La pobreza dejó de indignarnos

Foto: Chicago Noticias

Simón Angulo Ramírez
Universidad EIA
En Colombia vemos personas pidiendo dinero en los semáforos con tanta frecuencia, que dejamos de mirarlas. Caminamos junto a niños vendiendo dulces, familias durmiendo en las calles o adultos trabajando jornadas interminables por salarios insuficientes, y aun así continuamos nuestro día con normalidad. La pobreza ya no genera sorpresa; se convirtió en paisaje. Según el DANE, la pobreza en Colombia ha mostrado una reducción en los últimos años. La pobreza multidimensional se ubicó en un 9.9% en 2025, su nivel más bajo registrado, mientras que la pobreza monetaria alcanzó el 31.8% en 2024, la cifra más baja en más de una década. Sin embargo, detrás de esos avances estadísticos sigue existiendo una realidad inmensa: más de 16 millones de colombianos continúan viviendo en condiciones de pobreza monetaria y millones más sobreviven en la informalidad, sin estabilidad ni garantías básicas.
Ese quizás sea el problema más grave del país. Colombia ha convivido históricamente con la desigualdad, pero en los últimos años la pobreza dejó de entenderse como una emergencia social para convertirse en una costumbre colectiva. Nos acostumbramos a escuchar cifras de hambre, desempleo e informalidad como si fueran simples estadísticas y no vidas humanas. El dolor ajeno empezó a durar lo mismo que una noticia en redes sociales: unos segundos.
La contradicción es evidente. Vivimos en una sociedad que constantemente repite ideas sobre esfuerzo, mérito y progreso, pero donde millones de personas trabajan todos los días sin lograr salir adelante. Según cifras del DANE, más de la mitad de los trabajadores colombianos se encuentran en la informalidad laboral. Es decir, millones de personas viven sin contrato estable, sin seguridad social y sin la certeza de cuánto dinero tendrán al final del mes. Trabajan todos los días, pero siguen atrapados en la incertidumbre.
Hay vendedores ambulantes que pasan más de doce horas bajo el sol para apenas sobrevivir. Jóvenes que estudian durante años y aun así no encuentran oportunidades laborales. En Colombia, el desempleo juvenil sigue siendo uno de los más altos del país y afecta especialmente a quienes tienen entre 18 y 28 años. Muchas familias deben decidir entre pagar transporte, comida o servicios básicos. Para millones de personas, el problema no es progresar; es resistir hasta fin de mes. Mientras tanto, Colombia sigue siendo uno de los países más desiguales de América Latina. El índice de Gini, que mide la desigualdad económica, se mantiene alrededor de 0.55, una cifra que refleja una enorme distancia entre quienes más tienen y quienes apenas sobreviven. En las ciudades principales se construyen edificios de lujo, restaurantes exclusivos y zonas cada vez más costosas, mientras a pocos kilómetros hay barrios sin acceso digno a salud, educación o infraestructura básica.
La desigualdad también se refleja en la manera en que funciona el país. Mientras algunas regiones concentran inversión, oportunidades y desarrollo, otras sobreviven entre abandono estatal, violencia y falta de infraestructura. Hay territorios donde acceder a educación de calidad, empleo formal o atención médica sigue siendo un privilegio y no un derecho. Colombia parece avanzar a velocidades distintas dependiendo del lugar donde alguien nazca.
Y aun así, aprendimos a convivir con esa realidad. La pobreza se volvió tan cotidiana que dejó de incomodarnos. Nos escandaliza más un trancón que una persona buscando comida en la basura. Discutimos durante horas sobre política en redes sociales, pero ignoramos que millones de colombianos viven atrapados en condiciones que ningún discurso ha logrado cambiar. Sin embargo, el problema no es únicamente económico; también es moral. Una sociedad comienza a fracasar cuando deja de conmoverse frente al sufrimiento cotidiano. Cuando el hambre deja de ser una tragedia y se convierte en parte del paisaje urbano, algo se rompe colectivamente. La pobreza no solo destruye oportunidades; también destruye la capacidad de indignarnos.
Tal vez por eso muchas personas crecieron creyendo que vivir en crisis es normal. Normal endeudarse para estudiar. Normal trabajar sin descanso. Normal sentir miedo al futuro. Normal sobrevivir en lugar de vivir. Poco a poco confundimos resistencia con costumbre.
Y mientras tanto, seguimos avanzando entre semáforos llenos de rostros invisibles.
Quizás el mayor fracaso de Colombia no sea únicamente haber permitido tanta desigualdad. Quizás el verdadero fracaso sea habernos acostumbrado a verla todos los días sin preguntarnos cuánto tiempo más puede un país vivir tranquilo mientras millones de personas apenas logran sobrevivir.
Referencias
DANE – Pobreza monetaria y pobreza monetaria extrema. Información oficial sobre pobreza monetaria en Colombia, cifras nacionales y departamentales 2024.
DANE – Medición de Pobreza Monetaria y Desigualdad 2024. Documento técnico sobre pobreza monetaria y desigualdad en Colombia.
DANE – Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) 2024. Estadísticas oficiales sobre pobreza multidimensional y calidad de vida.
Presidencia de Colombia – Histórico: 793 mil colombianos salieron de la pobreza multidimensional en 2025. Datos sobre reducción de pobreza multidimensional del 11,5% al 9,9% en 2025.
Informe de Rendición de Cuentas del Sector Estadístico 2024–2025. Informe oficial con cifras sobre pobreza monetaria, clases sociales y medición multidimensional.

