La Universidad Nacional contra sí misma

Foto: Gustavo Torrijos / El Espectador

Rubén Rincón Landínez
Universidad Nacional
Mientras el país discute una nueva constituyente, la Universidad Nacional parece incapaz de resolver siquiera su propia crisis de legitimidad. La máxima casa de estudios del país lleva ya varios años sumida en una crisis institucional y política, tal y como lo advertí en mi columna del mes de marzo titulada “La agonía de la Universidad Nacional” hemos visto como la alma mater se ha visto sometida a los intensos intereses de las más bajas pasiones políticas.
La Universidad Nacional de Colombia atraviesa una crisis de legitimidad. Sus instituciones muestran signos de desgaste, mientras que la indiferencia de una parte considerable de la comunidad universitaria dificulta la consolidación de un nuevo proyecto de universidad.
Por otro lado, los promotores de la Mesa Constituyente Universitaria, autoproclamados defensores de la democracia y la participación plural, parecen entender dichos principios únicamente en la medida en que las opiniones coincidan con las suyas. Resultan lamentables algunos de los comentarios dirigidos a esta revista a propósito de una nota sobre los “papelitos” en rechazo a la visita del presidente Gustavo Petro al campus. Tales reacciones dejaron en evidencia unas formas de actuar fundamentadas en la descalificación del contradictor y en la invalidación no solo de su opinión, sino incluso de su propia legitimidad dentro del debate universitario.
Por otro lado, el sector que se opone a la constituyente universitaria también evidencia profundas limitaciones. A diferencia de los promotores de la MECUN, les cuesta identificarse con las demandas y agendas históricas del movimiento estudiantil. Y es que, aunque los constituyentes aciertan en buena medida en el diagnóstico de los problemas que aquejan a la universidad, fallan en el método y en las formas con las que pretenden conducir el debate.
Sus opositores, en cambio, no sólo rechazan dichos métodos, sino que parecen incapaces de reconocer la profundidad de la crisis institucional. En consecuencia, terminan fallando tanto en el diagnóstico como en la propuesta. La cercanía y aceptación de apoyos provenientes de sectores de la derecha política refuerza la impresión de que su objetivo no es únicamente oponerse a la MECUN, sino también frenar cualquier intento serio de transformación de la universidad.
Lo más preocupante de esta situación no es la confrontación entre ambos sectores, algo hasta cierto punto natural en la vida universitaria, sino la profunda indiferencia que parece haberse instalado en buena parte de la comunidad académica. Tanto los promotores de la constituyente como sus opositores terminan representando, en el fondo, los intereses de grupos reducidos, mientras la mayoría de la universidad permanece ajena a lo que acontece en el campus.
Es precisamente el avance de la lógica privatizadora dentro de la universidad lo que ha contribuido a formar una masa acrítica, que asiste a clases únicamente en busca de un diploma y con el objetivo exclusivo de ingresar al mercado laboral. Cada vez son menos los estudiantes conscientes de su condición como sujetos políticos e intelectuales, capaces de encontrar en la universidad un espacio para el debate, la confrontación de ideas y la búsqueda de la verdad. Resulta paradójico que esto ocurra en una institución cuyo lema es “buscar la verdad en las aulas de la academia”, una consigna tan bella como exigente, que parece desdibujarse en medio de la apatía y el pragmatismo contemporáneo.
Por último, quisiera señalar que, tal y como ha sido planteada, la propuesta constituyente me parece profundamente improcedente. En primer lugar, porque el proceso contó con el respaldo de menos del 7 % del estudiantado, una cifra demasiado reducida para pretender hablar en nombre de toda la comunidad universitaria. En segundo lugar, porque, aunque el proceso pueda haber estado motivado por buenas intenciones, se desarrolló de manera apresurada, sin los tiempos necesarios para una discusión amplia, rigurosa y verdaderamente participativa.
En tercer lugar, considero que la propuesta final cae en una suerte de electoralismo obsesivo. Se asume erradamente que más democracia equivale, por definición, a más elecciones, cuando ambas cosas no son necesariamente lo mismo. ¿De qué sirve multiplicar los cargos elegidos por voto si, como ya se ha evidenciado, la participación electoral dentro de la universidad es mínima? ¿Es realmente indispensable para la democratización de la institución que incluso un director de departamento sea elegido mediante votación?
En cuarto lugar, resulta imprudente impulsar un proceso de esta naturaleza en un contexto nacional donde el gobierno de Gustavo Petro promueve también una discusión constituyente, situación que inevitablemente abre espacio a interpretaciones ambiguas y a la instrumentalización política del proceso universitario por parte de distintos sectores partidistas.
Finalmente, considero que Colombia arrastra desde la independencia una suerte de obsesión constituyente: la idea de que cada crisis puede resolverse mediante una nueva constitución o un nuevo proceso constituyente. Esa tendencia ha llevado, en muchas ocasiones, a creer equivocadamente que los cambios formales bastan por sí solos para transformar la realidad, evitando así una reflexión más seria y profunda sobre el origen estructural de nuestros problemas.
Ojalá que todos mis compañeros de la Universidad Nacional de Colombia se involucren activamente en los destinos de nuestra alma mater y logremos, entre todos, construir un nuevo proyecto de universidad pública: una universidad política, sí, porque toda universidad inevitablemente lo es, pero que no responda a intereses externos ni a cálculos partidistas; una universidad verdaderamente plural y democrática, capaz de reconocer en la diversidad ideológica no una amenaza, sino la base misma de un auténtico campo de disputa intelectual.
Podemos resignarnos a esta lenta agonía y limitarnos a ser espectadores del deterioro de la mejor universidad del país, o asumir con esfuerzo, responsabilidad y voluntad colectiva la tarea de construir una universidad que sea realmente nacional: un espacio vivo de pensamiento crítico, debate libre y compromiso con el país al que pertenece.

