La risa como antídoto contra el fanatismo

El rey de la comedia (1982)

Benjamín Mauricio Legarda
Universidad del Cauca
Hay algo profundamente sospechoso en las personas que jamás se ríen; aún más prevenciones levantan quienes se dedican a la reflexión filosófica sin reír. Uno imagina a algunos filósofos atravesando la historia con el ceño tan fruncido que parecerían haber confundido la búsqueda de la verdad con una auditoría contable. De la filosofía se ha dicho que es una conversación que lleva siglos ocurriendo y, por fortuna, una tradición extensa de pensadores ha participado de este diálogo milenario con el tono hilarante que requiere meditar sobre un mundo tan proclive al absurdo. Incluso hay quienes sostienen que la risa es uno de los rasgos esenciales de la condición humana. El hombre —decían los medievales— es el animal que ríe.
Isidoro de Sevilla, en sus Etimologías, asevera que el ser humano es “racional, mortal, terreno y bípedo”, aunque añadía al final aquello que lo hacía verdaderamente singular, esto es, la capacidad de reír. Varios siglos antes que Isidoro, el filósofo Porfirio ya había sostenido que “ser capaz de reír se predica solo del hombre”. Esa cualidad connatural al humano afirma su destreza para dar dos pasos hacia atrás respecto del mundo y ver sus propias tragedias desde otra perspectiva.
Quizá por eso Demócrito de Abdera pasó a la historia como “el filósofo risueño” —en contraste con Heráclito, que fue conocido como “el filósofo llorón”—. Este padre de las ciencias, considerado como uno de los grandes escépticos de su tiempo, se ganó el apelativo de “risueño” por mostrar en su semblante la expresión de quien ríe contra la vanidad del hombre; hombre que ingenuamente piensa que el teatro del mundo girará su vista para quedar absorto frente al drama inherente del ser persona.
Sin embargo, no todos los filósofos han logrado sobrevivir a sus chistes. Tal es el caso de Crisipo, célebre representante de la escuela estoica, que murió de un ataque de risa producto de un chiste que se contó ¡él mismo! La historia cuenta que nuestro filósofo estaba viendo a un burro comer higos cuando exclamó: «Ahora dale al burro una copa de vino puro para acompañar los higos», tras lo cual murió en un ataque de risa. No soy quien para juzgar la calidad del chiste, pero cabe señalar que la anécdota no deja de ser paradójica: el pensador que dirigió la escuela fundada por Zenón de Citio, misma que promueve una ética de la razón como forma de serenar las pasiones, murió por una carcajada.
Más allá de los relatos históricos y de ver en el humor una facultad profundamente humana, quiero llamar la atención sobre la comicidad en su dimensión crítica, puesto que la risa siempre ha resultado incómoda para los sistemas de pensamiento dogmático. El humor, al romper con la solemnidad de los sistemas, hace tropezar lo que pretende presentarse como absoluto. Este movimiento de lo absoluto a lo absurdo lo encarna, en varios momentos de su obra, Karl Marx, el ironista.
Existe un Marx que suele perderse en la crítica de la economía política o en los manuales de militancia. Me refiero a la faceta cómica del filósofo alemán, una que es fundamental, pero muy poco considerada cuando se estudia su figura. Por ejemplo, en La ideología alemana convierte a sus adversarios —sobre todo a quienes integraban el grupo conocido como Jóvenes Hegelianos, mismo del que había hecho parte Marx— en caricaturas filosóficas, exponiendo al ridículo sus densos sistemas de pensamiento.
En ese texto, la crítica al idealismo alemán está atravesada por una comicidad muy fina. Allí Marx intercala elaboradas refutaciones argumentativas con burlas contra estos “teólogos” que creen que el mundo cambia simplemente cambiando ideas. Por ejemplo, en la parte final del prólogo, Marx propone el caso de un hombre que cree que dejará de ahogarse si elimina la idea de la gravedad. La simpática anécdota de este “hombre listo” supone una reducción al absurdo de las pretensiones idealistas que puede ser leída desde la teoría de la risa de Henri Bergson. Para el filósofo francés, una cualidad cómica de los hechos se produce en el momento en que “lo mecánico se impone sobre lo vivo”, esto es, cuando los automatismos reemplazan la flexibilidad orgánica de la vida. El soñador que tropieza por seguir una idea causa risa porque demuestra la intención inepta del individuo por adaptarse a la realidad. Ese mismo camino lo siguen los idealistas alemanes según la perspectiva marxiana, en el entendido que ellos, al ignorar las determinaciones del mundo en su materialidad, anteponen la rigidez del pensamiento.
