Anarquía y la lógica del equilibrio en Medio Oriente

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Juan Pablo Villegas
Universidad del Valle
“Cada Estado persigue sus propios intereses, como sea que se definan, de la mejor manera que le parezca”
–Kenneth Waltz
La premisa de Kenneth Waltz es una de las perspectivas para entender el actual conflicto en el Medio Oriente. Bajo esta óptica neorrealista, los actores no operan por impulsos morales o fanatismo, sino bajo las estrictas demandas de la estructura sistémica. En un sistema definido por la anarquía, la ausencia de un soberano global, no importa si un Estado es una democracia o una autocracia; ambos actúan como jugadores racionales que buscan, ante todo, su supervivencia.
Sin embargo, reducir la política internacional a una simple mecánica de unidades funcionalmente similares es una simplificación que, si bien ofrece claridad, oculta las fuerzas profundas que realmente mueven los hilos del poder. El comportamiento de potencias como EE. UU., Israel e Irán es, en efecto, una respuesta estratégica a las presiones del sistema, pero esa respuesta está filtrada por una lente que va más allá de la simple aritmética militar: la identidad y la cultura política.
Siguiendo a John Mearsheimer, los Estados en un mundo anárquico no solo buscan sobrevivir, sino que la incertidumbre sobre las intenciones ajenas los obliga a maximizar su poder relativo. Esta búsqueda genera el “dilema de seguridad”: las medidas que un Estado toma para protegerse son interpretadas por sus vecinos como amenazas existenciales. En este escenario, Israel persigue su interés eliminando amenazas de forma preventiva porque, en un sistema de “autoayuda”, no puede delegar su protección a terceros.
Pero aquí es donde el análisis debe abrir “la caja de Pandora” de la política interna. El dilema de seguridad no es solo una cuestión de cuántos misiles posee el vecino; es de cómo se perciben esos misiles. Como dice Alexander Wendt, la anarquía es, en gran medida, lo que los Estados hacen de ella. Para Israel, la amenaza no es solo una cuestión de balance de poder, sino una preocupación moldeada por la memoria histórica. Para Irán, el desarrollo de capacidades de defensa no es solo una búsqueda de hegemonía, sino una respuesta a un pasado de intervenciones externas que ha forjado una identidad de resistencia.
Si analizamos el conflicto únicamente desde la racionalidad sistémica, el desarrollo nuclear iraní parece una consecuencia lógica de la necesidad de disuasión. Al percibir a una superpotencia y a una potencia regional armada como amenazas constantes, la búsqueda de estas capacidades no es fanatismo, sino una estrategia para garantizar la integridad territorial. La historia de la Guerra Fría sugiere que, bajo la Destrucción Mutua Asegurada (MAD), los Estados se vuelven extremadamente cautelosos. Un equilibrio de capacidades nucleares podría, irónicamente, forzar una “paz fría” basada en el cálculo del riesgo extremo y no en la confianza mutua.
No obstante, confiar exclusivamente en el miedo compartido como garante de la estabilidad es un juego peligroso que ignora la falibilidad humana. Los líderes no son meros representantes pasivos de los imperativos de seguridad de su sociedad. Son individuos con agendas políticas propias que, en ocasiones, pueden escalar conflictos para consolidar su poder interno o responder a presiones domésticas. Ignorar la naturaleza del régimen, si es una democracia bajo presión electoral o una autocracia enfrentando crisis de legitimidad, es ignorar el motor que decide cuándo se activa la fuerza.
Asimismo, la paz no nace únicamente de la necesidad estructural y del miedo compartido. Aunque se puede considerar que analizar la ética es un error que conduce a la hipocresía, la realidad es que las normas internacionales y la diplomacia actúan como amortiguadores esenciales. La diplomacia no es siempre una “buena intención” ingenua; es una herramienta funcional diseñada para reducir la incertidumbre, el factor que precisamente alimenta la competencia por el poder.
En última instancia, el conflicto en el Medio Oriente es tan complejo de resolver no solo por una necesidad estructural de seguridad en un mundo sin gobierno global, sino por una colisión de percepciones e identidades. Si bien el tablero sistémico es real y gélido, los jugadores tienen la capacidad de influir en los resultados a través de la legitimidad y la creación de marcos de seguridad comunes. Si queremos entender el mundo real, debemos observar tanto la lógica del equilibrio de poder como la fuerza de las ideas que definen qué es lo que los Estados consideran su interés.

