90 minutos con el líder de “Blue Rain”

Foto: Juan Diego Fuentes

Juan Diego Fuentes
Universidad Minuto de Dios
En el imaginario colectivo, las barras bravas suelen aparecer asociadas a la violencia, el desorden o el miedo. Sin embargo, detrás de los bombos, los cánticos y las tribunas teñidas de azul, existen historias que intentan romper con ese estigma. Historias atravesadas por la pasión que resignifican el territorio, la identidad y también por profundas realidades sociales.
Jhonattan Beleño, líder de la barra Blue Rain, habla con tranquilidad sobre lo que significa ser barrista en Bogotá. Su relato se aleja del estereotipo del hincha violento y se acerca más a la experiencia de un ciudadano común que encontró en el fútbol una forma de vida y de construcción colectiva.
“La vida de un barrista es como la vida de un ciudadano normal, pero con un tinte de una pasión que va más allá”, afirma. Mientras habla, deja claro que detrás del rol que desempeña dentro de la barra también existen responsabilidades cotidianas; es padre de dos hijos, trabaja, estudia y comparte con su familia. Pero en los espacios libres de su rutina aparece el compromiso con la organización que representa.
Para Beleño, el barrismo no es únicamente asistir a un estadio. Se trata de un vínculo emocional y simbólico que transforma la manera en que muchas personas entienden su identidad. El cuerpo, por ejemplo, se convierte en una extensión de esa pertenencia; los tatuajes, cicatrices, camisetas o símbolos relacionados con el fútbol funcionan como una memoria viva.
En su cuerpo lleva tatuado a su gran amor, explica. “Las personas que son simpatizantes de un club seguramente van a tener alguna memoria en su ser simbolizando al fútbol. Eso hace parte de la cultura y el arte”.
Su manera de describir el estadio también rompe con la narrativa habitual alrededor de las barras. Lo compara con un templo espiritual, un lugar donde las personas liberan emociones acumuladas por la rutina diaria. Allí se dice, se grita, se canta y se llora. Allí muchos encuentran un espacio de desahogo.
“Nosotros esperamos ocho o quince días para poder ir a ver fútbol”, manifiesta. “Es un espacio donde las personas sueltan todas sus emociones. Sirve mucho para el diario vivir de cada uno”.
Pero la conversación cambia de tono cuando habla sobre las realidades sociales que atraviesan muchos sectores vinculados al barrismo. Beleño reconoce que existen problemáticas complejas relacionadas con la drogadicción, la violencia y las condiciones de pobreza que afectan a numerosos jóvenes en los barrios periféricos de Bogotá.
“No hay que tapar el sol con las manos”, admite. “Se ve mucho el tema de la drogadicción, de familias disfuncionales y de pobreza”.
Desde hace varios años, además de liderar procesos dentro de la barra, trabaja con el programa distrital “Goles en Paz”, impulsado por la Secretaría Distrital de Gobierno de Bogotá. Allí participa en iniciativas enfocadas en disminuir índices de violencia y fortalecer procesos sociales en distintas localidades de la capital.
En paralelo, estudia licenciatura en deportes en la Universidad Pedagógica Nacional, formación que intenta trasladar a su organización y a diferentes proyectos comunitarios.
Su trabajo no se limita a las tribunas. Organizan torneos de fútbol amateur, jornadas sociales y actividades comunitarias. Entre ellas, campañas de recolección de útiles escolares que logran reunir entre 3.000 y 4.000 kits para niños en sectores vulnerables de la ciudad.
Además, durante emergencias o jornadas sociales, integrantes de la barra realizan actividades como chocolatadas, talleres y campañas de prevención del consumo de sustancias psicoactivas dirigidas a habitantes de calle.
En medio de un fenómeno históricamente señalado por los enfrentamientos y la intolerancia, Beleño insiste en resignificar el papel de las barras dentro de la ciudad. Para él, Bogotá representa mucho más que el lugar donde vive: es un territorio que debe ser protegido y valorado.
“La ciudad nos lo ha dado todo”, asegura. “Valorar la historia, amar nuestra tierra y defender lo que consideramos propio hace parte de nuestra vida cotidiana”.
Su discurso se mueve constantemente entre la pasión futbolera y el llamado a la responsabilidad colectiva. Por eso, cuando se le pregunta qué mensaje le deja a los jóvenes que siguen el fútbol con intensidad, su respuesta se distancia del fanatismo extremo.
“Valoren la vida”, dice con firmeza. “La vida está hecha para cuidarla, compartirla y gozarla. El fútbol es algo grandioso, pero también hay que saberlo valorar”.
Luego recuerda una frase de Diego Armando Maradona: “La pelota no se mancha”.
Y antes de terminar la entrevista, deja una última reflexión que resume el sentido de todo lo que intenta construir dentro y fuera de la tribuna, demostrando que su partido más importante, siempre será a favor de la vida:
“Siempre buscaré recordarles que hay alguien que los está esperando en casa”.

