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Donde el tiempo se olvida de nosotros

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Alejandra Guzmán Vitola

Universidad Francisco José de Caldas

Hoy la ciudad se encontró inmersa dentro de un vacío temporal, una burbuja de caucho que detiene el tiempo; los rostros conocidos mutaron a pinceladas y borrones desvaídos desconfigurando la figura humana a puntos geométricos inexactos. Caminé precipitadamente con las puntas de los pies con miedo a romper esa calma tan extraña dentro de un espacio tan agitado. Dentro de los apartamentos, las casas y los buses se encontraban las miradas centelleantes, las risas duraderas, los besos apasionados y los llantos irascibles, enmarcado en un frasco atemporal donde distinguía las líneas de los caracteres. Por primera vez en mucho tiempo distinguí la figura del sol dibujando la sombra de las hojas, dentro del silencio que tanto tiempo se me ha negado, me encontré solo con mis pensamientos. Las figuras amigas que ayer sostenían mis manos se han convertido en polvo de estrellas lejanas que solo puedo ver a través de la ventana que me brinda esta bóveda. La geometría está jugando en mi contra, la línea recta por la cual me han guiado mis abuelos se está volviendo volátil; cambia de ritmo. Los libros no tienen páginas, las enseñanzas se van diluyendo de mi memoria como un recién nacido, las estructuras sociales y los parámetros del tiempo medido en cuanto a productividad no afectan su llanto; aún así, existían empresas que cobraban por predicciones precisas de ellos.


En este extraño estado, me pregunto; ¿Cuándo conocí el tiempo? ¿Qué figura tenía exactamente? Probablemente mi recuerdo más lejano de esta noción data de al menos veinte años, cuando mis pies estaban hechos de arena, mis manos de vientos y mi cabello de aceite. Esos días cuando la panza de mamá pesaba, cuando su útero se agrandaba y le daba espacio a la cigarra, cuando me explicaban estas nociones pensaba que la pipa le crecía debido a que se comió la tierra de sus dedos después de limpiar y la criatura saldría del polvo a su imagen y semejanza. En ese entonces, los ajetreados ritmos del campo no paraban, los días empezaban antes de que el sol despertara y la noche llegaba con símbolos de muerte y miedo.


Para mí el tiempo siempre ha sido una maraña enredada, como la de Gloria, con sus rulos revoltosos donde cada uno representa el paso de una historia desconocida. Los bucles enrevesados representan las líneas del destino y cada cabello enredado uno entre otro son las conexiones humanas que realizamos. La primera vez que entendí lo volátil que resulta el tiempo fue, probablemente, el día de mi graduación. Se abría ante mí un vacío inimaginable, dónde las sombras de mi vida se acentuaban paso a paso demostrando lo inestable de mi peso. Ese día que significaba para mí la apertura de un vacío enorme, de una vida sin camino y propósito, ese día la conocí.


Era una mujer alta, fornida, de mirada imposible con ojos brillantes y un ceño fruncido que la acompañaba. En su destello se escondía su carácter autoritario, yo estaba dispuesto a arrodillarme ante su fascismo. Se encontraba entre los graduados, su licenciatura era lo menos fascinante de su figura. Estaba aislada con el cabello enredado, esperando como si se tratara de un mandado más, ante el bochorno del medio


día aspiraba la brizna del mar. En su postura se leía aventura. En un momento de distracción entre risas y juegos propios de los graduados, la perdí. Todas las cartas, todos los cuentos, los dibujos, las prostitutas que he amado, todo, ha sido por ella. Hoy entre la nebulosa del tiempo, dónde el espacio se ha doblado en sí mismo, empujando cada galaxia una sobre otra hasta detenerse por completo en la ciudad de Bogotá, hoy, este día; la he encontrado. Su figura es la única que se encuentra fuera del hechizo, fuera de la burbuja magnética del tiempo quizás porque los dos pensamos algo distinto o porque quizás los dos nos encontramos condenados a separarnos y encontrarnos repetidamente, esta es la suerte de los mal afortunados que se hallan en la tierra de la felicidad, de la alegría fácil y sencilla; pero no pueden ser felices. Los ojos de ella me miran con confusión, en este pequeño fragmento de espacio, solo por un minuto entre la frontera de la vida y la muerte, solo tenemos este momento hasta pasar ese umbral.


Me acerco lentamente a mi vieja amiga, con cada paso la tierra tiembla y se descompone por la unión de dos amantes que regresan al seno de la vida. Siempre he considerado que una cita se comienza con un café, las nociones filosóficas y existenciales que se preguntan los amantes resultan bastantes sencillas. Comenzamos a desenredar cada uno de los nudos formados en su cabello, contamos los errores de la infancia y terminamos con las desventuras de la vejez. En mi estudio solitario, la esperé durante varios lapsos y ahora al borde del abismo, la encuentro otra vez, en el puente donde todo comienza y todo termina. Al terminar la cita, entrelazamos nuestras manos con la promesa latente de encontrarnos cuando crucemos el agua de los sueños, que el posterior desdoblamiento del espacio nos permita encontrarnos de nuevo.

ISSN: 3028-385X

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