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La estética de la banalidad

Foto: AFP
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Aura Ortega Paternina

Universidad del Rosario

Hay una banalidad enorme en personajes como De la Espriella. Comprendo que se muestran como los tipos más inteligentes del pedazo, pero son estética y políticamente vacíos. ¿Cómo un tigre te va a representar más que un indígena? Entiendo que la política electoral es un escenario performativo, en el que parece que el que más ruido hace y el que más fuegos pirotécnicos enciende es el que más electores se lleva. Los discursos vacíos están en todas partes en la campaña del abogado: los colores, el animal, las banderas, su eslogan de «firmes por la patria»... aun sabiendo a todas luces que sería el primero en vendernos a los estadounidenses, y en entregar nuestro suelo y soberanía a las compañías americanas, porque los admira más que a nuestra cultura, es seguidor de Trump y no tendría ningún problema con ello. También es un admirador de Javier Milei, quien ha vendido la Patagonia a los judíos sin ningún rubor.


Así es la estética de las cosas superfluas: soluciones baratas, discursos banales, estéticas normativas y ridículas sin contenido, ofreciendo bala a todo dar, sin sentarse a leer sobre las causas estructurales del conflicto armado colombiano. Esa banalidad es atrapante para quienes se rehúsan a usar su cerebro, pero para quienes habitan la complejidad, eso es no solo risible y absurdo, sino también un desafío a la diversidad, a lo que nos hace un país soberano, que protege el medio ambiente y sus recursos, y que apuesta por la paz como principio rector del Estado y como forma de vida propia. Creo que no se debe subestimar este tipo de apariciones ni de personajes; luego llegan al poder para hacernos minúsculos a quienes no coincidimos, a «destripar la izquierda», como él mismo lo dice, y como ya ha pasado antes: más de 6.200 personas vinculadas a la Unión Patriótica fueron víctimas de exterminio bajo ese discurso peligroso de erradicación del comunismo, una cifra histórica que la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) ya dejó en firme en su sentencia contra el Estado colombiano.


Quiero que ustedes, los que leen esto, sepan algo: yo sé que ser radical está pasado de moda y que todos ahora queremos ser demócratas que se toman de las manos y generan consensos, pero no intenten dialogar con estos discursos peligrosos y antiderechos, ni mucho menos tolerarlos.


No sean tolerantes con quienes quieren la guerra ni con quienes destruyen la biodiversidad. No sean tolerantes con los misóginos; no sean tolerantes con las personas que podrían vender nuestra soberanía y nuestra patria a los estadounidenses. No sean tolerantes con las personas que odian a los indígenas, a los campesinos, a las comunidades LGBTI y a los afro.


No sean tolerantes con las personas que odian a la gente pobre y marginada de este país, que habita en los territorios alejados y periféricos. No sean tolerantes con el mal que habita en el corazón de quienes creen en Dios solo en campaña y el resto de su vida han sido confesos ateos; no crean en quienes usan a las iglesias evangélicas como púlpito de campaña electoral. No sean tolerantes con los malos, porque nos arrancarán nuestros derechos y la justicia social en la más mínima oportunidad de poder que tengan. Todo por lo que mucha gente murió en este país se hará polvo. Sean radicales. La estética de la banalidad se presenta así en todas las partes de este mundo, es un fenómeno político global. Sobre ello, no hay amistad posible. Hay que intolerarla y combatirla con toda nuestra intelectualidad y humanidad.

ISSN: 3028-385X

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