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Desavenencia del destino

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William Jose Arrieta

Institución Universitaria Mayor de Cartagena

—¡Corre! Ahí viene con piedras y su objetivo es mi cara.


—Esa fue la última frase que se escuchó de un hombre cuerdo en un barrio que poseía una magia especial, casi onírica.


Su nombre: Pablo; su talento… el arte, la música.


Desde muy chico, a eso de los doce años, vestía ropa y zapatos con estilo afroamericano, aunque él fuese de tez blanca como la nieve y con cabello abundante en rizos. Amigable, jovial e introvertido, pero con un don especial, un genio de la calle diría el viejo vecino cabalero de la cuadra.


Era siete de diciembre en el pulpo, así le decían a la popular barriada al suroccidente de la ciudad. Y era tradición que los mozalbetes salieran antes del atardecer con su nuevo suéter de moda para caminar las calles en las que, por costumbre de fin de año, colocaban música para bailar y tomar trago sin el consentimiento de un adulto. Ese día era especial, más porque nuestra futura estrella musical del barrio lograría lo que muchos chicos de esa época soñaban… fumar un cigarrillo de marihuana. En medio de tantas falencias, calor de hogar, educación, respeto y cualquier otra necesidad afectiva que surgiera, intentar caer bien dentro del grupo de amigos de la época y lograrlo era visto como una hazaña. Así nuestro artista en cuestión iniciaría un camino que luego llegaría a vilipendiar por considerarlo deleznable, pero ya sin poco o nada que poder hacer.


—Toma, fuma.


—No puedo, lo tengo prohibido.


—El viejo sólo te pega, nunca te aconseja, y mucho menos te ha abierto las puertas para que puedas seguir cantando. Nunca te ha apoyado.


—Dámelo, hoy saco todos los males de aquí.


Fumó con tal decisión y seguridad que parecía un experto con vasto recorrido. El vaho en la penumbra mostraba la señal de localización de los cuatro fantásticos en la oscura esquina del colegio Mi Barquita. Salió con los ojos rojos y perfume especial aferrado a su atuendo.


Ya era poco más de la medianoche, y la tradición exigía la solicitud de deseos al colocar y encender velas antes de salir el sol.


—Acompáñame a mi casa; si me ven llegar contigo no sospecharán. —Vamos. Mi mamá me está esperando; no puedo demorar.


Al llegar a su casa encontraron al patriarca golpeando sin parar a su madre, doña Ausencia, con los primeros rayos de sol filtrándose en las ventanas. Por lo que Pablo, llenándose de valor, amenazó con matarlo.


El señor omitió las amenazas del chico, y continuó la escena dantesca típica latinoamericana—un viejo borracho, una madre vulnerable, violencia y pérdida de unidad familiar—. Bajo estas premisas se inició el enfrentamiento que cambiaría la vida de todos aquí presentes, incluyéndome a mí.


El viejo tomó el venablo, soltó a la madre, se colocó las chancletas y salió en búsqueda de su nueva víctima. Un niño de doce años, producto de su ser.


Fue tras él, y en un abrir y cerrar de ojos, ahí estaban peleándose en la mitad de la calle, retándose hasta la muerte. Con arengas y silbidos, el papá sonaba la lanza en el suelo, como intentando intimidar a un animal salvaje para cazarlo. El niño, un prodigio de la música rap, en medio de su trance bohemio con la planta natural, despertaba en una realidad que partiría su vida en dos. Lo persiguió por toda la calle y lo halló escondido en una zanja llena de aguas negras y mosquitos. Lo tomó por el cuello, y lo zarandeó como un muñequito de año nuevo lleno de aserrín. Producto de esa guerra, Pablo nunca volvió a ser el mismo. El puño fue directo a la sien. Él quedó sentado sin saber cuándo o por qué. De pronto un grito vacío y un silencio engullido, la sangre, la música alta, el cuchicheo de los vecinos y el abuso a la madre, terminó afectando de tal manera que perdió toda luz de cordura. Su mente quedó anclada en un fútil recuerdo de lo que fue o de lo que pudo haber sido. En ese momento empezó su paranoia, sus episodios neuróticos, las noches sin dormir y los días somnolientos, y el que iba a ser el cantante y estrella naciente, terminaría sin condena judicial y preso de su propia mente, pero con la tranquilidad de la ausencia terrenal de su verdugo.

ISSN: 3028-385X

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