Fragmentos: crónica de una herida que sólo se ha fundido en el suelo

Foto: Visit Bogotá

Daniel Ricardo Riaño
Universidad Francisco José de Caldas
De esos lugares donde el blanco de las paredes refleja lo oscuro de una época marcada, donde los gritos traspasan abruptamente los espacios de silencio sólo para aquellos que se atreven a escucharlos. Fragmentos nació luego del acuerdo de paz con las FARC tras la entrega de armas, se encuentra exactamente sobre la carrera séptima muy cerca al edificio del Archivo de Bogotá que protege tanta información cultural e histórica; ahí, en el corazón de Bogotá y entre paredes decoradas que no son una señal de lo que protegen detrás, el lugar donde el arte quiso mirar sin maquillaje lo que sucede detrás de la belleza. A diferencia de cualquier otro arte, éste no estará de frente colgando en las paredes, ni detrás de alguien que se toma una foto en el lugar; estará justo allí, en el suelo que se pisa, tal como se pretende hacer con un pasado de guerras y violencias, solo que enormemente alejado de su campo de guerra, del lugar donde acontecieron tantos eventos de masacres con sevicia.
Situarse en ese lugar no es como ir a un museo de arte, típico signo representativo del centro histórico y de la cultura bogotana y colombiana. No hay vitrinas, anuncios elegantes o edificaciones pretenciosas, reemplazando la antesala emocional que anuncie lo próximo a experimentar, está un pasillo intrigante y abierto que solo hace las veces del camino conductor a la sala de exposición, y otras salas que, irónicamente, no están en funcionamiento. Después de escuchar las indicaciones y precisiones del guía, al cruzar las puertas de ingreso a la sala, percibí diferentes mezclas de sensaciones, todas posibles de describir a partir de mis cinco sentidos.
Para empezar, mi mirada contaba las historias de las que yo siempre querría huir, todas retratadas en mi mente como experiencias jamás vividas pero conocidas al fin; elegí también escuchar y entonces presencié mil gritos que se retrataban en las obras que Michael Armitage expuso para contar cómo se puede vivir una guerra al migrar, con un sufrimiento mental similar al de la violencia de mi país; no estaba muy lejos de poder percibir de una forma algo más orgánica los olores liberados del lugo ugandés (lienzo extraído de la corteza del árbol Mutuba), del suelo de metal y acero fundido y forjado con martillos por las mismas mujeres víctimas a quienes apuntaron con desprecio y les asesinaron a sus familiares, paisanas y paisanos.
En este punto he de preguntarme, ¿habrá algo de gusto en esta historia, lejos del impacto o el morbo que genera? A ello responde otra sensación, el gusto por escuchar cómo se parte de una historia horrorosa de violencia sin guerra, por irónico que suene, para crear un espacio austero que dicta las páginas de una historia por la que se decide no volver a pasar; ese gusto reclama un interés por conocer historias, reparar socialmente a las víctimas y reconstruir la justicia y la equidad que entonces se ausentó en las montañas ricas de Colombia.
Al final, uno de los más importantes sentidos recordará siempre esos pasillos y ese recorrido, ya que fue el tacto el que me permite recordar las texturas ahuecadas de la tela, del aquel suelo que nunca fue liso ni uniforme, pero que siempre fue y será incómodo, retratando también cómo es aún ese recuerdo imborrable y extremo de violencia física, sexual y psicológica al que fueron sometidas las mujeres que lo martillaron y que luego de tanto trabajo y sacrificio lo entregan como una pieza de memoria y de prevención, que se complementa al pensar en las ruinas de la casa colonial donde se encuentra, típicos escenarios póstumos de la guerra, la destrucción y la masacre a la que todas las víctimas estuvieron expuestas y abandonadas.
Más tarde, luego de conocer y sentir en la sala todas esas mezclas de la historia dolorosa, donde la mente ya se niega a interpretar ese suelo simplemente como suelo, y lo percibe como un espacio irregular, oscuro, violento y fragmentado, también dispuesto como conmemoración del trabajo de décadas y de la importancia de evitar que se repita, pasé de manera casi inconsciente a la siguiente sala, donde alguien casi susurrando, con temor de interrumpir, pedía atención para realizar actividades de concientización y aprecio del espacio, como una moraleja al final de un cuento, uno cargado de mucha historia, una coreografía involuntaria de lo que fue antes un instrumento de muerte y poder.
Para concluir, esta pequeña parcela de la realidad nacional histórica sin naturalezas familiares a la que a mí y a quienes la visitan día a día nos lleva Doris Salcedo, plasmando un aire de malestar y horror como modo de crítica visual y esculpida, termina por definir un mundo imaginario, uno en el que se supere la época de la violencia y se recuerde su peso como parte del pasado, y tiene que ser así, con las esculturas hechas para que las pisemos como acto de revolución, sin figuras que busquen ser héroes que pasen entonces a pisotear a los justos, con mucha más consciencia sobre las historias de violencia y con anti-monumentos que no glorifiquen como tantas series y obras, sino que incomoden y generen un gusto bueno, que lleven a ver la realidad con ojos de justicia, que la perciban como un espacio limpio y lleno de paz, sin podredumbres que apesten y siempre sintiendo, no sólo por uno mismo, sino que siempre por los demás, porque esa es entonces la única realidad que importa pensar, sentir y elegir como el fragmento en el que el ser humano habitó el mundo.

