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Soy callejero…

Foto: Son Callejero

Julieta Gaviria Velásquez

Universidad de los Andes

Se repite, se afirma, se sostiene. No es solo un coro: es una forma de decir “aquí sigo”.


En Bogotá, la música está en todas partes. En el TransMilenio, en las esquinas, en el apuro de los pasos. Pero hay un lugar donde la música no es solo fondo: es redención. La calle.


Ahí nació Son Callejero.


No como una banda, al menos no al principio. Nació como un hallazgo. Hace dieciséis años, Darío Cabrera llegó a los hogares de paso del distrito como tallerista de música. Iba a enseñar, pero terminó escuchando. Entre sesiones y ejercicios, empezó a notar algo inesperado: no eran solo personas en situación de calle, eran músicos.


La calle no los había hecho músicos; los había interrumpido. Estaban talentos como Saulo Sánchez, Edgar Espinosa y Alberto “El Halcón” Puello, todos de gran experiencia y trayectoria en grupos como Niche, Guayacán, Fruko, Los Titanes, El Nene y Sus Traviesos y la orquesta de Henry Fiol.


Armar la banda no fue un acto romántico. Fue un proceso incómodo, irregular, lleno de tensiones. “Es complejo trabajar con músicos y aún más lo es cuando se trabaja con músicos callejeros. Independiente de su condición de músico, hay unas conductas arraigadas a la calle que no permiten que esa dinámica sea como tan chévere en algunos momentos. Pero logramos establecer unas dinámicas”.


Los martes eran de descarga: improvisar, cantar, probar. Cada uno llegaba con lo que podía, con lo que traía. Los jueves, ya con esa descarga previa, empezaban a crear. “Se fue formando como una manera muy particular de la convocatoria, entender cómo venían, entender si habían consumido mucho o poco y paulatinamente fuimos allí como exigiendo algunas condiciones para participar en Son callejero y una de ellas era que no podían llegar consumidos”.


La musa de sus canciones sin duda han sido las vivencias en la calle. En esos ensayos se crearon canciones como “Veneno infernal”, que habla de la tragedia del consumo en un ser humano; “Soy callejero”, que es una mirada jocosa de un habitante de la calle a su cotidianidad, y “la Navidad en mi casa”, que habla de la añoranza por regresar en Navidad con su familia.


Con el tiempo, esas dinámicas cambiaron. “Antes había que tener un filtro de ver cómo estaba la condición del personaje, cómo había estado el nivel de consumo, las situaciones que siempre presentan, las manipulaciones que no faltan, pero ya eso es historia. Son Callejero ha logrado trascender, porque ellos han querido y porque han puesto de su parte. Y lo que pasa es que ya son cuchachos, ¿no? Algunos ya tienen más de 67 años”.


Darío ha sido más que un director; es un testigo de transformaciones profundas. Dos de ellos dejaron el consumo, pero todos empezaron a reconstruir hábitos. “Otro detalle que para el común denominador del mundo entero puede ser una cosa hasta risible es que nosotros nos sentimos muy orgullosos de que nuestros callejeros, cada uno, tenga celular y que ya nos podamos comunicar por WhatsApp. El proyecto aún no termina. Son Callejero sigue soñando. Después de más de 15 años de trabajo, este colectivo musical se mantiene como una propuesta única en el mundo. No hay un proyecto como Son Callejero en ninguna parte del mundo. Por tanto, es un motivo de orgullo, pero también un motivo de llamar la atención”.


Ahora el proyecto también mira hacia afuera. En su casa-taller, buscan enseñar. Que niños y jóvenes encuentren en la salsa o en la música en general  una alternativa antes de que la calle se convierta en destino. “Le logramos transmitir a los niños la enseñanza y ellos la reciben de tal manera que nos obliga a continuar gestionando para mantenerlo porque para muchos de ellos Son Callejero es su único aliado, la única posibilidad real de cambiar sus vidas”.


No siempre hay apoyo. No siempre hay recursos. Pero cuando el proyecto ocurre, deja huella. Su director aspira que su labor sea reconocida por instituciones públicas, empresas privadas y actores del sector cultural y artístico para que el valor de lo que han construido no pase desapercibido. “Yo no pensé cuando arrancó Son Callejero que los mismos músicos iban a estar tanto tiempo. Da un indicio del carácter resiliente de estos músicos de dar la pelea independientemente de cómo se encuentren”.


Y mientras haya alguien dispuesto a escuchar, Son Callejero seguirá sonando. “Y nada, que nuestros viejos demoren, que el proyecto demore en esta vida, y bueno, que estemos vigentes”.

ISSN: 3028-385X

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