesta ya están pasando factura al gobierno americano.
La operación militar de Estados Unidos en Venezuela, la cual terminó con la captura de Nicolás Maduro, fue presentada como una victoria de alto impacto. Sin embargo, más allá del espectáculo mediático, expuso un modelo de política exterior que vuelve a recurrir a la intervención militar, económica y comunicacional para desmantelar gobiernos que no encajan con la visión de Washington. Esta lógica, lejos de consolidar su liderazgo global, profundiza el descrédito y alimenta la idea de una potencia que actúa por encima de las normas que dice defender.
Esa misma estrategia ha encendido otro frente, esta vez mucho más delicado: el conflicto con Irán. La escalada iniciada tras los bombardeos de febrero ha llevado al estrecho de Ormuz al borde de una crisis mayor. El bloqueo naval ordenado recientemente por Trump no sólo busca aislar a Teherán; también amenaza la estabilidad energética mundial, especialmente la de Europa, que tras la guerra entre Rusia y Ucrania depende en gran medida del suministro del golfo Pérsico.
El resultado es un efecto búmeran. Estados Unidos pretendía imponer control descabezando la cúpula militar, política y religiosa Irani, pero terminó ampliando el conflicto. Irán respondió con amenazas y acciones militares fuertemente atacando bases militares de los EE. UU. e infraestructura energética árabe, tras el fracaso de las negociaciones en Islamabad. La desconfianza entre ambos bandos es total: días antes de los ataques, los iraníes aún buscaban una salida diplomática, pero la política de “máxima presión” de los EE. UU no disuadió a nadie y solo encendió la mecha de un conflicto de amplio alcance.
A todo esto,se suma un factor que agrava la situación y es el aislamiento de Washington: su deteriorada relación con sus aliados históricos, ha tensado la cuerda con Europa mediante tarifas, reproches, intervenciones a Groenlandia mediante un discurso que confunde que busca la imposición. Y hoy, cuando necesita apoyo internacional para sostener su estrategia en Oriente Medio, descubre que la solidaridad global no se decreta: se construye.
La situación ha tomado, además, un tono personalista. Los ataques del presidente al papa León XIV en plena crisis internacional fueron tan innecesarios como torpes. Reflejan una diplomacia guiada por el impulso y el efectismo, más que por una noción coherente del interés nacional. Incluso su “diplomacia digital”, ejercida a golpe de publicación en Truth Social, ha convertido la política exterior en un espectáculo permanente.
El fondo del problema es una idea equivocada de poder. La Casa Blanca parece convencida de que la fuerza garantiza obediencia. Pero en un mundo interdependiente, donde la economía, la energía y la seguridad están entrelazadas, esa visión es tan corta como peligrosa. Bloquear el estrecho de Ormuz —por donde pasa casi una quinta parte del petróleo mundial— no solo perjudica a Irán, sino también a Europa, Asia y al propio Estados Unidos.
Así, lo que empezó como una demostración de fuerza ha terminado en una crisis de alcance global. La potencia que durante décadas se presentó como garante del orden internacional hoy aparece cuestionada, aislada y desorientada.
La lección se escribe sola: ningún liderazgo puede sostenerse en la imposición ni en la confrontación permanente. Tarde o temprano, la política del desprecio y la fuerza genera consecuencias que se escapan del control de quien las desata.
Estados Unidos está pagando el precio de haber sembrado vientos de discordia global. En lugar de reafirmar su papel como potencia estabilizadora, se ha convertido en el epicentro de nuevas tormentas. Y el mundo, que antes giraba en torno a sus decisiones, comienza a moverse por su cuenta.
Quien siembra vientos, inevitablemente, recoge tempestades.

