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Entre sueños y terminales

Foto: El Colombiano
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Maria Isabella Forero

Universidad del Tolima

Hay algo profundamente triste en la melodía de un bus antiguo.


No es solo el sonido del motor, ni el crujir cansado de sus sillas. Es esa sensación de estar habitando un lugar que no avanzó al mismo ritmo que el mundo. Como si el tiempo, por un acto de misericordia, hubiera decidido dejar este pequeño universo suspendido.


La vieja radio, obstinada, sigue respirando merengue y salsa. Canciones que no son mías, pero que, de alguna forma, también me pertenecen. Canciones que nuestros padres escucharon cuando la vida todavía no les había explicado lo que era perder.


Y mientras el bus avanza, la ciudad comienza a soltarse de mí.


Las favelas aparecen una a una, como viejas conocidas que nunca se fueron. Algunas intentaron sobrevivir pintándose de colores nuevos. Otras se rindieron, y el tiempo les fue arrancando la dignidad pedazo por pedazo.


Pero todas me reconocen.


Me miran como quien mira a alguien que se fue sin irse nunca.


Me ven como el estudiante que llegó con el corazón desbordado de preguntas, con sueños demasiado grandes para un cuerpo tan pequeño, con miedos que no sabía nombrar y con esa hambre ingenua de comerse el mundo sin saber que el mundo también sabe morder.


Yo tampoco sabía.

No sabía que crecer dolía.


No sabía que cumplir los sueños implicaba despedirse de versiones de mí que jamás iban a volver.


Los caminos siguen siendo los mismos.

Los árboles.

El césped infinito.


Incluso algunos vendedores siguen ahí, aferrados al borde de la carretera como si irse no hubiera sido una opción.


Y otros…

otros simplemente desaparecieron.

Como desaparecen las cosas que uno ama sin previo aviso.

Entonces lo entiendo.

El paisaje no cambió.

Ellos no cambiaron.

El que cambió fui yo.

Ellos fueron testigos de mi transformación silenciosa.

De mi mirada perdida.

De todas las veces que no supe quién era.

De todas las veces que tuve que reconstruirme en secreto.

Hay preguntas que no se responden.

Solo se aprenden a cargar.


Como una gotera constante dentro del pecho, que cae y cae hasta convertirse en un océano que nadie ve.


A veces quisiera volver atrás.

Abrazar al niño que fui.

Decirle que no tenga miedo.

Decirle que lo va a lograr.

Pero también decirle que va a doler.

Que va a doler más de lo que imagina…

Y aun así, va a sobrevivir.

Porque eso es crecer.

Sobrevivirse a uno mismo.


Solo espero que algún día esta ciudad me vea por última vez como estudiante. Que ese día, cuando atraviese esta misma carretera, ya no sea una promesa. Sino una realidad.


Que ya no sea un sueño.

Sino alguien que tuvo el valor de convertirse en él. Crecí sin darme cuenta.

Como crecen las grietas.

En silencio.

Sin pedir permiso.


Y ahora, cuando miro atrás, no extraño quién era. Pero tampoco puedo volver a serlo.


Supongo que eso es la vida.

Un lugar al que llegas sin darte cuenta de que ya te fuiste. Y tú…

que estás leyendo esto…

espero que algún día también tengas el coraje de irte. No para huir.

Sino para convertirte en quien siempre has sido. Aunque eso signifique no volver a ser el mismo nunca más.

ISSN: 3028-385X

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