Gritos que aún perturban

Foto: Dairo Correa

Manuela Pulgarin Agudelo
Universidad de Antioquia
Hay quienes ven los cementerios como lugares tétricos, otros los encuentran tranquilos, incluso hay quienes los consideran aburridos. Independientemente de cual sea su opinión, hay algo en lo que todos llegamos a coincidir, los cementerios son lugares de historia, archivos más vivos que muertos. Den miedo o no, los relatos allí contenidos son innumerables e interesantes.
Si quiere mi opinión, los cementerios más que miedo, me generan melancolía. Son tristes y fúnebres. Si usted siente lo mismo o algo similar con respecto a estos lugares tan particulares, posiblemente se sienta medianamente identificado con este texto, si no, tal vez estos párrafos le den otro punto de vista.
Museo cementerio San Pedro, qué irónico, ¿no?, un lugar que en teoría funciona como un almacenamiento de cenizas y huesos se convirtió en un museo y en atractivo turístico del municipio de Medellín. Esto pasó debido a la historia (y los muertos) que contiene este cementerio, más el arte fúnebre tan característico que posee. Mismo museo que visité con la esperanza de realizar una actividad con fines periodísticos y hasta curiosos, junto con mi grupo de clase. Si tienen la oportunidad de ir, háganlo, es muy interesante y peculiar.
Mientras hacía mi propia exploración por los mausoleos y galerías, me topé con una pequeña capilla en medio de lápidas con nombres desconocidos. Mi cabeza comenzó a delirar, a recordar y a girar. El mareo por melancolía me abrazó en una fuerte caída al frío y fúnebre piso. Al levantarme, mi mirada apuntó directo hacia el cristo colgado en la pared, el cuál, más que consolar a una joven creyente, solo la perturbó más. Me senté en la primera banca del lado derecho con vista hacía el pequeño atril disponible para las lecturas de las misas de sepelio, lo cuál solo me llevó a una nostalgia mayor, nudos en la garganta que no bajaban, recuerdos de ese día en la tarde, a mis 12 años, donde me senté en ese mismo lugar, en una capilla distinta, a escuchar como mis primos despedían a mi abuela y yo, presa del pánico y del nudo de garganta, no pude hablar, no me pude despedir.
Me levanté con la pobre esperanza de sentirme mejor, mientras mi cabeza me reiteraba: “ya van 5 años, supéralo”. Salí de allí y llegué a un corredor, donde me recibieron los gritos agonizantes y desgarradores de una joven que, al parecer, despedía a su tía en la cremación. Volvió el mareo, comenzaron las náuseas, el dolor en el pecho, la angustia. Volvió todo lo que sentí cuando viví ese momento 5 años atrás, cuando una familiar gritó de manera similar, inquietantemente casi idéntica cuando metieron a mi abuela al horno. Y en cualquier momento, estaba yo en el piso, mareada, llorando como la inocente niña de 12 años que pasó por ahí, en un rincón sin saber qué hacer.
Un guardia me vio, preguntó por mi seguridad y me comentó que por motivos de la privacidad de la familia, debía retirarme del sitio. Me puse de pie, tambaleando, llorando pero con la voz firme: “está bien”.
En medio de la exploración por las galerías, me topé con un amable señor, llamado Jhon Uribe que estaba arreglando una lápida, debido a que el muerto allí guardado, iba a ser trasladado al primer piso. En eso, le saludé y con la más genuina curiosidad, le pregunté cómo se sentía trabajando allí. Comenzó con lo intuible, trabajar en ese lugar ya no le causaba nada, aunque él trabajase en el horno. Pregunté qué piensa de la gente que grita desconsoladamente y solo dijo: “los que más gritan son los que más remordimiento tienen, pero a pesar de que llevo ya 6 años aquí, hay gritos que aún me perturban”. Hablar con él fue una gran ayuda, no solo a mi trabajo de reportería, sino también a mis niveles de estrés elevados en el cementerio. Si usted va al cementerio y lo encuentra, converse con él, es muy amable y atento.
Más adelante, vi la lápida de una mujer cuyo nombre no pondré aquí por temas de respeto y privacidad. Pero por alguna razón, su nombre no lo olvido, mucho menos la fecha de su muerte, 25 de abril de 2026, cuatro días antes de mi peculiar exploración. Si va, y encuentra la lápida, salúdela.
Luego de reencontrarme con mi profesor y dos compañeros más, decidí terminar de conocer el museo. En ese recorrido, me encontré a unos jóvenes considerablemente alegres decorando una lápida de un presunto amigo suyo, con música de fondo y la fecha del 15 de abril de este año. No más de 5 pasos a su izquierda, había una familia decorando la lápida de un posible familiar, del 16 de abril, notoriamente molestos por la música. Tuve una serie de sentimientos encontrados y más ganas de llorar. La melancolía, tristeza, desánimo y pesadez colmaban mi cuerpo, hasta el punto de tropezar al caminar. Pensé: Qué bonito velar a alguien con música que le gustaba, que feo que interrumpan tu momento íntimo con música. Pero supongo que la muerte la transita cada quien como desea y mejor le parezca.
Saliendo de las galerías y en búsqueda de mi grupo, comencé a delirar. La paranoia se había apoderado de mí. No se trataba de lo paranormal, no creo en eso, no creo que los muertos regresen a la vida terrenal, mucho menos creo que uno se me pudiese aparecer. Se trataba de algo mucho más trastornado que eso. En mi cabeza comenzaron a sonar voces, chispazos me recorrían los ojos, punzadas en ciertas áreas del cráneo. Susurros que me preguntaban a qué le tenía miedo, y yo, sin saber qué responder. Tensión en los músculos, mareo de nuevo, golpes en mi cabeza. En cualquier momento estaba de nuevo en el piso, contra una pared, llorando desconsoladamente por no saber que hacer, mucho menos saber como pedir ayuda.
¿Qué se supone que dijera? Disculpe, lo que pasa es que estoy teniendo un episodio psicótico, pero no puedo irme porque debo de aprender a ser profesional y a tener estómago en este oficio. ¿Usted me hubiese ayudado?
De alguna forma, salí de esa galería y me dirigí por toda la nave central del cementerio a donde estaba todo mi grupo compartiendo sus experiencias en el museo. No quería estar más tiempo allí, así que compartí mi experiencia y me fui. No caminé más de 10 pasos lejos de mis compañeros cuando ya estaba llorando, mordiendo mis dedos para no generar ruido, y por ende, no generar preocupación.
Salí del cementerio destrozada, entendiendo que cuando se trata de la muerte, sigo siendo la niña de 12 años que nunca superó sus miedos.

