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Retiro de los blancos

Foto: Bogotá Antigua

Juan Esteban Torioqui

Universidad de La Sabana

Mi tatarabuelo Lázaro tenía más o menos mi edad cuando fue reclutado para la Guerra de los Mil Días: apenas superados los diecinueve, todavía lejos de los veintitrés. Bajo la excusa «¡La Patria necesita hombres!», Papá Lázaro —que aún no era papá— fue arrancado de la casa de sus padres, en la vereda chocontana Retiro de los Blancos, sin saber si volvería con vida o si, simplemente, volvería.


Nunca he sabido de dónde vino el nombre del sitio. Tan retirado del pueblo no estaba, ni tan pálidos eran sus habitantes. Mi tatarabuelo, al menos, más que blanco era rojo por donde se le mirara: en su piel colorada, en su fuerza, en lo crepitante que suena su nombre al pronunciarlo en voz alta: José Lázaro Parra Riaño. No así en sus ojos ni en su consigna política, donde tendía al azul conservador, como muchos de ese lugar.


Durante mucho tiempo tampoco supe si tuvo hermanos o hermanas. Hoy sé que fueron al menos tres: José Cecilio, José Vicente Ferrer y María Lucía. Sé también que fue hijo de don Raimundo Parra Marín y doña Rosa Riaño Arévalo, y padre de cinco hijas y dos varones —de los cuales solo uno alcanzó la adultez—. Seis ramas de las que brotó una descendencia amplia, reconocible por el cabello con fugaces destellos dorados, los ojos claros —algunos estrábicos— y una persistente propensión a la hipertensión.


El joven Lázaro estuvo en la guerra apenas un mes: uno solo de los treinta y siete que duró el fuego. Le bastó. Después vinieron la deserción y la huida. No tengo por qué preguntarme las razones. Tampoco sé —ni importa demasiado— si llegó a entrar en combate. De lo que no me cabe duda es de que vio morir a otros: tal vez no por balas, sino por el desgaste lento de los cuerpos, a pesar del vigor propio de las edades tiernas de los soldados.


Lázaro regresó a Chocontá a pie. ¿Desde dónde? No se sabe. Lo cierto es que no fue un trayecto corto: tardó dos meses y medio en volver, más del doble de lo que había durado su paso por la guerra. Dos meses y medio para desandar una experiencia que, para él, había sido suficiente. Avanzaba despacio, por rutas largas y discretas. De noche se detenía donde podía: bajo un árbol, sobre una rama, en el suelo prestado del camino. Volvía sin permiso, con el cuerpo marcado por la marcha y los ojos heridos por el temor constante a ser atrapado y castigado.


Lázaro regresó sano y salvo, aunque no consiguió escapar de la muerte. A los pocos meses, hacia 1902, falleció su padre, Raimundo. Entre ese golpe y el momento en que formó su propia familia se abre una laguna silenciosa en la vida de mi tatarabuelo: años sin registro, sin relatos, sin fechas precisas. Un vacío que se extiende hasta finales de la década de 1910 o comienzos de la de 1920, cuando Lázaro volvió a anclarse al mundo a través del matrimonio.


Se casó con María Agustina Rodríguez Infante, hija de don Liborio Rodríguez Riaño y doña Mercedes Infante Garzón, latifundistas vecinos de la misma vereda, y blancos también a su manera particular: rostros redondos y pecosos, narices chatas, cejas largas y grueso cabello veneciano. De esa unión de tonos de blanco nacieron siete hijos: Rosa María, Ana Celia —mi bisabuela—, María Lucrecia, Lisandro, Enriqueta —la única a la que conocí en persona—, María Elena y Custodio. Cabe mencionar que, antes de ese matrimonio, Agustina había tenido un hijo natural, José Rodríguez, cuya paternidad nunca fue atribuida a Lázaro.