Y es que pocas cosas son más rígidas que los fanatismos políticos. La incapacidad de reírse de sí mismo suele ser el primer síntoma de una conciencia endurecida por las convicciones ideológicas. Hay personas tan sumidas en su identidad política que un chiste se vuelve un atentado contra su susceptibilidad. Por eso, para mí, la elasticidad democrática de una persona podría medirse según su capacidad de soportar los chistes, especialmente cuando la burla está dirigida contra él.
Hay algo saludable en el político que tolera la caricatura, porque con esa actitud flexible implícitamente acepta que su oficio, al ser público, necesita de la contradicción para perfeccionarse. Es por eso que, cuando una figura política pierde la capacidad de reírse de sí misma, empieza a valorar excesivamente a sus aduladores y a protagonizar escenas litúrgicas que hacen poner los pelos de punta a cualquier demócrata.
Para no abandonar las ideas a su suerte, volvamos sobre el caso de una nación que necesita reír más. En Colombia, en el año 2017, Álvaro Uribe Vélez calificó de “payaso” a Daniel Samper Ospina debido a las sátiras que éste realizaba contra él. Debo decir que las posturas políticas de Samper, moldeadas por los privilegios de clase en los que ha vivido, no coinciden en gran medida con las mías.Su humor, muchas veces recalcitrante y deslucido, fue, empero, acertado en esa oportunidad.
Samper aprovechó entonces la visita a Colombia de David Larible, considerado uno de los mejores payasos del mundo. En medio de la conversación sobre los ataques que recibía del uribismo, Larible dio un consejo muy preciso al periodista: “No te preocupes, cuando nos queremos insultar entre payasos, decimos: ‘ese es un político’”.
Este consuelo del artista transforma la acusación de un expresidente conocido por ser adusto cuando, al regresar el golpe, sugiere que el verdadero descrédito está en ciertas formas autoritarias de ejercer el poder. Confío en que Larible tiene razón, pues solo basta con poner la mirada sobre la realidad política de nuestro país para notar que, comúnmente, es más digno el rol del payaso que el rol del político.
Volviendo sobre Marx, cuando él compara ciertas clases parasitarias con pólipos que viven del trabajo ajeno, o habla de “zánganos” que devoran el esfuerzo de las “abejas obreras”, muestra el lado grotesco del estado actual de las cosas. Desde Søren Kierkegaard es posible precisar el estatuto filosófico del procedimiento bromista que Marx realiza. En el texto El concepto de ironía en constante referencia a Sócrates, el filósofo danés categoriza la ironía como figura retórica y como momento existencial. En la segunda acepción, la ironía supone una actitud de autoafirmación que se separa de un mundo percibido como vacío o carente de sentido. En esa línea, el ironista posee “una aguda conciencia de la vacuidad de los valores éticos convencionales”.
Considero que es aquí donde reside el vínculo fuerte entre el reír y el filosofar, puesto que son ambos gestos —ambos demasiado humanos— los que nos permiten tomar distancia de la obviedad del entorno y separar el grano de la paja para observar la verdad del mundo. La risa como actividad filosófica es vital porque somete a contradicción y prueba las ficciones construidas políticamente. Reír es una forma inteligente de falsar y, por ello, un antídoto contra el fanatismo.
Después de todo, hay pocas cosas que resultan tan preocupantes como una sociedad que no ríe. Es por eso que defiendo la idea de que la filosofía, al señalar la desnudez del emperador, es decir, al develar las flaquezas del poder, debería comportarse más como un payaso que como un sacerdote. Para evitar la liturgia están la risa y la filosofía; tengo la esperanza de que ambas nos permitan ver que el orden político se proyecta en un escenario demasiado bizarro como para no ser risible.

