Soacha sin fronteras

Foto: Alcaldía de Bogotá

Sebastián Ríos Orjuela
Escuela Superior de Administración Pública
Cuando hablamos de crecimiento demográfico descontrolado en Colombia, varios municipios podrían mencionarse. Sin embargo, Soacha se ha convertido en el caso emblemático que aparece una y otra vez en ensayos, tesis y noticias.
Este municipio al sur de Bogotá lleva décadas siendo el principal receptor de desplazados, tanto nacionales como extranjeros. Desde los años ochenta se transformó en el epicentro de la construcción ilegal de viviendas. Más de cuarenta años después, el panorama no ha mejorado para aquel pueblo que, casi sin darse cuenta, se convirtió en ciudad.
Soacha era originalmente un municipio industrial rodeado de haciendas, con un pequeño centro urbano. En 1973 apenas superaba los 40.000 habitantes. Pero con la consolidación de las localidades del sur de Bogotá y el primer gran desplazamiento causado por el déficit económico del país, su nombre empezó a resonar entre quienes llegaban a la capital en busca de un mejor porvenir.
No se hizo famoso por ofrecer vivienda más barata ni por su cercanía con Bogotá, sino por tragedias que lo pusieron en el mapa nacional: el asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán y el atentado al avión de Avianca que cayó en su territorio.
Durante los años noventa y principios de los 2000, entre procesos de paz fallidos, una nueva Constitución y miles de desplazados por la violencia, Soacha ganó peso político y vio cómo su población explotaba. Los desplazados colonizaron el territorio como parches: barrios como Altos de Cazucá, La Despensa o Ciudadela Sucre crecieron de forma desbordada. Para inicios del nuevo milenio, la población ya rondaba los 300.000 habitantes.
Compartir, San Mateo, Soacha Centro y La Despensa desarrollaron sus propios centros urbanos. Años después, esa fragmentación se traduciría en la desarmonía que hoy genera trancones eternos y fronteras invisibles cargadas de problemas sociales.
Fue entonces cuando aparecieron los famosos “tierreros”: personas inescrupulosas que compraban (o robaban) terrenos rurales, los loteaban ilegalmente y los vendían para la nueva urbe. Así, el límite gris de la ciudad empezó a devorar territorios que nunca estuvieron previstos para el uso urbano.
Pero no solo hay que culpar a los tierreros. Desde 2007, sin actualizar el Plan de Ordenamiento Territorial (POT), se han aprobado proyectos de vivienda VIS y VIP, y macroproyectos como Ciudad Verde, Hogares Soacha, Campestre, Ciudadela Zue, El Vínculo o Maipore. Estos han acelerado aún más el crecimiento. En 2018, Soacha superó los 800.000 habitantes y pasó a categoría primera (aunque la administración municipal insistía en que eran muchos más).
Hoy, en 2026, con proyecciones que superan los 850.000-870.000 habitantes, el municipio inicia el estudio de un nuevo POT, porque el anterior —de hace 26 años— está completamente obsoleto. Y aquí viene la pregunta incómoda: el nuevo POT parece más contingente que propositivo. Reacciona ante lo que ya está desbordado en lugar de proponer un desarrollo ordenado y sostenible.
El crecimiento urbano propuesto incluye varios kilómetros de la vereda Bosatama (Corregimiento 2) como nueva zona de expansión. Uno se pregunta: ¿hay servicios públicos para tanta gente? El sistema Chingaza, que cubre el 97 % del territorio de Soacha (y gran parte de Bogotá), ya muestra signos de insuficiencia. Mientras tanto, el embalse Terreros —que debía servir para el acueducto interno— se convirtió en un pozo de aguas negras estancadas, vecino de barrios como Rincón del Lago, Cazuca, Brisas (arriba de Cazuca) o Bella Vista, donde ni siquiera funciona el alcantarillado.
Los apagones son cotidianos. La red eléctrica no da abasto y cualquier consumo extra genera cortes sectorizados. A esto se suma la crisis de los bomberos voluntarios y oficiales, olvidados por administraciones sucesivas y con capacidad insuficiente para enfrentar los riesgos de una ciudad que ya supera el millón según estimaciones locales.
También surge la pregunta sobre el empleo: el nuevo POT no contempla zonas suficientes de oficinas o industria. Propone zonas mixtas que fácilmente se convierten en más apartamentos, y una pequeña área industrial que apenas se acomoda a las islas existentes (como Cazuca o la criticada zona de Compartir, donde en 2024 explotó parte de la empresa Pirotécnicos El Vaquero). Soacha crece más allá de sus capacidades. La presencia del Estado se queda corta y la deuda histórica de Colombia con este territorio se hace cada vez más evidente.
La administración municipal, en lugar de reducir brechas, parece alineada con los concejales de turno para seguir abriéndolas. Si analizamos cada decisión, surgirían tantas preguntas que se necesitaría un libro entero para responder el ¿por qué? El esquema de trabajo de Soacha no es propositivo, sino reactivo: un plan de contingencia ante necesidades que ya se saben inevitables.
Mientras los límites del POT son claros sobre el papel, no lo son para los tierreros, que siguen loteando veredas como Tibanica, Chacua Alta y Los Manzanos, generando conflictos fronterizos con Bogotá que la administración ignora por falta de herramientas.
Soacha no tiene recursos, pero anhela más crecimiento. No tiene transporte adecuado, pero quiere más vías. Carece de parques, pero sueña con zonas verdes. No genera suficiente dinero, pero tampoco lo administra bien. Se ha condenado a ser una ciudad dormitorio, aunque sus líderes lo nieguen. Trabaja según los designios de la capital, mientras su población —que según muchos ya supera el millón y la ubica como la sexta o séptima ciudad más grande del país— sigue buscando su porvenir al otro lado de la frontera invisible.
Permeada por la aculturación y sus propios conflictos, lo que podría ser una “ciudad de 15 minutos” en camino a convertirse en distrito propio actúa, en la práctica, como una localidad más de Bogotá: independiente en deseos políticos, pero dependiente en todo lo demás. Y sigue creciendo desbordadamente, como si nadie regulara sus fronteras.
¿Planeamos para mejorar o para contener?
Porque seguir creciendo sin fronteras no es progreso… es simplemente descontrol disfrazado de desarrollo.

