¿La historia vuelve a llamar a la puerta?

Foto: EFE - Ángel Colmenares

Bryan Torrado González
Universidad Nacional Abierta y a Distancia
Mirar por el retrovisor histórico nunca es un ejercicio inocente. A veces, el pasado no solo sirve para encerrarnos en la tristeza y la alegría, sino para advertirnos de los peligros que reaparecen bajo nuevas formas. La guerra en Ucrania, el rearme europeo, la creciente inestabilidad en Medio Oriente y las tensiones en Asia devuelven al mundo una pregunta inquietante: ¿estamos entrando en una nueva era de confrontación global?, ¿Estamos a un paso de la aniquilación global?
Desde la invasión rusa a Ucrania en febrero de 2022, Europa volvió a descubrir que la guerra no era solo una posibilidad lejana, sino una realidad capaz de alterar el orden político, económico y militar del viejo continente. Ucrania ha resistido más de lo que muchos pronosticaban, gracias en buena medida al apoyo militar y financiero de Occidente. Sin embargo, esa resistencia no ha disipado el miedo, sino que ha revelado otra fragilidad: la dependencia europea de Estados Unidos y la incertidumbre que genera el liderazgo errático de Donald Trump, un presidente que ha puesto en duda, en más de una ocasión, el compromiso norteamericano con la OTAN.
Esa duda no es menor. Cuando una alianza construida para garantizar estabilidad comienza a verse como un vínculo frágil, el continente entero se replantea su seguridad. Y en ese replanteamiento aparece una vieja tentación: el rearme. Alemania, por ejemplo, ha anunciado recortes significativos en su gasto social para financiar una ambiciosa modernización militar. La intención puede presentarse como una medida de defensa, pero también abre una inquietud histórica inevitable: ¿qué ocurre cuando una potencia económica y con pasado cuestionable decide convertir su fuerza nuevamente en poder militar?
La respuesta no puede separarse de la memoria europea. Las grandes guerras del siglo XX no surgieron de un día para otro. Fueron el resultado de resentimientos acumulados, nacionalismos exaltados, crisis económicas y liderazgos que transformaron la frustración en agresión. Tras la Primera Guerra Mundial, el castigo impuesto a Alemania alimentó un clima de revancha que facilitó el ascenso del nazismo. Italia, bajo Mussolini, convirtió el expansionismo en doctrina. Japón hizo de la expansión territorial una estrategia imperial. El desastre global no fue una casualidad: fue una acumulación de tensiones que nadie quiso detener a tiempo.
Hoy no vivimos exactamente el mismo escenario, pero sí uno inquietantemente parecido en sus pulsos más profundos. La guerra en Ucrania, las tensiones entre Irán, EE. UU. e Israel, el conflicto estratégico sobre Taiwán y el avance de fuerzas ultranacionalistas en distintas regiones del mundo revelan un patrón que debería preocuparnos: el debilitamiento de los consensos democráticos y el retorno de discursos que exaltan la fuerza, la identidad cerrada y la confrontación como forma de poder.
En ese contexto, el ascenso de la extrema derecha en Europa merece especial atención. En Alemania, la AfD se ha consolidado como una fuerza creciente, alimentada por el malestar social, la crisis migratoria y el desencanto con las élites tradicionales. La posibilidad de una Alemania más militarizada, y eventualmente más permeable a ese tipo de discurso, no es un asunto menor. La historia enseña que cuando el poder económico se combina con pulsiones nacionalistas, el riesgo deja de ser teórico.
Por eso, más que preguntarnos si la próxima guerra mundial es inevitable, conviene formular otra pregunta: ¿estamos haciendo lo suficiente para impedir que los viejos errores vuelvan a organizar el mundo? Porque los fantasmas del pasado no regresan solos. Vuelven cuando la diplomacia se debilita, cuando la moderación pierde prestigio y cuando demasiados actores creen que la fuerza puede reemplazar la política.

