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Educación gratuita y carreras pensadas para las élites

Foto: Universidad Nacional
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María Bernal Parra

Instituto Tecnológico Metropolitano

En el "país del eterno corazón sagrado", se nos ha vendido la idea de que la educación gratuita es la llave maestra para la movilidad social; sin embargo, para quienes venimos de zonas rurales y periferias de clase trabajadora en lo urbano, el acceso a carreras históricamente reservadas para las élites, como cualquier carrera relacionada con el arte, por ejemplo, son brechas que son difíciles de mover, a las que según la mayoría de gente es mejor no acceder, por lo que no termina recayendo en el sistema la responsabilidad, sino en quien decide estudiarla.


Esta realidad no se explica únicamente por la distancia geográfica del territorio, sobre todo en un país aún centralista como Colombia; va más ligado a una estructura de clases sociales que sobreviven incluso dentro de la universidad pública. Como señalan Pierre Bourdieu y Passeron en La reproducción, la escuela actúa como una instancia legítima de “legitimación de lo arbitrario cultural”, contribuyendo a reproducir la distribución desigual del capital cultural entre las clases sociales. En Colombia, el ingreso y permanencia en programas de alta calidad continúan dependiendo en gran medida del origen social y del capital cultural heredado, favoreciendo a quienes ya poseen referencias académicas, redes y condiciones económicas previas.


Acceder a un cupo universitario permite ampliar el abanico de posibilidades, pero no elimina el carácter elitista de ciertos espacios. Al ingresar a estudiar cine, si hablo desde lo experiencial, una descubre que el capital cultural, esos referentes, lenguajes y redes sociales heredados, funcionan como un requisito subyacente que los pares de clases altas ya poseen por nacer donde nacen. Siguiendo lo que dice Pierre Bourdieu, el sistema educativo puede actuar más como un motor de reproducción social que de transformación, donde la falta de este capital simbólico marca el destino del estudiante mucho antes de su graduación. Para el hijo del campesino o el joven del barrio marginado, la carrera no es solo un proceso de aprendizaje, sino un entorno un poco agreste donde se dimensionan las brechas de clase en cada conversación sobre equipos costosos, oportunidades de residencias o continuidad de estudios en el extranjero, la facilidad de hablar un segundo idioma o tan simple como referentes estéticos que nunca llegaron a su entorno.


Vivir esto podría definirse como una "herida de clase". El estudiante de origen popular a menudo habita la universidad como alguien que no termina de encajar, pertenecer, intentando descifrar códigos culturales y exigencias económicas que le son ajenos, más allá de esto también en muchos casos el estudiante debe de trabajar a la par de estudiar y surge de alguna manera la paradoja de sentirse un orgullo por haber logrado un cupo que históricamente nos estaba vedado, mezclado con una profunda angustia por la desadaptación social y la necesidad de renunciar a la vida juvenil para compensar las carencias materiales, a veces es más fácil trabajar, emprender y más en una realidad en donde superarse supuestamente depende de ti y tu esfuerzo; en el colegio escuche mucho “para que estudiar para terminar trabajandole al que montó el negocio” y naturalmente todes querían ser los dueños del negocio. Entonces surge replantearse sobre la lucha constante por validar que una es "suficientemente bueno" en un espacio que, aunque gratuito, sigue diseñado para los privilegios de otros. Evidentemente esto ya ha sido pensado y estudiado;quizás es a lo que le llaman “herida de clase”. Didier Eribon describe esta sensación como la experiencia de habitar espacios sociales que históricamente no fueron pensados para sujetos provenientes de clases populares. El estudiante de origen rural o trabajador habita entonces la universidad como un “extraño en el paraíso”, intentando descifrar códigos culturales y exigencias económicas que le son ajenos.


Finalmente, es imperativo aclarar que estas líneas no constituyen una crítica hacia la educación pública, gratuita y de calidad; al contrario, son un recordatorio necesario de su existencia y de sus límites no resueltos. Este texto es un acto de memoria por personas como yo y, sobre todo, por mis compañeros de escuela primaria que quedaron olvidados en un campo marcado por la violencia, para quienes el tránsito a la educación superior nunca fue una opción real. En un país que prefiere las respuestas fáciles y los indicadores de cobertura por encima de las realidades humanas, nos enfrentamos a una "ilusión meritocrática" que encubre privilegios bajo un ropaje de igualdad formal. Mientras el debate político se polariza ante cada jornada electoral sin ofrecer cambios estructurales, la realidad para muchos jóvenes rurales sigue siendo la de una trayectoria fragmentada y un presente de incertidumbre total. En este donde el destino parece estar predeterminado por el capital heredado, las juventudes llevamos años habitando la idea de un "no futuro". Cuestionar estas brechas no es ser malagradecidos con el sistema; es exigir que el título profesional deje de ser un motor de migración forzada y comience a ser, por fin el resultado para poder trabajar en el mismo país que nos vio crecer, y que sí, en un país como el nuestro en el que se avanza de a pocos y que un voto cada cuatro años puede retroceder luchas ganadas es importante preguntarnos por esta realidad porque el país no es solo de la clase media, media alta, la que se permite vivir en las ciudades, también es del resto, que al menos tengamos la opción de ver si queremos profesionalizarnos o si igual y nos gusta la vida en el campo, no que la migración es la única opción si se quiere salir adelante, caso de gran parte de mi promoción del grado once, que vi en una pequeña ciudad, después de dejar atrás a mis compañeros en el campo que muchos ni siquiera terminaron el bachillerato, porque solo había primaria en la vereda.

ISSN: 3028-385X

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