(Bien)estar universitario

Foto: Cambio

Karla Sofía Mosquera
Universidad Autónoma de Occidente
Hablar de la semana de inducción es hablar de una temporada en la vida de todo primíparo en la que probablemente haya hecho sus primeros amigos, participado en actividades de integración y conocido al equipo que acompañará, de forma comprometida y responsable, el proceso de cada estudiante, desde el momento en el que se confirma la primera matrícula hasta el día que el birrete vuela anunciando el egreso de una promoción; y creo que en estas actividades iniciales, la que más recuerdo es la presentación de la dependencia de Bienestar Universitario, quienes hacen gala de las amplias posibilidades que tienen los nuevos estudiantes para involucrarse en espacios por fuera del académico.
Bienestar Universitario se presenta como el paraíso de todo estudiante infeliz o frustrado, que en su discurso apela a todos los sueños no cumplidos o espacios no encontrados en el colegio; en donde se brinda la oportunidad de ampliar la vida universitaria por fuera de las responsabilidades académicas. Pero, ¿qué tanto de este modelo es realmente bienestar?
Mi paso por la universidad, en conjunto con mis experiencias vividas en torno a la música y la cultura, me llevaron a interesarme por la cantidad de talleres que ofrecía la dependencia; y tal vez mi caso sea considerado un éxito, cuando menos. En el primer semestre, ya era una de las voces de la orquesta de música de cámara. En segundo, comencé en el coro universitario -del que aún soy parte, a mucha honra- y en cuarto, fundé una banda femenina con otras 3 amigas y un profe que tuvo fe en nosotras. Sin embargo, más que hablar de la trayectoria, hay algo que todos estos espacios garantizaron en la feria universitaria que se organiza a inicios de semestre: representación. El sentido identitario del estudiante da la sensación de estar fragmentado. Al hacer parte de una comunidad tan grande (y sectorizada entre sí), trata de encontrar su lugar en medio de la cantidad de personas que se cruzan en los pasillos todos los días; y creo que al final este es el objetivo de los programas diseñados por Bienestar. El problema ocurre cuando estos espacios -que aún existen y buscan mantenerse fuertes en su interior- son despojados del sentido de representatividad que a través de estos puede brindarse. Porque los estudiantes de los talleres deportivos representan a la Universidad en competencias con indumentaria limitada o sin ella, recogiendo fondos entre los mismos estudiantes para hacer parte de las justas a las que son invitados. Los estudiantes ganadores de los festivales internos, que por su triunfo ganan la oportunidad de representar a su Universidad en el festival regional universitario de ASCUN -en donde participa gran parte de las universidades del Suroccidente Colombiano- son avisados, de una forma intempestiva y casi robotizada, que el espacio de representación que les correspondía ya no estará disponible. “La universidad no va a enviar representantes”, sin más.
Los estudiantes que pertenecemos a estos espacios estamos condicionados a participar en las actividades dentro la Universidad bajo las condiciones que da la Universidad, al punto en el que pareciera que no quisieran catalizar sus talentos en Bienestar, porque al final, ¿de qué le sirve a la Universidad que su nombre se mantenga firme y bien representado por las delegaciones de estudiantes que hacen parte de estas actividades, tal vez sin estar relacionadas a lo que están estudiando?
De hecho, Bienestar se enfrenta, o más bien sobrevive, a las condiciones presupuestales en las que las instituciones de educación superior caminan ahora; en donde se prioriza más la capacidad productiva, saber académico y producción científica por encima de los espacios que pueden contribuir al desarrollo integral del estudiante, para que éste deje de ser reducido al 3,5 que sacó raspando, o al “Aprobado” de su anteproyecto de investigación, o al certificado de participación de un foro nacional. Porque al final, sirve más que la academia figure como factor diferenciador de una institución de educación superior, cuando sus resultados pudieron haber sido a costa de la salud mental de sus estudiantes. ¿Por qué, entonces, no acceden a los espacios de bienestar? ¿Cómo, si no encuentran una plataforma en la cual sentirse representados?
Pensar en el término “Bienestar Universitario” como algo que se cumpla en el entorno del estudiante resulta más una realidad imaginaria que ocurre en la mente de quien elige creerlo. Porque al final, el problema no se remite a los talleres; todo hace parte de una privación a la representación en espacios por fuera del que el estudiantado habita, que al final, lleva a construir ese sentido de pertenencia del que últimamente las generaciones venimos tan desconectadas. Y esto sólo terminará el día en el que se considere al estudiante como un ser pensante, que viene a la universidad a afirmar su propósito de vida y hasta su identidad misma; que aprende a descubrirse en todos los aspectos de su vida, hasta la forma en la que se siente representado. Si bien esta no parece ser una prioridad para la academia de hoy, que privilegia lo productivo y sacrifica lo integral, sueño con el día y elijo creer en la realidad imaginaria en la que el paréntesis deje de adornar la palabra (Bien)estar.