Qué más quisiera yo que afirmar que el matrimonio Parra-Rodríguez fue una unión próspera, apenas salpicada por uno que otro disgusto. Pero no debo maquillar los hechos. Así como a mí me puede el rigor histórico, a mi tatarabuelo Lázaro le pudo la tentación, y acabó envuelto en un amorío con una de sus cuñadas, cuyo nombre desconozco.


Estoy seguro, sin embargo, de que no fue con su cuñada Aura María, alma bendita: mujer de constante persignación, tan devota que no llegó a casarse ni a tener descendencia. Murió bien soltera, en 1990, a una edad avanzada, encogida como una canastica —en palabras de sus sobrinos-nietos—, quizá de tanto inclinarse sobre el rezo.


María Agustina, en cambio, era una mujer de armas tomar y, al descubrir el secreto de su esposo, lo echó de la casa sin hacer de tripas corazón, yendo en contra de todos los valores morales tradicionales, católicos, apostólicos y romanos de la época. Aquella decisión, sin embargo, le traería discusiones años más tarde con su hijo menor, Custodio, quien era más afín al rigor moral tradicional, católico, apostólico y romano de su tía Aura María.


Antes de que mi tatarabuelo Lázaro fuera echado de la casa cual perro, la familia Parra-Rodríguez gozaba de abundancia en casi todo, salvo en hombres. A Lisandro, el primer hijo varón de la familia, lo mató un caballo de una patada cuando no pasaba de los trece años. Así, Custodio quedó como el único varón del linaje, haciendo honor a su nombre: custodio involuntario de una estirpe que parecía resistirse a perpetuarse por línea masculina.


Lázaro, por su parte, pasaba buena parte de la vida fuera del hogar. Su oficio de arriero lo obligaba a ausencias frecuentes. En palabras de sus nietos, «era un comerciante ni el berraco». Dueño de su propia recua, Lázaro transportaba mercancías de pueblo en pueblo. En una que otra ocasión se llevaba consigo a alguna de sus hijas, niñas aún, que muchos años después recordarían esas travesías con una nostalgia tibia: el paso lento de las mulas, las noches al raso, el rumor del monte y la sensación extraña y feliz de estar lejos de casa sin haber salido del planeta.


Si hubo algo que las hermanas Parra-Rodríguez jamás evocaron con añoranza, fueron los castigos de su madre. La severidad de Mamá Agustina no se agotaba en el conflicto con su esposo. Cuando hacía falta, ataba a sus hijas con los brazos en alto a una viga de la casa y allí les descargaba el respectivo castigo a fuerza de azotes. Era una pedagogía del rigor, heredada y ejercida con la convicción íntima de quien cree que el orden se imprime en el cuerpo. En cambio, Papá Lázaro discutía con su esposa por esos castigos. En una época en la que el golpe era lengua común y la autoridad se afirmaba a fuerza de miedo, él parecía inclinarse por otra forma —más silenciosa, menos contundente— de estar en el mundo, de amar.


Esa diferencia con Agustina no lo convertía, sin embargo, en un hombre complaciente. Años más tarde, cuando todas sus hijas estuvieron ya casadas, Lázaro persistía en un descontento no tan silencioso frente a sus yernos, a quienes nunca juzgó suficientes. Para él, solo príncipes eran dignos de sus hijas; pero en la Cundinamarca rural de la primera mitad del siglo XX no abundaban tales figuras, y la vida —ajena a sus expectativas— terminó por imponerle cinco yernos mucho más terrenales de lo que su orgullo de padre estaba dispuesto a aceptar.


José Lázaro nació el 16 de diciembre de 1880, en Chocontá, y fue sepultado en su municipio natal el 17 de diciembre de 1942, apenas un día después de cumplir sesenta y dos años. Trece años y cuatro días más tarde se le sumó María Agustina, víctima de un infarto, el 21 de diciembre de 1955. Así, incluso en la muerte, el calendario volvió a reunirlos en diciembre, como si este mes de ausencias, regresos y cierres hubiera sido siempre suyo.

ISSN: 3028-385X

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