La belleza cuesta, y nosotras pagamos con la vida

Foto: Mauricio Alvarado Lozada / El Espectador

María Alejandra Arias
Universidad Jorge Tadeo Lozano
El 13 de mayo de 2026, Yulixa Consuelo Toloza salió de su casa con unas maletas y una amiga. Tenía 52 años. Iba a hacerse una lipólisis láser en un centro estético del barrio Venecia, en el sur de Bogotá. Entró a las 8:10 de la mañana. Firmó los documentos. Y no volvió a salir consciente. Su cuerpo fue encontrado días después en una carretera de Apulo, Cundinamarca. Cinco personas capturadas, propietarios prófugos, un centro que operaba sin permisos, sin personal médico calificado, sin ninguna garantía. El lugar se llamaba "Beauty Láser" y se anunciaba en redes sociales como un procedimiento indoloro, ambulatorio, sin riesgos. Y sin embargo, la pregunta no es qué pasó dentro de ese lugar, sino qué pasó afuera, durante años, para que Yulixa terminara en esa puerta.
"La belleza cuesta" es una frase que la hemos escuchado todas. En boca de madres, de abuelas, de la vendedora del almacén, del novio que "solo lo dice por tu bien". La belleza cuesta, sí; en tiempo, en dinero, en dolor, en riesgo. Y la deuda siempre es nuestra. Desde que tenemos memoria, a las mujeres nos enseñan que el cuerpo es un proyecto inacabado. Algo que corregir, afinar, disciplinar. No importa la edad. A los quince, las estrías son un problema. A los treinta, las ojeras. A los cincuenta, la piel que ya no es la de antes. El mercado tiene una solución para cada etapa de la supuesta decadencia femenina, y la cultura se encarga de convencernos de que esa decadencia es urgente, y es culpa nuestra.
A la mujer no se le permite simplemente existir. Tiene que justificar su existencia siendo deseable. Tiene que ganarse el espacio que ocupa en el mundo a través de su apariencia. No porque eso sea natural, sino porque se le ha repetido tanto que termina sintiéndose propio. Y ahí está la pregunta que más me persigue en todo este caso. Esa voz que te dice que tienes que cambiar, ¿es tuya o es de los demás?
En Colombia ese mandato tiene una capa adicional. Aquí la belleza femenina no solo es un deber social, es una economía, una industria y, en algunos momentos de nuestra historia, una moneda de poder. La llamamos narcobelleza; ese modelo de cuerpo femenino que la cultura narco codificó como ideal en los años noventa. Senos grandes, cintura pequeña, glúteos pronunciados, piel tersa, cabello largo. Un cuerpo que no nace, que se construye y que tiene un precio. Ese modelo se nos metió en el cuerpo sin pedirlo. No llegó solo a las mansiones ni a las narco-fiestas, llegó a los concursos de belleza, a las telenovelas, a los centros comerciales, a los colegios de barrio. Se democratizó, que es una forma elegante de decir que la presión bajó de estrato. Las mujeres con recursos pueden hacerse los procedimientos en clínicas autorizadas, con anestesiólogos certificados, con protocolos de emergencia. Las mujeres sin recursos tienen otras opciones. Y esas otras opciones se llaman Beauty Láser. La desigualdad no solo está en el acceso al procedimiento. Está en quién paga el precio cuando algo sale mal.
Y ahí aparece el comentario que muchas escuchamos después del caso de Yulixa. "Lo barato sale caro. Para qué se fue a meter en esos lugares. Debió haberse informado mejor." El juicio es tan predecible como violento. Nadie pregunta por qué una lipólisis láser en una clínica con todos los permisos cuesta lo que cuesta. Nadie cuestiona la industria estética que ha convertido procedimientos invasivos en algo tan rutinario que se promocionan como si fueran un facial. Nadie habla del Estado que permite que estos centros clandestinos existan, proliferen y se publiciten sin control. No. La culpa es de Yulixa. Por querer. Por buscar. Por no tener suficiente dinero para hacerlo "bien". Eso es lo que hace el sistema; te crean la necesidad, te alejan de poder cumplirla, y cuando encuentras cómo hacerlo con lo que tienes, y algo sale mal, la culpa es tuya. Siempre tuya.
Las inseguridades de las mujeres con su cuerpo no son un problema personal. No son una debilidad psicológica. No son algo que se resuelve con autoestima. Son el resultado de décadas de mensajes sistemáticos que nos dicen que no somos suficientes tal como somos. Mensajes en las conversaciones familiares donde alguien siempre tiene una opinión sobre tu cuerpo, en los comentarios de la calle, en la cultura que celebra a las mujeres que "se conservan bien" como si conservarse fuera un mérito moral. Eso no le pasa a una mujer. Le pasa a todas. A los doce años y a los cincuenta y dos. Atraviesa clases sociales, atraviesa regiones, atraviesa generaciones. Mi abuela lo vivió. Yo lo vivo. Las niñas que hoy tienen diez años ya lo están viviendo. Por eso el caso de Yulixa Toloza no es una tragedia individual. Es el síntoma de algo que nos enferma a todas.
Existe una trampa perfecta en la que nos ponen a las mujeres. Si no te haces nada, te dicen que te estás abandonando, que no te cuidas, que "con un poquito de esfuerzo te verías mejor". Si te haces algo, te dicen que eres vanidosa, insegura, que te estás mutilando por complacer a los hombres. Si algo sale mal, te dicen que tú te lo buscaste. No hay posición correcta dentro de ese sistema. Cualquier decisión que tomemos sobre nuestro propio cuerpo está sujeta al juicio de los demás. Y el juicio siempre encontrará algo que criticar. Lo que eso revela no es una opinión sobre la cirugía estética. Revela que el problema nunca fue realmente el procedimiento. El problema es que la sociedad siente que tiene derecho a opinar sobre los cuerpos de las mujeres, a evaluar nuestras decisiones, a determinarnos. Y ese derecho nadie nos lo preguntó.
A Yulixa le debemos justicia y le debemos honestidad. Honestidad para decir que el sistema que la mató no fue sólo Beauty Láser. Fue la cultura que le enseñó que su cuerpo necesitaba ser corregido. Fue el mercado que convirtió esa inseguridad en producto. Fue el Estado que no la protegió ni antes ni después. Fueron los comentarios que hemos dicho o escuchado y nunca cuestionamos. La presión de encajar en un canon de belleza es una carga tan pesada, tan constante, tan normalizada, que termina costando vidas. Y lo más indignante no es que no haya solución. Es que no debería existir el problema.

