La superioridad moral también fractura

Foto: Diego Cuevas / El País

Sebastián Guzmán Muñoz
Universidad del Rosario
Faltan unos pocos días para la primera vuelta y el país parece atrapado en un ambiente extraño: cansancio, rabia, miedo y una polarización que dejó de ser una estrategia electoral para convertirse en la forma en la que nos relacionamos políticamente. Colombia ya no está discutiendo un proyecto colectivo de nación. Está reaccionando emocionalmente a sus heridas.
Hace apenas unos días muchos volvimos a escuchar una advertencia que durante meses se repitió desde distintos sectores: si la oposición no lograba unirse, Gustavo Petro iba a ganar. Y hoy, viendo el panorama político con algo de frialdad, es difícil decir que estaban equivocados.
Porque Petro entendió algo que muchos de sus contradictores nunca terminaron de comprender del todo: él se mueve cómodo en la confrontación. Necesita el conflicto. Necesita la división emocional. Necesita construir constantemente la idea de un enemigo. Ese siempre ha sido su terreno natural.
Mientras él entendía perfectamente el momento emocional del país, quienes se oponían a su proyecto político siguieron atrapados entre egos, cálculos personales y una incapacidad casi crónica de construir algo colectivo.
No supimos hacer unidad. Y esa frase probablemente resume buena parte de la tragedia política que vive Colombia hoy. Porque el problema no es únicamente Petro. El problema también es que quienes advertían los riesgos de su proyecto político nunca lograron construir algo sólido enfrente. Cada sector defendió su candidatura, su discurso y su pequeño espacio político, mientras el petrismo consolidaba algo mucho más poderoso: una identidad emocional alrededor del abandono y el resentimiento social.
Y quizá lo más decepcionante de todo no ha sido solamente la fragmentación de la oposición. Ha sido ver cómo algunas de las figuras que durante años representaron sensatez y moderación terminaron atrapadas en una especie de superioridad moral que les impide entender el momento histórico que vive el país. El episodio entre Sergio Fajardo y Paloma Valencia refleja precisamente eso.
No porque Paloma representa una verdad absoluta ni porque sus diferencias ideológicas con Fajardo sean menores. Claramente no lo son. En cualquier democracia sana ambos representan proyectos distintos, legítimos y profundamente debatibles. Pero Colombia dejó de vivir tiempos normales hace rato. Y justamente ahí es donde muchos esperaban algo distinto de Fajardo. Porque el problema nunca fue únicamente político. También fue emocional.
Durante años muchísimos colombianos confiamos en Sergio Fajardo. Vimos en él algo escaso en la política colombiana: serenidad, sensatez, educación y una forma distinta de ejercer el poder. Para una generación entera, Fajardo representó la idea de que era posible hacer política sin odio, sin fanatismos y sin destruir al contradictor. Y quizá por eso la decepción hoy resulta tan profunda.
Porque el país que él prometía unir terminó encontrándose con un dirigente distante, atrapado en una especie de superioridad intelectual que muchas veces parece más preocupada por demostrar corrección moral que por entender la gravedad del momento político que atraviesa Colombia.
El problema no es que Fajardo piense distinto a Paloma Valencia. El problema es que pareciera convencido de estar moralmente por encima de ella. Y esa actitud, tan frecuente en ciertos sectores del centro colombiano, terminó alejándolo de una parte importante del país real.
Mientras Petro entendía perfectamente el resentimiento social y la derecha entendía el miedo creciente frente a la inseguridad y el deterioro institucional, el centro parecía más preocupado por verse intelectualmente correcto que por interpretar el momento emocional que estaba viviendo Colombia. Ese fue quizá su error más grave.
El centro político confundió moderación con distancia emocional. Confundió sensatez con frialdad. Confundió el rechazo a los extremos con la incapacidad de tomar decisiones difíciles. Y mientras tanto, el país siguió radicalizándose.
Porque sí: existe una Colombia olvidada durante décadas. Una Colombia periférica, excluida y cansada de sentirse invisible frente al Estado. Petro entendió esa realidad mejor que nadie. Entendió que millones de personas no estaban buscando teorías económicas sofisticadas ni discursos técnicos interminables; estaban buscando que alguien los escuchara.
Pero también existe otra Colombia agotada por la inseguridad, la violencia, el deterioro institucional y la sensación de caos permanente. Una Colombia que siente miedo y que siente que el país perdió autoridad.
Y en medio de esas dos emociones, el centro terminó perdiendo la capacidad de conectar con cualquiera de las dos. Quizá porque durante demasiado tiempo habló como si Colombia fuera un debate universitario y no un país atravesado por la rabia, el miedo y la frustración acumulada.
Y quizá ahí está otra de las grandes paradojas de esta elección. Mientras el país se radicaliza emocionalmente, figuras como Claudia López o Juan Daniel Oviedo intentan recoger el espacio de un centro que alguna vez prometió unir a Colombia, pero que terminó perdiéndose entre la ambigüedad, los egos y la desconexión con el país real. El problema es que, en tiempos de miedo y polarización, los matices movilizan poco.
Tal vez el mayor fracaso de Sergio Fajardo no fue electoral. Fue simbólico. Mucha gente vio en él al adulto responsable de la política colombiana. Al dirigente capaz de construir puentes en medio de la polarización. Pero con el tiempo empezó a aparecer algo distinto: una actitud distante, incluso condescendiente, hacia quienes no compartían su visión del país.
Y cuando la política empieza a construirse desde la idea de superioridad moral, inevitablemente termina desconectando de la sociedad. La historia probablemente no recordará quién tenía más razón programática en esta elección. Recordará quién entendió la gravedad del momento.
Porque Colombia no necesitaba políticos obsesionados con demostrar que eran moralmente mejores que los demás. Necesitaba dirigentes capaces de entender que el país estaba entrando en una fractura peligrosísima y que, frente a eso, la generosidad política importaba más que el ego. Quizá esa sea la verdadera tragedia de esta elección. Que incluso quienes prometían unir terminaron atrapados en la necesidad de tener siempre la razón.
El 31 de mayo este país hablará. Y quizá descubramos demasiado tarde que la superioridad moral también fractura.

