Colombia: el país donde la presencia derrota el intelecto

Foto: El Heraldo

Andrés Plazas
Universidad Libre
Probablemente la palabra “presencia” sea una de las que más escucho a diario, principalmente por la carrera que estudio y, seguido de eso, por mi abuelita, hermosa mujer que día a día me recuerda al oído: “hijo, siempre bien presentado, la presencia es lo más importante”. No lo puedo negar; es un debate que durante toda mi vida he ido procesando en mi mente y en mi manera de entender la sociedad.
Con el paso del tiempo he sentido que esa idea de la apariencia ha terminado representando muchas cosas negativas dentro de nuestra realidad social. Se ha convertido en una categoría excluyente y superficial, pero al mismo tiempo imposible de ignorar. Hoy parece ser determinante a la hora de elegir pareja, trabajo, vehículo e incluso al presidente de una nación.
Soy fiel creyente de que la política se refleja todos los días en nuestras acciones y en nuestra forma de convivir. Precisamente por eso considero preocupante que la sociedad continúe relacionando la buena imagen con la capacidad de gobernar. No soy fanático de ningún político ni partidario de la frase “como te ven te tratan”; pienso que el debate debe ir mucho más allá y centrarse en algo más importante: el criterio.
La opinión pública colombiana muchas veces termina inclinándose más por la estética que por las ideas. Los candidatos utilizan su imagen como herramienta electoral y pareciera que un buen traje, un perfume costoso o un discurso cuidadosamente maquillado fueran suficientes para dirigir un país. Entonces surgen preguntas inevitables: ¿qué pasa con la ética?, ¿qué ocurre con las capacidades intelectuales?, ¿desde cuándo la apariencia se convirtió en garantía de liderazgo?
Por absurdo que parezca, esta es la realidad política actual. Vivimos en una democracia donde muchas veces el espectáculo tiene más impacto que el pensamiento crítico.
Actualmente estamos entrando en una nueva etapa electoral. Existen candidatos de todos los sectores y para todos los gustos, pero gran parte de la discusión pública termina girando alrededor de cómo se presentan físicamente, cómo hablan o cómo construyen su imagen frente a las cámaras. El problema no es la presentación personal; el problema aparece cuando esa categoría pesa más que las propuestas, el conocimiento o la capacidad de gobernar.
Desde mi perspectiva, el debate político no debería reducirse a la vestimenta de un candidato ni a quién proyecta mayor elegancia frente a los medios. La discusión democrática debe construirse desde las ideas, la preparación académica y la visión de país. Sin embargo, Colombia parece haberse acostumbrado a elegir desde la emoción, la apariencia y la inmediatez.
Hemos sido gobernados por dirigentes impecablemente vestidos, pero eso no necesariamente nos ha dado más educación, más igualdad o más oportunidades. La buena imagen jamás ha sido garantía de transformación social. Las naciones no progresan por la estética de sus líderes, sino por la solidez de sus decisiones.
En este punto considero importante mencionar una idea del escritor colombiano Mario Mendoza, quien constantemente ha criticado la superficialidad de la sociedad contemporánea y la manera en que Colombia normalizó ciertas formas de violencia cultural y simbólica. Mendoza insiste en que el país vive atrapado entre las apariencias y el vacío intelectual, mientras se deja a un lado el pensamiento crítico y la sensibilidad humana. Su postura resulta relevante porque demuestra que la crisis colombiana no es únicamente política, sino también cultural.
De igual manera, Alejandro Gaviria ha defendido en múltiples ocasiones la importancia de la educación y del pensamiento crítico dentro de la democracia. Gaviria plantea que una sociedad incapaz de cuestionar termina siendo fácilmente manipulable por discursos emocionales y mediáticos. Y precisamente eso parece ocurrir actualmente: se premia más la capacidad de generar espectáculo que la capacidad de construir ideas.
La política colombiana se ha convertido, en muchos casos, en una competencia de percepción antes que de preparación. El ciudadano ya no siempre vota por quien tiene mejores propuestas, sino por quien mejor maneja su imagen pública. Ahí es donde la democracia comienza a debilitarse.
Como nación debemos dejar de ser tan simplistas en la elección de nuestros gobernantes. Las capacidades de un presidente se demuestran a través de sus ideas, de su criterio y de su capacidad de liderazgo, no mediante un discurso vacío acompañado de una apariencia cuidadosamente diseñada para atraer votos.
El debate electoral colombiano necesita más academia y menos espectáculo. Necesita ciudadanos capaces de analizar, cuestionar y pensar críticamente antes de votar. Porque cuando la política se convierte únicamente en una estrategia de marketing, las verdaderas problemáticas del país pasan a un segundo plano.
Por eso, mi intención con este ensayo no es atacar a una persona o a un sector político específico. Mi intención es invitar al lector a reflexionar sobre la manera en que estamos construyendo nuestra democracia. No podemos seguir basando nuestras decisiones en categorías superficiales mientras ignoramos el intelecto, la ética y la preparación.
La inteligencia siempre debería estar por encima de la apariencia. El día en que entendamos eso como ciudadanos, aprenderemos realmente qué significa participar políticamente y qué representa ejercer un voto responsable.
La democracia merece respeto, y nuestras elecciones también. Por eso debemos respetar la academia, el pensamiento crítico y la capacidad intelectual por encima de cualquier estereotipo.
Porque un país que elige desde la apariencia termina siendo gobernado por el espectáculo y no por las ideas.
Muchas gracias por leer hasta acá.

