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¿La primera mujer presidenta? No en nombre de las feministas

Foto: Chelo Camacho / El País
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Natalia Vélez Merchán

Universidad del Valle

Hay algo que muchas feministas en Colombia hemos soñado con insistencia: ver a una mujer ocupando la presidencia de este país como señal de ruptura histórica. Como posibilidad real de que la política deje de estar monopolizada por hombres que legislan sobre nuestros cuerpos, nuestras vidas y nuestras libertades desde la distancia, la arrogancia y la impunidad. Sin embargo, hoy ese sueño parece estar siendo utilizado como estrategia de mercadeo.


Paloma Valencia, candidata presidencial del Centro Democrático aparece en el escenario electoral como una supuesta “novedad histórica”: una mujer que podría convertirse en la primera presidenta de Colombia. Su candidatura intenta presentarse como un triunfo para las mujeres, como un avance para la democracia, como una señal de modernidad. Pero no toda mujer en el poder representa una victoria para las mujeres. No toda mujer en la presidencia significa, necesariamente, un avance para los derechos y las garantías de las mismas.


Como feminista, me niego a celebrar una candidatura solo por su género, cuando su proyecto político se construye sobre la negación de la autonomía corporal y la deslegitimación de luchas que han costado vidas, exilios y violencia. La representación política no puede ser una cortina de humo. Una presidenta antiderechos no es un logro: es una contradicción histórica.


En una de sus últimas entrevistas, Paloma Valencia afirmó que el acceso al aborto no debería ser considerado un derecho. Con una frase, intentó deshacer años de movilización social y jurídica, pasando por encima de la sentencia C-055 de 2022, en la que la Corte Constitucional despenalizó el aborto hasta la semana 24. Esa decisión fue el reconocimiento mínimo de que las mujeres no podemos seguir siendo tratadas como incubadoras obligadas, ni como ciudadanas de segunda categoría cuyo cuerpo debe ser administrado por el Estado.


Negar el aborto como derecho es negar el derecho a la salud, a la dignidad, a la vida libre de violencia. Es negar la realidad de miles de mujeres pobres que han muerto o han sido criminalizadas por abortar. Es insistir en que el castigo es política pública.


Lo más irónico del panorama es que su fórmula vicepresidencial es un hombre abiertamente homosexual, lo cual podría ser leído como un gesto de “diversidad” o “apertura”. Sin embargo, Paloma Valencia también ha expresado su oposición a la adopción por parte de parejas homosexuales. En otras palabras: utiliza la imagen de la diversidad, pero no está dispuesta a reconocer sus derechos.


Lo que nos deja una diversidad de vitrina. Un símbolo sin justicia. Un gesto calculado para mostrarse moderna y moderada mientras sostiene la misma estructura conservadora que históricamente ha negado derechos fundamentales a las personas LGBTIQ+.


Y como si esto no bastara, Paloma Valencia afirma que no es feminista, porque, según ella, el feminismo es un movimiento de izquierda y ella no es de izquierda. Esta afirmación, más que una postura política, es una simplificación peligrosa: reduce el feminismo a un eslogan partidista, desconociendo que el feminismo no nació como “moda ideológica”, sino como respuesta histórica a la exclusión, a la violencia y a la desigualdad estructural. El feminismo es una lucha por la vida.


Y quien se opone a la autonomía corporal, al derecho a decidir, al reconocimiento de las diversidades y a la igualdad sustantiva, no está simplemente “en otro espectro político”: está sosteniendo un orden que necesita que las mujeres permanezcan subordinadas.


Nos quieren vender una presidenta mujer, como si eso bastara para hablar de progreso. Pero lo que se nos ofrece es una mujer que no defiende a las mujeres. Una mujer que podría gobernar desde el mismo proyecto que históricamente nos ha callado, controlado y castigado. Una mujer que, en lugar de abrir puertas, podría cerrar conquistas. Y ahí está el punto: el patriarcado también sabe vestirse de mujer. Porque la presidencia no es un símbolo vacío. Y la historia no se escribe solo con identidades, sino con decisiones políticas concretas.


Yo también quiero una presidenta. Pero no una presidenta que niegue el derecho a decidir. No una presidenta que use la diversidad como estrategia mientras sostiene discursos de exclusión. No una presidenta que renuncie al feminismo como si renunciara a una etiqueta incómoda.


Quiero una presidenta que no nos gobierne desde el castigo moral, sino desde la justicia. No quiero una presidenta mujer a cualquier precio. Y definitivamente no quiero que ese precio sea nuestro cuerpo.

ISSN: 3028-385X

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