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¿Qué queda después del amor?

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Daniela María Pérez

Universidad del Magdalena

Te quiero y es extraño admitirlo porque no me emociona la idea de una vida juntos. Ni me llena de alegría cumplir aquellas promesas que escribí entre pedazos de papel. Tampoco te pienso lo suficiente como para decepcionarme por no poder compartir cada parte de mi ser contigo. Entonces, ¿por qué vienes y te vas? Hay noches en las que tu ausencia perturba mi alma. Te lo dije repetidas veces, ya está, terminó. Deja de aparecer en mis sueños para desordenar mis mañanas.


Fue una profecía. Eso dijo mamá. Sin pretendientes ni intereses amorosos solo quedaba una opción y, para mi infortunio, acababa de asomar su rostro con una enorme sonrisa. ¿Qué era? ¿Idiota o ingenuo? Quizá le sobraba confianza porque no dudó en tomar mi mano y atraer mi cuerpo hacia el suyo. El corazón me apretujaba el pecho. Parecía bailar de la emoción. Quedé muda por un nudo en la garganta. Lloré mientras caminaba después de zafarme de su agarre. Lo irónico sucedió después. Me quedé ahí, esperando que me siguiera. Esperándolo con la excusa de dejar mi postura clara.


Es innegable, odiaba la idea de volver a empezar. La incertidumbre de llevar nuevamente una relación confundía mis ánimos. A veces dolía. Sus disculpas llegaron tarde. Si me lo preguntan, debía perder la memoria para aceptar su presencia en un radio de diez metros. Hay momentos en los que nada de eso importa y me pongo a pensar más de lo que debería y luego estoy aquí, cruzando los dedos para que me elija. ¡Ridícula! Digo, la decisión fue mía, esas palabras salieron de mi boca. Me enferma, es casi la medianoche y estoy llorando por algo que sucedió hace 11 meses, 20 días, 23 horas, 39 minutos y 7, 8, 9, 10 segundos. ¡Estúpido sueño! Detesto recordarlos al despertar.


En el centro comercial, aprecié una cara conocida, me acerqué fingiendo una sonrisa para saludarlo por unos minutos. ¿De quién era el bebé? No tengo ni idea. Da igual, necesitaba un escudo y esa criaturita era perfecta. Cargué al niño en mis brazos con la intención de alejarlo. Sencillo, al verlo caminar hacia mi dirección, fingí demencia, rechazándolo por un bebé que acababa de conocer. Se fue resignado. Al rato llegó una señora extendiendo los brazos hacia el bebé que lloraba. Caminé hacia el estacionamiento sola. Mi mente seguía nublada. Me escurría moco por las fosas nasales. Perdí la audición. Me temblaban las manos. Cerré los ojos intentando regularme. Pensé evaporarme. Oré para que eso sucediera.


Él estaba bastante bien. Sus ojos retomaron el brillo. Parecía un cachorrito que movía su colita entre la multitud. Consiguió amigos mientras yo perdía a los míos. Sola e insegura, no me cabía en la cabeza esta nueva realidad. Ajena y lejana.


—¡No entiendo! Ya no estoy segura de nada. Sea lo que sea que sienta por él, me pesa. Mi corazón está triste. El futuro se ve tan, tan… —hice una pausa para secar las lágrimas— ¡tan devastador! —iba caminando junto a mi hermano y de la nada empecé a reír—. ¡¿Cómo carajo se supera a una persona?! ¡Uh! Ya pasó un buen de tiempo y aún sigo desmoronándome, ¿me explico?


—Fácil. Toma la decisión. No puedes seguir aferrada a algo que te lastima. Te comerá viva —se detuvo al percatarse de que hice una pausa subiendo la loma que llevaba a la casa.


—Jamás voy a poder superarlo en esta vida —expresé al llegar a su lado.


—No digas eso…


—¡Es la verdad! Es que, si no lo conociera, créeme que, si me lo topara por ahí podría fácilmente volver a gustarme. Es alto, gracioso, trabajador, se viste bien, huele rico, tiene una bonita sonrisa. Cualquier chica lo vería como un buen partido, se acercaría a él, se enamorarían y se casarían —la noche empezaba a refrescar.


—Vuelve con él entonces —abrió la reja del conjunto dejándome pasar primero.


—¡No es tan simple! El punto es que yo me acerqué primero y siempre ha sido así. Soy la loca obsesionada que siempre da el primer paso cuando le gusta alguien. Nadie en mi puta vida ha intentado conquistarme y eso me deja claro que no soy lo suficientemente atractiva o interesante para que se arriesguen por mí. Acabo de recordar algo, el otro día me culpó, porque ajá, como me gustó primero, simplemente me acerqué y luego terminamos. Pero, ¿sabes una cosa? Sus palabras me traumaron, así que me prometí no volverlo a hacer. Es absurda la situación. Pa’ remate no me ha gustado nadie después de él. Da igual, me quedaré sola sin poder tener un bebé.


—Y yo pensando en presentarle a alguien —dijo entre risas esperando que sacara las llaves del bolso para abrir la puerta.


—¡No te atrevas!


Algunas pérdidas son ineludibles. Otras nos dejan la sensación de ser fácilmente reemplazables. Y luego están las que ilógicamente succionan el amor. Entonces, ¿qué nos queda después del amor?

ISSN: 3028-385X

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